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¡manes, medid millón Sé magiar él, iae 3 f 5 millón de rutenos y tres millones de. eslovacos que la pueblan, en un total de quinSe millones de habitantes. Po ít cameñte, 13 íebei es abandonar las ideologías que con rierten su existencia actual en un verdader o peligro para la paz de Europa y renunciando al papel de agitador democrático, recoger la gran herencia católica de sus mejores siglos de historia, cuando San Wenceslao la invistió de verdadero sentido occidental. Sacrifiquen sus hombres de G o bierno los ritos de Ginebra y los mitos demagógicos, que quisieran aún exhumar como un vano recuerdo al agitador Huss y a los Hermanos Uniatas, porque si bajo el símbolo y dirección dé estos último el pueblo checo sufrió la terrible derrota de k Montaña Blanca, los primeros le llevarian ahora de modo indefectible hacia un desastre inmediato e irreparable, EDUARDO A U N OS. EL SEPULCRO CID DEL ¿Qué horrores, qué género de daños amenazantes vería Costa, y toda la famosa generación del noventa y ocho, en el interior del sepulcro del C i d para aspirar cerrarlo con siete llaves? Nosotros, los escasos enamorados de España que, a la vera del Maestro Menéndez y Peíayo, seguíamos la orientación de sus enseñanzas, veíamos estupefactos aqutl furor implacable con que unos jóvenes, fervorosos cantores del paisaje castellano, del panorama físico de España, se obstinaban en raer de él toda la magnitud espiritual de las generaciones que Ip habitaron, interviniendo v i gorosamente en la Historia Universal. E n el C i d- nos había enseñado el Maestro a ver el más acabado compendio del a l ma española; el realismo juicioso del pueblo español que peleaba por ganar su p a n el denodado esfuerzo por ensanchar Castilla delante de. su caballo expulsando a los enemigos de su religión y de su patria, la acrisolada lealtad del caballero castellano que, aun desterrado, pone en las manos augustas de la soberanía patria, las llaves ¿el reino, ganado con su denodado escuerzo. ¿No es e to España? Realismo i n compatible con enfermas ensoñaciones, va- lor y sacrificio para conquistar el sano ideal de la vida, y lealtad acrisolada para no volver nunca la espalda a la unidad y el engrandecimiento de la Patria. ¿Que ¿enero de miasmas deletéreas podían salir del sepulcro sagrado en que yacían tales remembranzas? Se había aceptado, como un dogma que todo el andar de la vida de España, en la Historia, había sido una formidable, monstruosa equivocación. E n un cenáculo famoso que p r e sidía, por los años floridos de la generación del 0 8 un viejecito, de barba y cabexa blanca, muy pulcro en su modesta induruernaria, siempre negra, en que destacaba, nítida, la blancura de k planchada camisa, dé lo que se ufanaba, haciendo aquella frase que sus jóvenes discípulos repetían con unción: cada día más joven y con ía camisa más blanca pues en aquel cenáculo la juventud devota de aquel maestro aprendía que España, como no habia aceptado la Reforma- -Larra, el inefable L a r r a lo üeeí: -se había quedado, para siempre, atrás en el camino del progreso europeo. Si había alguno que, tímidamente aducía algrún testimonio, o nombraba, a este respecto, algo de Menéndez y Peiayo, el maestro sonreía con benevolencia compasiva, ylos va iniciados, exclamaban con desdén Retórica i 1 todo retórica! ese es nuestro, gran mal. Y se poma a discusión el tema de cuándo comenzó l a decadencia española. Y día tras 85 eí máesíro y los discípulos iblñ IducíeHdo textos. ¡N o compara Jovellanos el florecimiento español a un relámpago? Dediquemos- -dice en una de sus Cartas a don Antatiio Pons- -a conquistar nuestras provincias, lo que gastamos en invadir las ajenas... Oh 1 Esto era una sentencia formidable. ¿Y lo que dice Cabarrús en sus Cartas a Jovellanos sobre