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señalan el transcurso de ciento veinte ¡años desde el del nacimiento de Gustavo Adolfo. Los A m i g o s de Bécquer sevillanos conmemoramos, e n 1936, hace ya cuatro lustros, el centenario de la fecha en que vino a esta tierra el autor de las R i mas seguimos entonces unos Itinerarios románticos y en cada uno de ellos, celebrados sucesivamente en La Venta de los G a t o s el compás del convento de Santa Inés y el Panteón de hombres ilustres de la iglesia de la Universidad, En Trasmoz, enclavado entre las ásperas sinuosidades del Moncayo se puede looalizar el camposanto Indeter amén de otros paraminado deeorlto por Bécquer en su tercera oarta Desde mi elda jes ligados a la obra (Cmuinua rim, C! J ¡de Bécquer, se alcoa la de guerreros, prelados y damas de sepulturas, y de las hierbas y las floré- zaron conmovidas palabras de memolargo brial, que tendrían cerca su sepul- enlas emergen, aquí y allí, sin simetría ria y alabanza. Me correspondió hatura. ni orden, las cruces que señalan el lugar blar, luego de haberlo hecho Santiago Montoto, Jorge Guillen y Joaquín Romero En el retiro de Veruela, luego de cal- de los enterramientos. madas las tempestades silenciosas que haBécquer, que no podía conocer los enor- Murube, cada uno de diverso tema becbían pasado por su frente, después de mes cementerios que hoy requieren las queriano y en lugar distinto, en la iglesia haberse secado en su alma tantas ilusio- ciudades populosas, a la vista de este cam- de la Universidad. Blegi, sin dudarlo, un nes, tras las historias de poesía desem- posanto rural y aun cuando había abdica- punto de glosa e insistentes textos becbocadas en el último capitulo a una re- do de sus sueños enfáticos al caer en querianos: el de Bécquer y la muerte pugnante vulgaridad Bécquer, al que las profunda indiferencia, se resistía aún a que juzgué oportuno no sólo por acordaren que habla de ser desarropalabras amor y gloria no le suenan, como pensar que podrían meterlo preso en un se al lugar el que se guardaban los restos ataúd formado con las cuatro tablas de llado, sobre le sonaban antes, recorta las ambiciones mortuorias y ansia una vida oscura y di- un cajón de azúcar, en uno de los huecos del poeta, más también por constituir una chosa, en cuanto sea posible, con esa de la estantería de felicidad de la planta que tiene a la ma- una Sacramental, ñana su gota de rocío y su rayo de sol para esperar allí la aspiraba a un poco de tierra echada con trompeta del Juirespeto; un poco de tierra blanda y floja cio Declara el poeta, que no ahogue ni oprima; cuatro ortigas, un cardo silvestre y alguna hierba que me al término de su cubra con su manto de raices, y, por úl- carta tercera, que timo, un tapial que sirva para que l i o esa instintiva prearen en aquel sitio ni revuelvan los hue- ocupación le había Sobrevivido, a u n sos que no sin asombro Las ideas de este apacible asilo para por su parte; pero sus restos se le fijan a Gustavo Adolfo también confiensa por la contemplación de un camposanto que al paso aue de aldea. ¿Cuál era este camposanto? iba, propablementp Bécquer no lo determina en esta carta le seria tan igual Desde mi celda ni en ninguna otra de que le coloquen las publicadas. Luego de vagar por los lu- debajo de Una pigares del Somontano mas próximos al rámide e g i p c i a Monasterio de Veruela, creo poder afir- como que le aten mar, sin riesgo de error, que este cemen- una cuerda a los terio es el de Trasmoz, al que, por cerca- pies y le echen a nía del retiro del poeta, éste llegaría en un barranco, como sus cortas andaduras. La descripción que un perro Y al f i abre la carta tercera, pese a impresiones nal de la epístola y a ligeros errores, explicables en quien reconoce que cada verosímilmente escribía en la celda y ate- día voy creyendo nido a la sola guía de la memoria, ofrece inás que de lo que datos que permiten la establecida locali- vale, de lo que es s i zación. En Trasmoz, enclavado entre las algo, no ha de queásperas sinuosidades del Moncayo se dar ni un átomo conserva el pilar con el remate de una aquí Todas estas evocruz que señala la entrada al pueblo, cuyas casas se agrupan, como en la descrip- caciones, que estución becqueriana, alrededor del esqueleto vieron en la mente de fortaleza, antaño castillo altivo, erigi- del delicado poeta do sobre el pedestal de la roca. La aldea, de Sevilla, nos llede la que Bécquer no preguntó el nom- gan al pensamiento bre, es. sin duda, Trasmoz, pequeña y ol- en estos días, que vidada entonces y pequeña aún. La pintura del camposanto, hecha en 11564, cua- Kl monumento que draría al de un siglo después: carcomida Sevilla labro- en el esta también la puerta, cuyo cierre se ase- Parque de Marta Lulgura por unos pedruscos; la cruz de ma- M t II memoria de Gustavo Adolfo, dera, que rendiría su cuerpo al quebranto jo el entusiasta bapadel tiempo, fué reemplazada por una de trocinio de lo Quinhierro; pero la vegetación silvestre ahora, tero, beoquerla n o s como en la centuria pasada, cubre las Ilustres.
 // Cambio Nodo4-Sevilla