Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
BECQUER Y SU MUERTE Cor José María DEL REÍ CABAtltRO los veintiocho años el hombre i m prime, inadvertidamente, a sus pensamientos una dirección que apunta al porvenir: su íantasia mira al mañana, que se antoja anchuroso y largo, más que al breve ayer, desvanecido. Asi ocurre de ordinario; pero esta ley común no regía, en absoluto, para los poetas del Romanticismo. Gustavo Adolfo Bécquer, joven por la edad, pero cargado de temprana melancolía, elaboró en la apartada calma del Somontano, d e n t r o de los muros del Monasterio de Veruela o en su vecindad, un entrañable soliloquio, que nació íntimo y que, luego, se difundió por las letras de molde del periódico de la Corte. Las cartas Desde mi celda animadas de las esencias que definen a lo romántico, constituyen un monumento literario que Bécquer, inmerso en sí mismo, labró en prenda imprevista de su gloria. E n la carta tercera, el escritor, al que ronda la muerte prematura que le correspondía, pasa lista a sus ideas y se abraza con frecuencia a la de la muerte para recrearse en ella y verificar balance de las voluntades sucesivas que en el decurso de su corta vida acarició, por ensueños y l u cubraciones, para cuando le llegase la hora final de la atormentada existencia. Merece señalarse con trazo distintivo este reiterado interés de Bécquer por la destinación futura no sólo de su espíritu, inmortal, sino de su carne, perecedera; notemos que en la especie de testamento que el poeta mozo redacta poniendo en orden sus pensamientos mortuorios, se observa una inequívoca ortodoxia afirmada, para la hora de la verdad, la que marca el fin del peregrinar terreno. Bécquer, de cara a su muerte, tiene por descontado un deseo de linaje supremo: E n cuanto al alma, dicho se está que siempre he deseado que se encaminase al Cielo. Es la aspiración ferviente respecto a un destino cuya fijación está, inexorable, en manos del Alto Juez. Pero la suerte de sus despojos mortales, que queda a merced de A L a cruz negra de Veruela, el lugar donde Gustavo Adolfo se sumía en largas meditaciones, según dibujo de su hermano Valeriano. los hombres, es sobre la que especularon las ambiciones adolescentes y las divagaciones de la juventud. En la niebla, de vagos pensamientos brotados entre las confusas lindes de la infancia y de la adolescencia, aparece, como ensoñada, una tumba abierta en la tierra natal junto a la orilla del Betis, cantado por los grandes poetas sevillanos predilectos, protegida por la sombra de los álamos, acariciada por las desmayadas ramas de los sauces y besada por las ondas del río, que arrullaría el sueño eterno con una agradable música. Fué ésta la primera sepultura imaginada por Bécquer cuando, hasta el esqueleto de la muerte, sé vestía a sus ojos con galas fascinadoras y espléndidas Al ver en aquella tumba la piedra blanca con una cruz y el nombre del muerto, los que siguieran la corriente del rio habrían de exclamar: Allí duerme el poeta. Lejos ya de la ciudad ainada, Gustavo Adolfo, que, según escribe, hubiera querido ser un rayo de la guerra, haber i n fluido poderosamente en los destinos de mi patria, haber dejado en sus leyes y sus costumbres la profunda huella de m i paso; que mi nombre resonase unido y como personificándola a alguna de sus grandes resoluciones imaginaba caer en el combate y oír como último rumor del mundo el agudo clamor de la trompetería para luego, envuelto en los pliegues de la destrozada bandera, emblema de cien vici Apunte de Bécquer yacente. torlas encontrar la paz del sepulcro en el fondo de uno de esos claustros santos donde vive el eterno silencio y al que los siglos prestan su majestad y su calor misterioso e indefinible Sobre éste segundo sepulcro ensoñado, te levantaría estatua del poeta, que rimaría en grandeza
 // Cambio Nodo4-Sevilla