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boca esos suspiros que anuncian el vago despertar del deseo. Los judíos más poderosos de la ciudad, prendados de su maravillosa hermosura, la habían solicitado para esposa; pero la hebrea, insensible a los homenajes de sus adoradores y a Sos consejos de su padre, que la instaba para que eligiese un compañero antes de quedar sola en el mundo, se mantenía encerrada en un profundo silencio, sin dar más razón de su extraña conducta que el capricho de permanecer libre. A l fin, un día, cansado de sufrir los desdenes de Sara. 7 sospechando que su eterna tristeza era indicio cierto de que su corazón abrigaba algún secreto importante, uno de sus adoradores se acercó a Daniel y le dijo: ¿Sabes, Daniel, ¡que entre nuestros hermanos se murmura de tu hija? íEl judío levantó un instante los ojos de su yunque, suspendió su continuo martilleo y, sin mostrar la menor emoción, preguntó a su interpelante: ¿Y qué dicen de ella? -Oteen- -prosiguió, s u interlocutor- dicen... qué sé yo... muchas cosas... E n tre otras, que tu hija está enamorada de un cristiano... A l llegar a este punto, el desdeñado amante de Sara se detuvo para ver el efecto que sus palabras hadan en Daniel. Daniel levantó de nuevo sus ojos, le miró un rato fijamente, sin decir palabra, y hadando otra vez la vista para seguir su interrumpida tarea, exclamo: ¿Y quién dice que eso no sea u n calumnia? -Quien los h a visto conversar más de una vez en esta misma calle, mientras tú asistes al oculto sanedrín de nuestros r a ninos- -insistió el joven hebreo, admirado de que sus sospechas, primero, y después sus afirmaciones no hiciesen mella en el ánimo de Daniel. Este, sin abandonar su ocupación, fija la mirada en el yunque, sobre el que, después de dejar a u n lado el martfllo, se ocupaba en bruñir el broche de metal de una guarnición con una pequeña lima, comenzó a hablar en vas baja y entrecortada, como si maquinalmente fuesen r e pitiendo sus labios las ideas que rumban por su mente: -IJe! jeí, ¡je! -decía, riéndose de una manera extraña y diabólica- ¿Conque a mi Sara, al orgullo de la tribu, a l báculo en que se apoya mi vejez, piensa ¡arrebatármela un perro cristiano? ¿Y vosotros creéis que lo hará? ¡Je! ¡je! -continuaba, siempre hablando- para s ¡t y siempre riéndose, mientras lá lima c h i rriaba cada vez con mas fuerza, mordiendo el metal con sus dientes de acero- ¡Je! ¡je! ¡Pobre DanielI, dirán los míos; ¡ya chochea! ¿Para qué quiere ese viejo moribundo y decrépito esa hija tan hermosa y tan joven si no sabe guardarla de los codiciosos ojos de nuestros enemigos? ¡Je! ¡je! ¡Je! ¿Crees tú, por ventura, que Daniel duerme? ¿Crees tú, por ventura, que si mi hija tiene un amante... que bien puede ser, y ese amante es cristiano y procura seducirla y la seduce, que todo es posible, y proyecta huir con ella, que también es fácil, y huye mañana, por ejemplo, lo cual cabe dentro de lo humano; crees tú que Daniel se dejará así arrebatar su tesoro? ¿crees tú que no sabrá vengarse? -Pero- -exclamó, interrumpiéndole, el Joven- ¿sabéis acaso... -Ser- -dijo Daniel, levantándose y dándole un golpecito en la espalda- sé más que tú, que nada sabes ni nada sabrías si too hubiese llegado la hora de decirlo todo... Adiós; avisa a nuestros hermanos para que cuanto antes se reúnan. Esta noche, dentro de una o dos horas, yo estaré con ellos. ¡Adiós! Y esto diciendo, Daniel empujó suavemente a su interlocutor hacia l a calle, recogió sus trebejos muy despacio y comenzó a cerrar con dobles cerrojos y aldabas la puerta de la tiendecilla. ¡El ruido que produjo la puerta al encajarse, rechinando sobre sus premiosos goznes, impidió al que se alejaba oír el rumor de las celosías del ajimez, que en aquel punto cayeron de golpe, como si la judia acabara de retirarse de su alféizar. iEra