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es el propósito de este artículo rebatir una afirmación, lanzada desde estas mismas p á ginas, afirmación que por venir de l a autorizada pluma de don Felipe Sassone ya es de por sí un axioma. E l propósito es defender un punto de vista con relación a la distinción que hace respecta a toreros clásicos y románticos, distinción que aceptamos plenamente, pero sosteniendo la teoría de que sólo Jos toreros clásicos entran de lleno en lo que pudiera llamarse la posible perfección del toreo. Es indudable que el toreo, como todo arte, está sujeto a determinadas reglas. Y a desde el siglo X V I I los tratadistas de la materia han venido buscando estas reglas, y con ánimo de hacerlas inamovibles, durante el siglo X I X se publican varias Tauromaquias o arte de ü diar teses bravas; así la Tauromaquia de Pepe- IUo y la de Montes. Lo m i s m o acontece en el sijrlo XX. Vemos, pues, la tendencia que existe a unificar el arte del toreo en una serie de reglas estereotipadas. Aunque no se haya conseguido su unificación ni, en realidad, se consiga jamás, valga como tendencia. Es, pues, indudable la existencia de determinados postulados y la obligación de atenerse a ellos. Es decir, que sobre un torero no cabe más que una interpretación: la auténtica, la que se sujeta en lo posible a esa tendencia expresada en tos tratados. Allá los gustos, cada uno con el suyo, pero no todos acertados, ya que no cabe más qué lo que sea auténtico, -lo que sea verdad Ortega y Gasset, gran buceador de verdades, afirmaba hace años: Yo he buscado en torno, con mirada suplicante de náufrago, los hombres a quienes importase la verdad, la pura verdad, lo que son las cosas en sí mismas y apenas he hallado alguno. Actualmente en las plazas de toros se ven pocas m i radas suplicantes de náufragos; la masa se contenta fácilmente con cualquier engaño. Es precisamente, expresión muy taurina la de que Fulanito ha toreado de verdad o hace el toreo de verdad Creo que esta expresión, lanzada a menudo inconscientemente, pone el dedo en la llaga. ¿Qué es torear de verdad? ¿Quién lo hace así? Por lo mismo que creo en el toreo auténtico, creo en la verdad en el toreo, que no hay más que una; la del toreo oue Sassone llama clásico. No hay que darle más vueltas, el problema más grave del toreo actual es que n i la gente ni la critica en general se plantean l a cuestión de la verdad. Aceptan a ciegas los hechos, sin ahondar en su sentido, sin buscar un común denominador con el que poder comparar esos hechos. Ese común denominador no sería más que el toreo clásico, lo auténtico en el toreo. Lo demás, el toreo romántico, nace, vive y se TOREROS CLASICOS N Ú desarrolla al amparo de circunstancias, que, siendo esenciales, no son las únicas en el arte de torear: una superestimación bien sea del valor, de la personalidad o de la técnica, aunque en la mayoría de los casos el toreo romántico se ampare en la superestimación de la primera circunstancia, el valor. Porque si las tres cualidades son necesarias para alcanzar la posible perfección en el toreo, no lo son sino en cuanto forman parte de los requisitos esenciales. Dentro de éstos están el arte y lo que pudiéramos llamar el garbo, y dentro de la técnica, y como parte principalísima, el mando. Es decir, que el torero sea maestro de la fiera, que la lleve a su antojo, que le ordene el camino a seguir, que torear no es dar mantazos máxime si éstos son dados en las más antiestéticas posturas, como la actual moda del toreo de espaldas. Y como fundamento en el matador que toree que asi se llama al hecho de dar a cada toro la lidia adecuada a sus condiciones desde que sale por el toril hasta que lo arrastran las mulillas. Montes, en su Tauromaquia, ya afirmó que el conocimiento es la principal cualidad del buen torero ¿Podemos calificar de buenos toreros aquellos que hacen profesión del desconocimiento, que ignoran los terrenos y no son directores de lidia n i les importa las condiciones del toro? Viene todo esto a cuento de la distinción entre toreros clásicos y románticos. No hay un solo ejemplo en la historia del toreo de u n romántico que haya reunido Jos cinco requisitos esenciales para la po- sible perfección. Fué incuestionaoii- uient mas auténtico, más perfecto Lagartijo que Frascuelo Ouerrita que cualquiera de sus contemporáneos, Bombita que Machaqulto S i Belmonte poseía en su principio una mayor estimación del valor y la personalidad, no fué hasta su í n timo contacto con Joselito, cuando adquirió la técnica, el mando. Belmonte pasó a la historia del toreo en lugar privilegiado, no por ser romántico, sino porque, habiéndolo sido, se tornó clásica, sin perder su valor ni su personalidad. Joselito fué el compendio; le bastó su soberbio clasicismo, sin rigideces n i frialdades. La misma distinción cabe en el toreo actual, el de los últimos quince años. Las figurillas románticas se quiebran con extraordinaria fragilidad, y las que no se quiebran tan fácilmente dejan poco 0 nulo rastro tras su desaparición. Al amparo de una critica casi siempre fiel y desmedida en sus alabanzas, un público desorientado por falta de orientación y los trompetazos de una publicidad desenfrenada, vemos una serie de torerillos. con pretensiones de héroes de leyenda, triunfar efímeramente para hundirse en seguida en el más profundo de los olvidos. Y por oposición, los toreros que son capaces de seguir más de diez años de alternativa sin oue les afecten las modas, n i los gustos ni las cambiantes condiciones y exigencias del público. Los que poseen l a verdad del toreo; los que llamamos clásicos. Ignacio A O U I K R E- B O R R E L L (Dibujo dé Antonio Casero.
 // Cambio Nodo4-Sevilla