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R JET A POSTAL RECUERDO DE U E hace unos días cuando estuve allí. No conoc í a Almería. Por eso, tal vez, me asaltaron gozosamente sus bellezas, me sorprendieron, llevaron a mi á n i mo el convencimiento, una vez m á s de que vivimos del tópico. L a Alcazaba d é Almer í a y la vista que desde ella se corumfcra no tienen nada que envidiar a las maravillas monumentales y p a n o r á m i c a s por todos aceptadas y consagradas. Es m á s hay un elemento de belleza del que carecen la mayoría de estas joyas monumentales, que es el imar; el mar besando amorosamente sus plantas en una caricia de espumas con rumor de siglos. Visité la Alcazaba, amablemente acomp a ñ a d o por su conservador, el culto arqueologo e investigador don Fernando Ocho torena, cuya labor de r e s t a u r a c i ó n es verdaderamente admirable. Era una tarde de primavera andaluza, que es como decir dos Veces primavera. U n viento que de la mar venía azotaba aromas dormidos; un sol lujuriante encendía brillos y colores, r e í a carcajadas de espuma en el cabrilleo de sus besos al lomo onjdulado de las aguas. Allá, a lo lejos, ese milagro de azules que son las nupcias de cielo y mar. Abajo, tumbado perezosamente a la sombra abrupta y amurallada de la Alcazaba, la blancura refulgente de esa joya antigua y mora que es el barrio de la Almedlna, cuyas tonalidades de color insospechadas llegan hasta la orilla del mar hechas laberinto de calles estrechísimas y geometría de terrazas, A la derecha, el barrio j u d í o y las cuevas que trepan madrigueantes la falda de la sierra con sus puertas de colorines. M á s lejos, donde bebe la sierra en el mar, el castillo de San Tétano, veterano centinela de antiguas p i r a t e r í a s ¡cuyes señales a la Alcazaba h a c í a n sonar en ella una campana, que aun t a ñ e anunciando el rumbo de los navios. A la izquierda, prisioneros en la cárcel de crestas guerreras de las murallas almenadas, u n emporio de jardines; prodigiosa s i n f o n í a de colores engarzada en las torres de viejo empaque imd! ifca r. D e s p u é s Almería reposando junto al mar efl lean sssncio de siglos de su cultura. Esa cultura que para m í es la m á s antigua de toda E s p a ñ a L a que en los milenios prehistóricos, andando por esa costa que se pierde a l l á a lo lejos espumeante hasta el cabo de Gata, llevó desde su fqxio a todo Levante su saber, los primeros poblados, el balbuceo de la humanidad ante el milagro de existir; la que, siguiendo el curso de los ríos, ¡e n lucha con fieras e i intemperies, Ilegal a las i riberas del Manzanares m a d r i l e ñ o en la época muster. ciense para incorporar al esj plendorde su paleotítico, el p r i m e r o del mundo, todo el rancio -saber de su prlmiti ¡vismo remoto. ¡C u á n t o me g u s t ó Almería! ¿Y esa luna r: de sus noches ú n i c a s? Esa luna que parece que ha recogido del día todos los azules y los muestra dormidos en el lecho de su blancura para hacerlos n a c e r todos los d í a s cada vez m á s bellos. Habría que revisar el paisaje español y la colección de sus Joyas monumentales. Rebelarse contra esa clasificación q u e nos hizo el siglo X I X y que es totalmente i n aceptable por iiijusta. Yo sé que si esto ocurriese, Almería rio sufriría ningún dolor de olvidó en la admiración española, i I F. BONMATI D E CODECIDO
 // Cambio Nodo4-Sevilla