las expediciones insensatas de Carlos V v Felipe I I V África, Hungría e Italia A i lado de esto las Cartas Marruecas, de Cadalso, y el anatema de L a r r a por no haberse incorporado España a l a reforma. I Habrá- -después de estos luminosos testi- íiionios- -quien sostenga que España ha te- nido florecimiento sólido un solo día de su historia? Costa, convencido, ante estos argumentos, lanzó su anatema terrible: H a y que cerrar con siete llaves el sepulcro de! C i d Y España se resignó humildemente trocar su vida, aquella vida absurda de los días que supuso de. florecimiento, por otra cosa más modesta, que apenas merece- el nombre de duración. Hasta se censuraba. el último esfuerzo por sostener el resto postre- ro de nuestro glorioso Imperio. Después de todo tenían razón los espíritus doctísimos de aquellos señores. ¿Cómo podía ser feliz, n i rica, ni próspera una nación que hubiera cometido l a locura de influir en África, e n Hungría, en Italia, y de conquistar y c i v i l i- zar mundos? ¿Cómo una nación qué no hu- biera aceptado la reforma podía ser prósper ra en agricultura, ni en industria ni en ningún progreso? Prueba de ello es las granjas, i las fábricas, las riquezas de todas clases que brotaron en Alemania apenas se rebeló L u tero, y en Suiza con Cal vino y en Inglaterra con Enrique V I I I -T O J O- f u é paz y tranquilidad, y prosperidad y bienestar en esos venturosos países de la reforma apenas se levantó su bandera. N i una gota de sangre, n i una sola ejecución, ni guerra ni disturbio en todos esos países venturosos. Y aquellos j ó venes despiertos, escuchaban, devotos y atónitos, con la boca en o, todas estas profundas observaciones y quedaban convencidos cía que EspafiS era sólo tm fjeHb paisaje cuya población ni había sido jamás una nan ción poderosa y floreciente, ni podía serlo. Debía resignarse a vivir cuerdamente áen- iro de sus- fronteras, sin locuras ruinosas, n i patriotismos cursis. Siete u ocho ti ochenta! llaves al sepulcro del C i d y á las reniembran- as de Pavía y de Mülhberg y de Lepante y de Otumba y de todos los absurdos de A m i rica. Y con esa tónica se censuraban las expe diciones a África, se laboraba contra el Ejér cito glorioso que allí daba su sangre con k generosidad y el de nuedo de siempre, se ha blatja para combatirlo del militarismo y á ¡la supremacía del poder c i v i l y hasta se r o deaba de silencio la victoria de Alhucemas, con la que se ganó definitivamente esa gue rrá, delito que no le perdonaron al M o n a r V ca, que con tan firme tesón defendió aquella obra y a aquel glorioso Ejército. Y p o r este sapientísimo camino, con lasj susodichas llaves muy guardadas en el bol- t sillo, se llegó al luminoso 14 de abril, y S 6 hubiera llegado definitivamente al abismo de Rusia, si no hubiera España encontrado eJ salvador y glorioso 18 de julio, en que e l Cid rompió las cerraduras de su sepulcro y ¡comenzó de nuevo a ensanchar a Castilla! delante de su e u b a í V He aqut la triste historia de las famosa! llaves del ségulcro del C i d J. LÓPEZ PRUDENCIO. M A R A H 1 D A L G O RU 1 Z H e aquí un nombre glorioso dé España, E s una madre española que vive en la Ar- gentina y escribe al Generalísimo Franccí esta carta que puede considerarse como una! cumbre de conmovedora espiritualidad. D i c e S o y la madre de L u i s Ramí. e 2 Hidalgo, soldado de l a Legión. M i hijo, da. dieciocho años, salió para España a deferí- der la- santa bandera de nuestra Patria. Mu- rió en el día del socorro heroico a Terne! Otro hijo me queda, de diecisiete años, Ila i c o n naisieiicia las antorisJaaea a Santanfl r isa tenido Itigaí, en él Ateneo de Ha población, el acto de a p e n u r a de la i2 ípo e ¡ón de Retrato al OU- n- ácl uouil Uisli tno pintor español Julio Moisés. íFoto Samot.
 // Cambio Nodo4-Sevilla