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Migo, vestido de caballero. Este grabado se refiere al ano 163 B, cuando Ignacio regresó de París a España, y supone que al llegar a Azpeitía, los caballeros, el tero y el puebla salen a recibirte. (Grabados de la Biblioteca Nacional. Reproducciones de V. Muro. tillo de Pamplona tuvo ocasión, ahora de hacer sus primeros ensayos guerreros, secundando a su señor en los preparativos de la defensa. Todo aquel invierno y la primavera de 1517 se mantuvo Velazquez en rebeldía, sin que valiesen de nada las cartas del Rey y de los gobernadores. Hasta que, cansado Cisneros de aquel forcejeo, se decidió a proceder contra él, enviando a Arévalo al doctor Cornejo, alcalde. de la Corte. Al fin, después de muchos autos, cedió Juan Velazquez, derramó la gente, entregó la fortaleza y villa de Arévalo, y se vino a Madrid por Junio de 1617. Con él venía, indudablemente, Iñigo de Loyola. Lo exigía así la lealtad, el cariño y su propio interés: esperaba conseguir algún empleo en la Corte. Había Iñigo tomado gusto a la vida cortesana y no se avenía con su pundonor y sus aficiones retirarse, fracasado, al aislamiento provinciano de la casa- torre de Loyola a la sombra del mayorazgo. Llegado Velazquez a Madrid, él cardenal Cisneros le ofreció que haría por él cerca del Rey como por amigo Pero Velazquez volvía a Madrid pobre, gastado y desfavorecido- -ascendían sus deudas, según Sandoval, a dieciséis millones de maravedises- -y con asaz tristeza por la muerte de Gutierre Velazquez, su hijo mayor, (muerto en febrero de aquel año) Consumido, al parecer, por tantas desventuras, falleció en Madrid a 18 de agosta de 1517. Para explicar su rápida muerte no faltó la leyenda de un alevoso envenenamiento, recogida por Fernández de Oviedo. ¿Cuál fué la determinación de Ignacio a la muerte de su protector? La conpeemos con exactitud gracias al testimonio de Alonso de Montalvo, compañero suyo dé servicio en la casa de Velazquez: Estuvo en casa del dicho contador, unas veces en la Corte y otras veces en Arévalo, hasta qué el dicho contador murió, sin poderle dejar acomodado como deseaba. La mujer del dicho contador, que era señora muy principal, dio a Iñigo dé Loyola quinientos escudos y un par de caballos, en los cuales el dicho Iñigo se fué al duque de Nájera Así, pues, en el mes de septiembre de 1517, Jinete en uno de los caballos y acompañado de un escudero que llevaría a la grupa del otro el matalotaje, salió Iñigo de L ¿yola de Madrid camino de Navarra. Llevaba clavada en el alma la espina del primer desengaño al ver desvanecidas sus ilusiones cortesanas. Dieciocho años después le hallamos de nuevo en Madrid. Volvía ahora a pie y mendigando; con un universal desengaño de todas las cosas del mundo, pero enriquecida el alma con las admirables experiencias espirituales y terrenas de sus años de Manresa, Barcelona, Álcali, Salamanca y París. Estando en esta última ciudad, terminando sus estudios de Teología, por la primavera de Í 535 sintió tan quebrantada su salud, que sus compañeros, apoyados en la opinión de los médicos que le recomendaban los aires nativos, le forzaron a volver a España. Cedió Iñigo, porque asi tenis ocasión de resolver algunos asuntos de lds compañeros. TantO los biógrafos antiguos (González de Cámara, Polanco, Ribadeneira) como los modernos (Astrain, Casanovás, Dudon) no ponen a Madrid en el itinerario del Santo. Mas en la novísima y preciosa biografía del padre García Villoslada se dice taxativamente que al cabo de tres meses de estancia eri Azpeitia, sintiendo restaurada su salud, se encaminó a Obanos, morada del hermano de Francisco Javier, y de allí á Almazán, Sigüenza, Madrid, Toledo y Valencia, con objeto de arreglar algunos asuntos de sus compañeros. En Madrid vio al príncipe don Felipe, de ocho años cumplidos, y tanto debió de impresionar al niño la figura de aquel hombre santo, que cincuenta años más tarde el Rey Prudente lo recordaba todavía En efecto, contemplando Felipe n en 1588 el retrato de San Ignacio, pintado por Sánchez Coello, dfjole complacido: Muy bueno está, mucho se le parece; yo conocí al padre Ignació, y éste es su rostro, aunque cuando yo le conocí traía más barbas Con acierto coloca, esta entrevista el padre G. Villoslada en este año de 1535, porque no pudo ser antes -el príncipe nació en 1527 e Ignacio estuvo en París de 1628 a 1535- -ni después, puesto qué no volvió más a España. Y la entrevista únicamente pudo ser en Madrid, ya que el príncipe con la Familia Real pasaron el verano de 1535 en Madrid, como consta por las cartas de don Juan de Zúñlga, ayo del príncipe don Felipe, al Emperador. Aun cabe precisar más en cuanto al tiempo: Habiendo salido Ignacio de su valle natal- -según calculan sus biógrafos- -a fines de Julio, y haciendo como hacia los viajes a pie, y deteniéndose en Obanos, Almazán y Sigüenza, se puede calcular que llegaría a Madrid a primeros de septiembre. Otro dato confirma que tuvo que ser así, dado caso que en carta fechada en Madrid a 13 de septiembre, dice Zúñlga que el príncipe llevaba unos días enfermo. Ni cabe suponer su llegada a Madrid más tarde, porque la enfermedad del príncipe duró hasta bien entrado octubre, y en octubre- noviembre colocan los historiadores el embarque de Ignacio en Valencia, después de pasar varios días en la Cartuja valenciana. No quedan, por tanto, hábiles, sino esos diez o doce días de fin de agosto y principios de septiembre arriba consignados. He aquí, aunque nos sepa a, poco, lo que! la Historia nos ha conservado- -y bien ocultamente por cierto- -de las estancias en Madrid de Iñigo de Loyola. t R. M. de H. S. I.
 // Cambio Nodo4-Sevilla