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A B C. J U E V E S aa D E M A R Z O D E i g EDICIÓN D E ANDALUCÍA. P A G 5. 34 Solemos, por más desidia que voluntad en el mal, no enterarnos los españoles de aquello que en Esapña tiene un aliento de condición extraordinaria. E i refrán de que no se es profeta en su patria tiene en la nuestra una realidad pavorosa e indiscutible. Este proyecto magno de D Manuel Lorenzo Pardo tiene que vencer en primer término la enorme dificultad de ser un proyecto español. Nadie más empeñado que yo, desde la modestia de mi pluma, en combatir el derrotismo que ha perturbado los mejores vaticinios de la misión española en el mundo. Y por eso mismo, ¿cómo no imaginar lo que se hubiera hablado de este plan de ¡obras hidráulicas, de haber entrado por cualquiera de nuestras fronteras, avalado por un simple artículo que hiciera de índice para que los demás fijasen en él la vista? A f o r tunadamente, l a Exposición del Centro de Estudios Hidrográficos coincide con un afán de enmienda y un latente renacimiento de las esencias fundamentales del genio de E s paña. Y dándonos cuenta a medias de lo que se trata, la Exposición se: ha visto concurrida creo yo que de un modo sintomático muy importante. Justicia y amor al aliento de lo español obliga. Deslabazado e ignorante, este es vino de los artículos que de un tiempo a esta parte hice con más agrado. Con el agrado de ser uno más de los que señalan l a aparición de algo que en manera alguna debe pasar inadvertido. CESAR G O N Z Á L E Z RUANO. VIENTO EN CASTILLA Camino de la llanura, solitario en día de viento. E l viento que busca cuerpo, que aprieta mantas y pellejos y convierte en velas de mar las lonas de los carros. Nos ha engañado esta tarde el anuncio de la primavera, el primer olor de violeta y la primera seña de un guante en el aire. Entre las ramas del jardín vamos a correr un poco por el campo y como corremos entre cristales, apenas nos damos cuenta del aire. Más bien pronto advertimos su acento en l a d i rección que toman las cosas que ya no se defienden y se resignan a salir de cuajo y a entregarse al azar del viento sin resistencia. Enarcan el cuello los árboles igual que los galgos, en tanto que la corriente del río les muestra el camino. Esta tarde se ha hecho para correr y las cosas que no puedan correr para girar. Todos los árboles corren, queriendo alcanzar las nubes y gira la tier r a en remolinos y gira la veleta sin saber a qué viento quedarse y gira la niña con la cesta al brazo y el paraguas a medio abrir muy apretado ¿1 mentón para que el viento no la desnude. Esto ya es más que juego. Pasamos al pueblo y allí el viento toma un tono más dramático. Las puertas abandonadas claman en sus portazos, que conmueven toda la casa, por una mano que apriete las falleras, por una mano que las libre del viento. E l pueblo de tierra no sé por qué tiene esta tarde un aspecto marino. ¿Qué echamos de menos aquí a lo largo de esta calle? S i n duda alguna las anclas; hay que echar las anclas al fondo para que el viento no se lo Heve todo. Aquí en l a plaza, donde aún queda un recuerdo del sol que el viento quiere borrar con polvo, no viene un recuerdo de puerto; aquí en esta plaza podría anclar todo el pueblo, asegurarse en la tierra para verse libre de este azar en la llanura, corriendo sin saber a dónde. L a plaza con la iglesia y las murallas, la única piedra que oponen a la violencia del aire, es un buen puerto de refugio. Vuelan en él papeles arrugados, papeles que trepan por ios muros, que sé pegan a las chimeneas, que se aventuran al vértigo de la torre. Papeles que son cometas en libertad y que lian salido de pronto por una ventana como mensajes i n aplazables. U n a pequeña acacia se ha partido. Demasiada rigidez. Las otras, las más flexibles, se enarcan y dejan pasar el viento por encima. Y todo esto, ¿con qué objeto? ¿Qué se propone el viento? Se dirá qas, el viento tiene un deseo nivelador. Donde no hay obstáculos, ¡qué bien corre el viento! Como yo le observo entre cristales puedo moralizar sin riesgo. Sé que estos rasgos de violencia se le pasan al viento y que tras ellos vendrán la reflexión serena del aire y la exaltación poética del aura. Todo esto lo trae la primavera, que aguarda no más que se pase el viento para entrar. Porque contra lo que se cree, el campo tiene puertas para que entren las estaciones, y estas puertas para que entre la primavera las ha abierto de par en par el viento. Con todo hay que decir que el viento aquí, en Castilla, no tiene educación. Los castillos, que son los únicos que podían infundirle respeto y sujetarle un poco a sus piedras, le dejan pasar, apenas reteniéndole unos momentos en los desiertos salones. Nada se le opone al viento y así corre por los caminos en busca del horizonte, sintiendo la voluptuosidad de la llanura abierta a todas las grandes carreras. Comienza ahora la lluvia. ¡Cómo se venga el viento de los cristales! H e aquí una imagen clara de lo que es un azote. L a lluvia lanzada por el viento nos va borrando primero las lejanías; después lo más próximo. Y así llegando a sentirnos sumidos en una profundidad marina. E n esta profundidad nos va faltando l a luz. De tiempo en tiempo una sombra en torno nuestro que se defiende, dando la espalda al viento. Grave error aventurarse en la llanura en un día así. Y a no se ve el viento, se le siente en su retórica, buscando junturas y resquicios para colarse y mover las hojas