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despedido hasta l a red portuguesa sin haber tocado el balón, en fouU clarísimo, del cual no se entera V a n Praag. Se presenta una ocasión para Lángara. U n goal seguro, pero Lángara lo falla. E n un avance de Valdemar y Víctor Silva, y cuando éstos juntos se disponían a rematar, surge el pequeño Marculeta y salva la situación por medio de un comer. L o s españoles tiran la pelona fuera varias veces y el partido termina con el resultado de 2- 1. L o s peores españoles Como hemos dicho, de la desorientación de Quincoces salió en principio el poco de juego de nuestro equipo, que en Lisboa fué solamente el fantasma del que había jugado siete días antes en Chamartín. E n la línea media, Fede tampoco acertó a dar la carburación necesaria. Correteaba por el campo sin coincidir con la pelota, y en la que solamente Gorostiza y Regueiro daban impresión de serenidad y peligro. E l equipo estaba desconcertado, y, dentro de aqiiella incoherencia, Lángara, por ejemplo, 1: 0 era sino un madero a la deriva. Herrerita, otro madero. L e salvó a nuestro equipo el entusiasmó y brío que puso en la victoria. Pese ai la obstinada obstrucción portuguesa, pese, a las condiciones del terreno, los españoles trataban de jugar. N o podían, pero trataban de jugar. E l partido se ganó por valentía, ya que no por otra cosa. Impresiones del encuentro Lisboa 19, 3 tarde. (Crónica telefónica de nuestro enviado especial, Sr. Miquelarena. Minutos después de haber terminado este undécimo encuentro España- Portugal, e l Sr. García Salazar nos decía: -C r e o que si el campo hubiese estado más duro, si hubiese ofrecido su dureza natural, hubiéramos empatado y quizás perdido. Según el esleccionador único, la lluvia de estos días últimos había salvado el match. Probablemente tiene razón. Nuestros jugadores no eran los mismos. L o s jugadores portugueses tampoco. Se veía de todas maneras una gran diferencia de clase. Pero ellos podían desenvolver su furia con toda suntuosidad sobre aquel terreno sin hierba. Y los nuestros apenas podían sujetar los brincos del balón. N o N o eran los mismos. E n l a segunda parte, al final de l a segunda parte mejor dicho, los españoles pudieron perder el partido. Quincoces, el j u gador que suponíamos más seguro del equipo español, no pudo en ningún momento familiarizarse con el terreno. A última hora perdió la serenidad. P o r el boquete que dejaba abierto Quincoces, se filtraba casi siempre el ataque portugués. Gracias a Cilaurren, a Zabalo y a Marculeta que taponaron aquel l a ruta, y gracias también a que los delanteros portugueses no son demasiados certeros n i decididos a la hora de la contabilidad, l a pelea terminó con la victoria de E s paña. Estuvimos muy cerca de V i g o S i n embargo, este match sirvió una vez más para poner de relieve la superioridad del juego que practican los nuestros sobre el de los portugueses. Superioridad especialmente eri el toque de balón. Superioridad de técnica misma Superioridad de fútbol. Pero el partido pudo haberse perdido. E l terreno mandaba allí más que nadie. N o de otra maner a se puede explicar que alguien mande en Quincoces. la mayoría de los españoles que presencia ron el partido nos decían que su impresión tampoco es agradable. H a y que pensar, sin embargo, en que ya no se ha de jugar sobre terreno como el de Lisboa, donde los brincos de la pelota se entregan a la locura y donde toda maestría en el control del juego se malogra. U n a nota que pueda ser consoladora es la de Quincoces. Todas sabemos que Quincoces es un gran jugador y, quizás el más indiscutible de, nuestro equipo. Pues bien; Quincoces no acertó nunca a dar, sii juego de siempre. ¿Por qué no hemos de creer asimismo que a Herrerita le ocurrió lo propio? Herrerita fué un pequeño náufrago en el- campo. Pero Quincoces lo fué también. Podemos suponer con el mismo fundamento que para uno y para otro l a tarde de Lumiar. fué una tarde excepcional. De cualquier modo habrá que variar mucho el cuadro si se quiere i r a Roma con juego de alguna altura y de cierta brillantez. El desarrollo del partido: -En la primera parte los portugueses