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DIARIO TRADO G E N ILÜSDE JN L POTADO DE S A N SEBAST 1 A N. SUSCRIPCIONES Y DIARIO TRADO GE ANUNCIOS: ILUSDE INE F O R M A C I O N N- E FORMACIÓN N R 12. RA A L ¡h ¡EQ CCfGi i V ñDnfl! N! STRñCiON: V- -A Z Q U E Z EL SEVILLA -un artículo publicado en ABC, en el mes de j u n i o compromctime a reivindicar la memoria del tercer personaje de la leyenda calumniosa que denigraba al Conde D o n Julián y a su hija F l o r i n d a E r a este personaje el último R o y godo Rodrigo, sobre el c u a l cronistas historiadores y poetas, acumu- laron grandes responsabilidades y crímenes que puso, a España al borde de caer en brazos del i s l a m que usurpó u n trono, que fué mal general, estuprador dé doncellas, sacrilego y mal Rey. A pesar de la resonancia histórica qué tuvieron la batalla del Guadalete y lá consecutiva invasión de nuestra Península, conocemos m u y poco de una y otra con certeza. O c u r r i e r o n los sucesos en una época y entre pueblos pobres en cror. istas y escritores; y además los relatos que casi seguramente se escribieren los dispersó el huracán de la invasión primero y una lucha de echo siglos después. L o poco que hasta nosotros llegó fué obra de cronistas árabes, a veces con lejana residencia, en crónicas, n i abundantes n i veraces; de suerte que nos es más fácil reconstituir, la -batalla de Ar. belás, o la de Maratón, que la d e l G u a dalete. D e ésta sólo sabemos que en la. p r i mavera del año 711 desembarcó én la bahía de Algeciras, al frente de u n ejército, el caudillo beréber T a r i k Q u e a su encuentro salió el Conde T e o d o m i r o que mandaba en la Bética, el cual tuvo que retroceder ante fuerzas superiores. A l enterarse el R e y R o d r i g o del desembarco, cuando guerreaba con los vascones, cruza raudo la Península, de N o r t e a Sur, y ataca a los invasores, librándose- una cruenta batalla, que se mantiene indecisa tres días, cediendo a l cuarto el ala izquierda y siendo derrotados los cristianes, muriendo el Rey en él combate. Aprovechando lá incertidumbre histórica, la leyenda apoderóse de los hechos y de los personajes para- mitificarlos, cubriendo a unos y a otros, con su hojarasca. Afortunadamente, l a moderna crítica histórica dispone de medios y de métodos para d e s p o j a r l a verdad de tan frondosa vegetación, apartar lo legendario y mítico y rectificar lo falso y calumnSjso. L a brevedad de su reinado, sólo u n año, aparta de R o d r i g o toda responsabilidad en la gestación, larga y premiosa, del desastre, traspasándola a reinados anteriores; les primeros de la dinastía, desde Ataúlfo hasta E u r i c o fueron de costante guerras, entre sí y CQII l o s aborígenes. Desde L e o v i g i i d o cesaron las luchas intestinas, pero continuaron las otras; con ostrogodos, celtas, francos y vascones, A esta heterogeneidad de los habitantes de la Península se agregaba la falta de unidad religiosa conseguida, N REY DON R al fin. por Recarédo, pero no consolidada hasta el reinado de W a m b a L a dominación visigoda duró tres siglos- -del 409 al 711- Durante ellos sufrió España, como E g i p t o siete plagas: guerra, hambre, peste, fieras discordias, inestabilidad e indisciplina social. U n a minoría goda militar, doscientas mil personas, trataba de sojuzgar á una población de- ocho millones. Convivían, cuatro razas, tres civilizaciones y tres religiones. A u n E r v i g i o Rey incapaz, sucede, e! año 687, el cruel y atrabiliario Egica que consiguió indisponerse a la vez con cristianos y judíos. E n t a b l a r o n éstos relaciones con los de M a u r i t a n i a para preparar una invasión beréber; los cristianos p r o m o v i e r e n sublevaciones, dirigida una de ellas nada menos que por el arzobispo de Toledo, Sigisbérto. L e sucede W i t i z a en el 702; con- éste