noche de Viernes 3 ai to; los habitantes de Toledo, después de haber asis- tido a las tinieblas en su magnifica Catedral, acababan de entregarse al sueño, o referían al amor de la lumbre consejas parecidas a la del Cristo de la Luz que, robado por nos Judíos, dejó un rastro de sangre por el cual se descubrió el crimen; o la historia del Santo Niño de la Guarda en quien los implacables enemigos de nuestra fe renovaron la cruel pasión de Jesús. Beinefea en la ciudad un silencio profundo, interrumpido a intervalos, ya por las lejanas ivoces de los guardias nocturnos qué en aquella época velaban en derredor del Alcázar, ya por los gemidos del viento, que hacia girar las veletas de las torres, o zumbaba entre las torcidas revueltas de las calles, cuando el dueño de un barquiohuelo que se mecía amarrado a un poste cerca de los molinos, que parecen como incrustados al pie de las rocas que baña el Tajo y sobre las que se asienta la ciudad, vio aproximarse a la orilla, bajando trabajosamente por uno de los estrechos senderos que desde lo alto de los muros conducen al río, a una persona a quien, al parecer, aguardaba con impaciencia. ¡Ella es! -murmuró entre dientes el barquero- ¡No parece sino que esta noche anda revuelta toda esa endiablada raza de judíos! ¿Dónde diantres ee tendrán dada cita con Satanás, que todos acuden a mi barca, teniendo tan cerca el puente? S no irán a nada bueno, cuando así evitan toparse dé manos a boca con los hombres de aranas de San Servando... Pero, en fin, ello es que me dan buenos dineros a ganar, y a su ataña su palma, que yo en nada entro ni salero. (Esto diciendo el buen hombre, sentándose en su barca aparejó los remos, y cuando Sara, que no era otra la persona a quien al parecer había aguardado hasta entonces, hubo saltado al barquichuelo. soltó la amarra que lo sujetaba y comenzó a bogar ene dirección a la orilla opuesta. ¿Cuantos han pasado esta noche? -preguntó Sara al barquero- apenas se habieron alejado de los molinos, y como refiriéndose a algo que ya habían tratado anteriormente. (Ni los he podido contar- -respondió el interpelado- ¡un enjambre! Parece míe esta noche será la última que se reúnen. ¿Y sabes de qué tratan y con qué objeto abandonan la ciudad a estas horas? -L o ignoro... pero ello es que aguardan a alguien que debe llegar esta noche... Y o no sé para qué le aguardarán, aunque presumo que para nada toueno. ¡Después de este breve diálogo, Sara se mantuvo algunos instantes sumida en u n profundo silencio y como tratando de coordinar sus ideas. -N o hay duda -pensaba entre s i- m i padre ha sorprendido nuestro amor y prepara alguna venganza horrible. Es preciso que yo sepa adonde van, qué h a cen, qué intentan. Tin momento de vacilación podría perderle. Cuando Sara se puso u n instante de pie y, como para alejar las horribles d u das que la preocupaban, se pasó la mano por la frente, que la angustia había c u bierto de uñ sudor glacial, la barca tocaba a la orilla opuesta. -B u e n hombre- -exclamó la hermosa hebrea, arrojando algunas mohedas a su conductor y señalando un camino estrecho y tortuoso que subía serpenteando por entre las rocas- ¿es ése el camino que siguen? -Ese es, y cuando llegan a la Cabeza del ¡Moro desaparecen por la izquierda. Después, el diablo y ellos safarán adonde se dirigen- -respondió el barquero. Sara se alejó en la dirección que éste le había indicado. Durante algunos m i rutos se la vló aparecer y desaparecer alternativamente entre aquel oscuro laberinto de rocas cortadas a picó; después, y cuando hubo llegado a la cima llamada la Cabeza del Moro su negra silueta sé dibujó un instante sobre el fondo azul del cielo, y, por último, desapareció entre las sombras, de la noche m Siguiendo el camino donde hoy se e n cuentra la pintoresca ermita de la Virgen
 // Cambio Nodo4-Sevilla