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rige y maneja el trozó mayor de la España roja, por desprenderse de su falsa reputación de su uniforme y hasta de su barriga y declarar francamente: -N i yo he ganado ninguna acción, ni detenido el avance de nadie, ni influido en ning ú n eclipse. Tráiganme. un avión y un p i loto, que sepa volar de noche, y. que vengan antes los dmaiíiitérós para derruir estas pié- dras y hacerme sitio para salir de mi agujero! W. EERNANDEZ- FLOREZ. 1 NFORMÁC Y ONES ES Las Torres de Meirás, pazo del- Caudillo v M u y én breve, en ceremonia a la que acudirán las autoridades coruñesas y represen- ¡aciones vitales de los distintos elementos de la producción, se dará- -solemne estado oficial, al regalo que el- pueblo, y la- provincia. de Lía Goruña le hacen, en. señal. dc. gra titud y fervorosa adhesión, -al más insigne: de. sus hijos, el. Generalísimo de- los Ejércitos nacionales, don Francisco Franco Bahampnde; L a idea de clonar al Caudillo un pazo gallego para, sus descansos veraniegos nació en- el seno del Ayuntamiento de L a Cortina y patrocinada con todo entusiasmo por el gobernador civil y rhienabro ilustre de la. Tunta- Política y del Consejo Nacional. de Falange Española Trad- icionalista, don Julio Muñoz de Aguilar, la recogió la Junta L o c a l de Iniciativas, que realizó la. s primeras gestiones y puso la obra en manos de la. Tunta) Pro Pazo del Caudillo, -comisión que, presidida por el gobernador civil, integran e l presidente de la. Diputación Provincial, los alcaldes do. L a Coruña, Santiago, E l Ferrol. Betanzos y Sada, y representaciones del Comercio, Ja Industria, el Ejército, el Clero y el artesanado. Elegida para residencia estival del CaudU lio l a señorial mansión de las Torres dej Meirás, hermoso castillo, que se alza a efe, torce, kilómetros de la capital, en un belüV simo paraje del- término municipal de Sadá ¡i río sé tardó en obtener el consentimiento dfli la propietaria del Pazo, la- condesa d é l á Torre de- Cela que en los momentos actuS- í: les sufre eh tremendo do lor, ocasionado por la pérdida de su esposo, el conde, don Jai; me Quiroga y Pa- rda- Bazán, hijo de la eximia escritora de este apellido, y de su hijo, unigénito, don, Jaime. Qüiroga y Esteban. Collante s, ambos cobardemente asesinadospor las liordas márxistas que son dueñas efímeras de la capital de España. E l Caudillo ha, honrado a su provincia natal con la aceptación del obsequio que sus paisanos le ofrecen, y una vez logrado este, asentimiento, la Tunta Pro Pazo ha dado comienzo- a las. tarcas para la introducción de ¡las mejoras que la mansión de un Jefe de Estado requiere. E l d í a que la P r e ñ a s coruñesa dio a lá publicidad laJnesperada y grata noticia del regaló, el júbilo se reflejó en todos los semblantes e inmediatamente el gobernador ci- vil empezó a recibir adhesiones y ofrecimientos de toda índole, entre los que merece destacarse la petición de unos obreros, qué mostraron al señor Muñoz de Aguilar el. deseó de ser los primeros donantes. L a historia de las Torres de Meirás, aunque fundadas a fines del siglo x i v por obra de don; Roy de Mondego, es breve, por. cuanto el primitivo pazo fué destruido durante la guerra de la Independencia, y la fábrica actual fué iniciada en iSg. V Las Torres d ¿Meirás están llenas de recuerdos de la insigne escritora coruñesa que lité su propietaria, la condesa de Pardo Bazán, ...que apxovechaba. sus prolongadas estancias veranieg? en el Pazo para escribir E l ministró de Orden Público, en. Aviló E 3? CIÍCKII M a i t í n c z Anj lo a c o m p a ñ a d o del c o r o n e l Serrador y) ns antói laclej 5 provinciales, v i s i t ó el n u e v o S a n a t o r i o tic Santa Teresa; (F o t o Mayoral. derío y se habituó modestamente a comer carne humana. Una vez- llegaren uno; ingleses a establecer una- factoría v echaron a latigazos a Tom. -Los salvajes fijcr- on c i v i- ljzándosé. H o y no- hay ninguno entre ellosque oiga hablar de T. om sin avergonzarse. Esta historia se ha repetido rachas veces. L a última fué en Madrid. Cuando las- fuer- zas de Franco llegaron al Parque del Oeste todo era- consternación- entre los bandidos que estaban dedicados al asesinato. Días te- nubles para ellos. Borraban. a toda