Rey, indolente, débil, injusto y libidinoso entramos en el prólogo del drama. P a c i fista iluso, manda desmantelar los castillos y fundir las lanzas para fabricar arados; como todos los débiles, fué a menudo cruel, como a l mandar cegar al D u q u e de Córdoba, padre de D o n R o drigo y matar al D u q u e F a v i l a A su muerte, ocurrida el 710, se desencadenan la habitual sublevación de los vascones y una guerra civil dinástica. U n grupo de nobles elige R e y al primogénito de W i t i z a A k i l a los restantes nobles, los spaíarios y la mayoría del pueblo elevan al solio a R o d r i g o n i n guno de los dos es u n usurpador, según las leyes sucesorias visigodas. E l animoso R o d r i g o derrota pronto a su rival, que huye con D o n Oppas y algunos secuaces a refugiarse en Septen- -C e u t a- los otros dos hijos de W i t i z a Ólmundo y A d o l b e r t o rinden pleitesía a R o d r i g o quien los admite, generoso, en sus tropas. Y a único soberano, corre a someter a. los vascones; y, sitiando a P a m p l o n a le sorprende la noticia del desembarco de T a r i k y corre a su encuentro. A R o d r i g o en, su corto reinado, faltóle tiempo para pasar con gloria a la H i s 1 t o n a pero no pudo t a m p o c o por ello causar graves daños. Supo cumplir todos los deberes de la elevada posición a que no le encumbró la intriga n i la violencia, sino la voluntad de su pueblo. C o n lo expuesto quedan, descartadas las dos principales acusaciones. la responsabilidad por lo ocurrido y la usurpación de un trono L a calumnia le atribuye otros hechos reprobables, el estupro de una doncella y u n robo sacrilego. L a falsedad del p r i mero creo haberla demostrado en m i artículo de, j u n i o ningún cronista contemporáneo ¡a cita, hasta el egipcio A d derramán ben Abdelaquer, que escribió dos siglos después de los sucesos. E n cambio la del robo de u n tesoro, en la cueva de Hércules, en T o l e d o l a relatan, en formas parecidas, varios cronistas árabes dé aquel tiempo. B e n A l c u tiya, describe, así el suceso: C u é n t a s e que los Reyes godos tenían en T o l e d o una casa en la que había u n a r c a y en dicha arca los cuatro evangelios, sobre los que juraban. Sólo se abría la casa cuando moría u n Rey. A l llegar el P o d e r a m a nos de Rodrigo abrió la casa y el arca, en- centrando pintados en su interior los árabes. y u n anuncio profético de la invasión. Se sabe hoy que el tesoro de la cueva se componía de veinticinco coronas votivas de otros tantos Reyes; de la mesa de Salomón, lujoso mueble; de u n missor i u m o palanquín, de oro y de otras joyas. De recientes eruditos estudios de Saavedra, Basset y Menéndez P i d a l se deduce que. él acto tan criticado se redujo a u n a medida de gobierne, justificada por l a penuria de recursos con que hacer frente a tres guerras. Rodrigo se incautó del tesoro ejercitando el legal, derecho de requisa en tiempo de guerra, sin duda con propósito de devolverlo u n a vez normalizadas las circunstancias. Son, pues, injustas tedas las acusaciones contra este soberano; el pueblo busca siempre una persona sobre la que descargar, sus propias responsabilidades. N o tuvo ninguna Rodrigo, en la invasión sarracena; no fué usurpador, n i sacrilego, n i libidinorp. F i e l cumplidor de todos sus deberes, hasta el de dar su vida por la Patria, tiene derecho a que se le califique de buen M o n a r c a Tenía la razón Alfonso V I contra el C i d en aquella conversación que relatan los- conocidos versos de nuestro R o m a n c e r o El Rey Alfonso, y e! C i d- D e s p u é s d a Misa, Trataron d e ¡a c o n q u i s t a- -u n a Fi. esta tierras conden? De las mal perdidas Por. pecados do Rodrigo E- I Cid. Quo el Roy dis- A d ú n d e s e en el musido por me- dio de la Edición Semana! Aérea de ABC culpa y Alfredo K I N D E L A W
 // Cambio Nodo4-Sevilla