comenzaron atacando con extraordinario brío. Marcaron un goal, pero inmediatamente España obtuvo ei tanto del empate y más tarde él de la victoria. E l partido parecía ya de los españole; que llegaron al descanso dando una clara i m presión de superioridad. L a segunda parte fué un despliegue de los portugueses, lleno de brío y de entusiasmo. Presión continua de los lusitanos, escapadas sueltas de los nuestros y el dominio territorial fué para ellos. Y a pesar de todo, a pesar de sus asaltos continuados al marco de Zamora, no daban ninguna impresión de peligro y es que su juego es netamente inferior y todo lo qv. e dieron lo dieron por codicia y por su espíritu de revancha. Dentro de aquel entusiasmó no había juego y sí enorme interés en todo Portugal, y una organización deplorable. Los periodistas españoles apenas pudieron ver el partido, porque no tuvieron un puesto en ninguna parte. Lograron verlo únicamente los periodistas acrobáticos y valientes. Los que se decidieron a encaramarse al tejado de la t r i buna, con gran riesgo de dejar a sus periódicos sin información y a su familiares sin un ser querido. -J. M I Q U E L A R E N A L o s mejores E n el equipo lusitano, los mejores fueron Víctor Silva y Domingo Lopes. E l portero, Amaro, hizo en el primer tiempo un gran partido, y todavía no nos explicamos por qué fué sustituido en la segunda mitad. De los onces españoles, Marculeta, el mejor Siempre sereno, procuraba ordenar el desbarajuste de los suyos, y firmó en dos ocasiones su labor con dos grandes tiros. Uno de ellos, el mejor shot de la tarde. Desgraciadamente, tropezó con un poste, y el balón volvió al campo. Luego, Cilaurren, Gorostiza y Luis Regueiro. Zamora tuvo más trabajo que en Chamartín. Quizá, ante el tiro de Silva que produjo el goal portugués se encontrase descolocado. Pero ya en la segunda parte, cuando l a presión portuguesa era más intensa en el marco español y no dejaba de ser amenazado, Zamora se entregó activamente y con notoria maestría a mantener el score, y estuvo espléndido. A juzgar por l a actuación en el campo de Lumiar, a nuestro equipo no le quedan muchas probabilidades en el torneo para la Copa del Mundo. Nos sentimos pesimistas y v H i s t o r i a! de los partidos hispanoportugueses Con el match del domingo en Lisboa son once los encuentros lusoespañolés que se han jugado, en ninguno de los cuales vencieron los extranjeros. H e aquí relación de dichos partidos: Primero, España- Portugal, en M a drid, 18- 12- 21 3- 1 Segundo, Portugal- España, en L i s boa, 17- 12- 22 1- 2 Tercero, España- Portugal, en Sevilla, 16- 12- 23 3- 0 Cuarto, Portugal- España, en L i s boa, 17- 5- 25 0- 2 Quinto, España- Portugal, en M a drid, 29- 5- 27 2- 0 Sexto, Portugal- España, en Lisboa, 10- 1- 28 2- 2 Séptimo, España- Portugal, en Sevilla, 19- 11- 29 5- 0 Octavo, Portugal- España, en Oporto, 30- 11- 30 0- 1 Noveno, España- Portugal, en V i g o 2- 4- 33 3- 0 Décimo, España- Portugal, en M a drid, 11- 2- 34 9- 0 Undécimo, Portugal- España, en L i s boa, 18- 3- 34 1- 2 Se han jugado en total once partidos, y en ellos los españoles han marcado 34 goals, y los portugueses, cinco. L o s mejores portugueses E l equipo portugués era mejor, y solamen: íe se habían hecho pequeñas modificaciones en él. E n realidad, una sola modificación: Ja inclusión de Víctor Silva en el ataque, que aproyechó muy bien una oportunidad para batir a Zamora y animó extraordinaria, mente a su línea de ataque. Pero el equipo, en conjunto, parecía mucho más articulado sobre aquella parcela de estepa. Allí los l u sitanos controlaban el balón mucho mejor que en Chamartín y no permitieron nunca que el enemigo jugara a sus anchas. Estaban e n s u elemento. E l público, además, los empujaba hacia el marco contrario. Había que vengar un resultado estrepitoso. Y se diría que las 3 S. 000 personas congregadas en el destartalado estadio de Lumiar jugaban, y jugaban todos allí y ayudaron además a las violencias ante un V a l Pr ag, muchas veces excéptico. Las durezas empezaron pronto, y las durezas fueron contestadas. Gorostiza, por. ejemplo, no fué de los que menoá entusiásticamente respondieron a la leña.