de libros, los cabellos, las corbatas... Quisiera tener velas para apagarlas. N o puedo borrar, sin embargo, esta impresión de la primavera, que fue este mismo viento el que nos trajo el primer olor de violetas y el que agitó un guante entre las ramas aún desnudas del jardín. FRANCISCO DE C O S S I O ABC E N BERLÍN La batalla del paro Aún hay en España algunos a quienes lee, es imposible comprender cómo la H u manidad humilde, que trabaja y que sufre, ha renunciado, sin pena, en Alemania, a los encantos peligrosos de la anarquía. N o se explican esto de que la democracia deje de ser popular, n i el que las muchedumbres prefieran a alzar el puño alzar el brazo con saludo a la romana, marchando alegremente por la. vía del rigor. Olvidan que, si hoy las muchedumbres renuncian sin pena a l a anarquía, es porque ante han penado mucho. Durante catorce años, la plebe tumultuosa pretende gobernar, e k g i r e imponerse. Cuanto peor se halla, más soberbia adquiere. Hasta que, por fin, cae en la cuenta de que n i ella dirige nada, puesto que la dirigen en realidad los demagogos, n i consigue otra cosa que ir a l a desesperación y a la ruina. L a promesa de felicidad se traduce en infiernos, en paros, en angustias y en gritos de la desgañifada prole. Y entonces, el proletariado se acerca clamante a quien le dice que no se cura a un enfermo dejándole hacer cuanto le viene en gana, sino sometiéndose a un plan, a resigno V a obediencia. A grandes males, grandes remedios. A gran desolación, gran alegría. Existe una típica alegría de convaleciente, cuyo signo más claro es la gratitud. De esta índole ha sido la que hoy rodeó a Adolfo Hitler, al inaugurar con un discurso, o si preferís una arenga, lo que allí 11 a man la batalla del paro. Fué en medio dé una carretera en construcción, camino de Munich a Salzburgo, entre zanjas y grúas, con la nieve viva de los Alpes al fondo. Hay, ha habido siempre, dos Alemanias, no ¡a de Weimar y Postdam- -puro nominalismo- sino la de la fábrica v l a égloga U n a es fatiga y hierro, noche de carbón con ¡lumbre de altos hornos, zarabanda de bielas, ejes, ruedas dentadas, olor de multitud y ¡jornada de ocho horas. Otra es paisaje, dulce quejumbre, humo de tejas aldeanas, ca- ¡ramillo de zagal, nostalgia de soledad, ver- so romántico. H a y dos Alemanias que ni j se conocen n i se aman. Son las que quiere! reconciliar Adolfo Hitler. L a arenga desda! una vagoneta transformada en tribuna. Evo- j cación de los infortunios qu e heredó el nacionalsocialismo. M a l a herencia, en verdad. Como ningún Gobierno la ha reci- i bido peor. Alemania, lo sabéis muy bien, iba derecha al precipicio. Sí, cada p r i rriavera el Gobierno jaleaba las cifras da hombres a quienes conseguía dar trabajo, Pero al llegar el invierno llegaba la recaída y cada vez se iba más a lo hondo: i quiebras, el campo arruinado, la burguesía mendigando. P o r todos lados una atmósfera de desmoralización. Y entre tanto las éter- ras querellas de los partidos, la chismogra- fia parlamentaria y la incapacidad para acometer de frente ningún conflicto. i Desde lo alto de la vagoneta seis millones de parados contemplaban a los oyentes. H i t ler alude ahora a los planes del Gobierno para reducir la cifra de huelguistas, por medio de la construcción de veinte grandes, vías transversales, la desecación de terrenospantanosos y lagunas, obras de Confedera- iciones Hidrográficas y el aumento de los campos de trabajadores, innovación del na- cionalsocialismo que ya quieren imitar en otros países. Pero n se le oculta al canciller que todavía la tarea exige mucho tiempo y exige además aunar todos los esfuerzos. P a r a ello la primer condición es ¡á de la estabilidad gubernamental. Estamos aquí, no para unos años, sino para siempre. S i r esta fe absoluta en el porvenir no es posible realizar ninguna política fecunda. D e ello se deduce que ni l a democracia, n i el l i beralismo, pueden remediar los males de la época contemporánea. L a democracia porque es voluble y plantea a cada momento interrupciones en la obra gubernamental. E t liberalismo, porque es incrédulo 3. hace falta igualmente continuidad, fe y esperanza. 1 1 Rechaza Plitler por anticipado l a posibilidad de que aquellos que gobernaron a A l e mania durante catorce años formulen ahora n nguna crítica a. la obra gubernamental. H a n tenido demasiado tiempo para construir, para, que ahora no permitamos que se entretengan en volver a envenenar a las gentes por medio de una crítica resentida y negativa. E n l a evocación de los tiempos que precedieron al ascenso al Poder del nacionalsocialismo recordó H i t l e r de mano maestra, tanto la corrupción de la socialdemocracia, como el esfuerzo heroico de l a vieja burguesía y de los proletarios desengañados que no quisieron dejarse conducir a la ruina. Oyéndole por la radio, recordaba ante esté discurso pronunciado frente a las montañas de Salszburgo, aquella leyenda de la iglesia de Salzburgo. Y a sabéis; construían de día les ángeles, y de noche destruían los diablos Hasta que una mañana, aprovechando la ausencia de los demonios, alguien vino a lo alto de la iglesia en construcción a clavar la cruz. A h o r a la cruz que se clavó en A l e m a nia en lo alto de la arquitectura del tercer Imperio, no es exactamente la Cruz de C r i s to. Pero siempre, con todo, la Cruz gamada se parece más a l a Cruz cristiana que se parecen la hoz y el martillo. EUGENIO M O N T E S i.
 // Cambio Nodo4-Sevilla