prisa las iniciales de las asociaciones que les ampa- raban y que lucían- en los automóviles. uachepeados arrancaban las banderas ro- jas, escondían ¡es Rorros rusos, hasta roba- ban con cierto visible, desaliento. Algunas, mujeres antifascistas excitaban por radio, agrandes gritos, a tomar las armas, dirjg- ién- dose especialmente a las viejas- y a los mños, porque todos los demás seres, estaban ya mo- vilizados. Estas mujeres que peroraban por. radio eran ejemplares que habían quedado tan deteriorados en el servicio rojo. Lai ale- gría en la revolución que ya no servían para: nada, -lo que solía ocurrir, después de. haber, aminorado presurosamente, apenas en tín par de semanas, las energías. de. cuatro ó cinco batallones, entre los que había algunos tan difíciles de contentar como L o s chacales de la Sierra Los. diablos rojos de los Cuatro Caminos o L o s bastardos de Stalin Como retiro y, en gratitud, estas señoras pasaban a vociferar. por radio, donde ni se las veía ni se las olía, porque como dijo apropósito de esto el responsable de Sanidad, que era un pocero, s i las ondas llevasen el. aliento, ya hacía tiempo que habríamos atufado a los facciosos so, comisario de Marina, ignora todas las peculiaridades de la vida del congrio. M i a j a sabe que el- último, de ios citados animales se suele esconder en las, grietas- de las peñas para sustraerse a la voracidad ajena mientras él, tan excelentemente. protegido, sacia la suya hasta el punto de que la gordura couclu- ye por impedirle salir del lugar que fué su refugio. Miaja decidió r e m i r la táctica militar del congrio. Esto es un poco extraño, por- que el congrio no es citado, en ningún c o n o cido tratado de, artes bélicas, -pero los rojos, han hecho cosas mucho- más extravagantes. Después de aquella batalla que no había l i- br. ado, de aquel éxito que no había tenido, de aquella detención que él no se. explicaba y en: la, que estaba íntimamente seguro de no, haber intervenido poco. ni mucho, buscó su grieta; -E n Madrid hay- pocas moles de piedra; mucho cemento i lucho ladrillo, pero escasez de granito. Quizá el edificio dónde más abunde; la feliz y. protectora combinación del cuarzo, la mica y el feldespato, sea en el antiguo ministerio dé Hacienda M i a j a comprobó, que había, varios pisos de sota- nos; bajó hasta él último, se. hizo arreglar unas habitaciones y sé dedicó a engordar. 1 1 ¡Bien, pues entre toda esta confusión y. este miedo, se supo en Madrid que los nacionalistas plantaban sus reales en la C i u dad Universitaria y en la Casa de Campó. Los asesinos de Madrid, como los negros de Bamba- Gamba, miraron en torno y vieron a Miaja, tan asustado como todos, pero d i simulándolo mejor. ¿Fuiste tú? -le preguntaron. -Sí, fui yo- -dijo, como medio siglo antes Tom en la playa africana. Y desde entonces para él fué la poca cordilla que quedaba en Madrid, y las milicianas oxigenadas y la prosa purulenta de La Voz, del- Heraldo y de todos los diarios E l que no puede ya salir, preso en la cueestimuladores del crimen. Contra lo que se ha dicho, -Miaja no es va, como el congrio gordo; es el pú pio M i a tan inculto como Bruno Alonso. Bruño Alón- ja. ¡Cuánto daría este hombre que ahora Pasan los aviones, caen las granadas artilleras, mueren de hemorragia las. personas decentes y de hambre las que lo son y las que no lo son... Miaja, en la grieta. Toman pueblos los azules, se derrumban fortalezas, se rompen frentes, reparten puntapies los extranjerósj corren los, milicianos el Maratón del susto. Y Miaja, en la grieta. Sus subordinados (o, mejor, los que debieran serlo) le escriben cartas injuriosas, cómo la de aquel comandante Enciso que publicó la Prensa nacional. Algunos comunistas, como el inglés MatthéwsJ le tratan ya con desdén en sus libros, c ó m o a un fantoche. E l én la grieta. U n tal Swaffer, periodista de poco más o menos que acompañó á una tanda de turistas del laborismo británico, comió con Miaja y refirió en e l Daily Herald: E n el Ejército rojo existe un compañerismo admirable. A l empezar, nuestra charla se deslizaron en la habitación varios soldados y quedáronse allí escuchando, sin haber pedido permiso. E n cuánto a los cocineros, entraban y salían sin ceremonia alguna.
 // Cambio Nodo4-Sevilla