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DIARIO I L tí S TR A DO D E 11 VF 0 RM A C I 0 N G E N- E R A L REDACCIÓN AD MIN iSTRÁCio N PRADO ABC DE S A N S E B A S T I A N DIARIO ILUS TRAPO DE INFORMACIÓN GE N E RA VELAZQUEZ, 12. L SUSCRIPCIONES Y ANUNCIOS: SEVILLA L subjetivismo del c o n o c í mitntoi lo ha desarrollado Kant, con rigor matemático, sin por eso negar la realidad exterior en sí. Pero la ética kantiana, con su terrible imperativo categórico Crítica de la razón práctica es por entero subjetiva. E l egotismo alemán deriva de Kant, El imperativo categórico arraiga en la subjetividad. En un hombre poco respetable, el imperativo categórico puede recomendar cosas muy poco recomendables (Santayana) El vulgo intelectual, como el pueblo bajo madrileño, suele prendarse de vocablos un tanto; peregrinos y misteriosos, pero que les suenan bien, como las cosas huecas. Cuando entran en posesión de- uno de estos vocabfcs, son terribles. Por eso he calificado de terrible el imperativo categórico. Las veces que se habrá empleado, con gesto satisfecho, enfático y sibilino... Pero hay muchísimas más personas (que es para las que ahora escribo) a quienes eso del imperativo categórico les sonará como el que oye campanas y no sabe dónde. En estilo llano, el írxir perativo categórico guarda curto parentesco con lo que las gentes sencillas y honestas llaman la voz de la conciencia. Sólo que la voz de la conciencia se deja oír, al modo de censor, únicamente después de haber cometido una infracción de la ley moral, permanente y superior a nuestros juicios éticos; en tanto el imperativo categórico es la ley moral misma, que reside automáticamente étv nuestra conciencia y nos dicta las normas de condurta. Desde la memorable entrevista de Moisés con Jehová, en el Sinaí, instrumentada con la publicidad tonítronante de rayos y centellas, se venía entendiendo, donde y ruando quiera, que la ley moral nos ha sido revelada y dictada por la divinidad: que es anterior y superior a nosotros mismos; en una palabra, eterna. Una toral sin religión seria, según el modismo, un pastel de liebre sin liebre, el café- sin cafeína y el tabaco desnicotizado. Precisáment- para acertar en todo caso a conducirnos necesitamos un apoyo o guia ajeno a nosotros mismos, de la propia manera elemental que para emprender un viaje consultamos una guía de ferrocarriles. Los tratados de moral acostumbran titularse guias espirituales. Imaginar que uno lleva dentro de sí la aptitud infalible de orientación, como la paloma mensajera, parece un tanto ilusorio. En esta ilusión cayó Kant. Dice: los dos espectáculos nis sublimes son la contemplación de la noche estrellada y la contemplación de la ley moral dentro de nuestra alma. O sea: que la ley imoral, bajo la bóveda de nuestro cráneo, y el traje dé luces de la noche, bajo la bóveda del firmamento, son dos espec- Y TODAVÍA EL IMPERATIVO CATEGÓRICO tinge Ksct en sut últimos anos. táculos de naturaleza similar. Y así como na podemos conocer la realidad del cielo estrellado verbi grátia la ley de la gravitación no es un acto de conocimiento, sino meramente una forma, o fórmula, de explicarnos la astronomía) asimismo tampoco podemos conocer la ley moral en si, sino su forma de representación subjetiva en nuestra conciencia. Ahora bien, así como las formas del conocimiento son intelectivas, lss de la conciencia son normativas e inducen a obrar en un sentido determinado (Kant) SÍ ello es así, no sorprende que todos los practicantes de una religión positiva adivinan en la ética kantiana al enemigo malo, la rebeldía luciferina. Y aun los no practicantes. Burrienne, él secretario infiel (como tantos secretarios, que más que guardar secretos los avantan y desfigurar! de Napoleón cuenta una anécdota que vibra con timbre de autenticidad. Una noche, en Egipto, la Comisión de sabios que el Emperador habia llevado consigo entabló un debate sobre la existencia de Dios y concluyeron pronunciándose unánimemente por la negativa. Napoleón elevó los ojos hacia las estrellas y glosó: No cabe más ingenio, señores; pera todo eso quién lo hizo? Los más doctos, a veces, se producen por lo cómico. Más cómico todavía fué lo ocurrido hace años n el Ateneo de Madrid, que se sometió a votación por mayoría la existencia de Dios. También en aquella docta Casa se acordó, casi por unanimidad, que la forma poética estaba llamada a desaparecer Creo que Santavana está en lo cierto el indicar que el Imperativo categórico de una persona poce respetable puede recomendar cosas muy poco recomendables. -Por ejemplo; Kant da una regla: Obra de manera que tu acción pueda erigirse en regla universal Ensayemos aplicarla: un individuo puede estar persuadido subjetivamente de que él y su pueblo, o raza, son superiores al resto del ¡mundo y de que la prueba práctica de esa superioridad es la fuerza expansiva. Est: individuo no tendrá inconveniente en erigir en norma universal esa prueba práctica por la fuerza, de la cual él piensa que saldrá triunfante. Viviríamos en guerra permanente. Y sin embargo, Kant, que ha sido uno de los hombres más piadosos, morigerados y mansuetos, escribió un tratado sobre la paz perpetua. La regla kantiana es funesta, si no se la corrige con el precepto evangélico: No quieras para otro lo que no quieras para ti. Santayana añade: E l imperativo categórico puede emigrar fácilmente de la esfera moral, De hecho ha emigrado hace largo tiempo. Fué un ave de paso. Fuera de Alemania no ha pasada de ser un tema académico, i cual, en la vida cotidiana, apenas si ha osado hacer uso algún alumno, dócil y bisoño, de Filosofía y Letras, Como aquel personaje de Clarín Aquilea Zurita, que va a la cita amorosa de una Circe jamona; llega a la puerta, está a punto de oprimir el timbre con tembloroso índice, vacila un punto, se interroga, ¿Quién me lo impide? y se responde campanudamente a si mismo: ¡El imperativo categórico! y vuelve grupas, Pero, en rigor, quien se lo impedía no ra el imperativo categórico, sino el decálogo, que había mamado con la leche materna. Kamón PÉREZ DE AYALA Anunciase en todo il mondo por me dlo do ta Edlclén Semanal Aérea da ABO asm
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