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del Valle, y como a dos tiros de ballesta del picacho que el vulgo conoce en Toledo por la Cabeza del Moro existían aún en aquella época los ruinosos restos de una iglesia bizantina, anterior a la conquista, de los árabes. O0 n e) atrio, que dibujaban algunos pedruscos diseminados por el suelo, crecían zarzales y (hierbas parásitas, entre los que yacían medio ocultos, ya el destrozado capitel de una columna, ya un sillar groseramente esculpido con hojas entrelazadas, endriagos horribles o grotescos, e i n formes figuras humanas. Del templo sólo quedaban en pie los muros laterales y a l gunos arcos rotos y cubiertos de yedra. Sara, a quien parecía guiar un sobrenatural presentimiento, al llegar al punto que le había señalado su conductor, vaciló algunos instantes, indecisa acerca del camino que debía seguir; pero, por último, se dirigió con paso firme y resuelto hacia las abandonadas ruinas de la iglesia. En efecto, su instinto no la había engañado, Daniel, que ya no se sonreía; Daniel, que no era ya el viejo débil y ¡humilde, sino que, antes bien, despidiendo cólera de sus pequeños y redondos ojos, parecía animado del espíritu de la venganza, rodeado de una multitud ávida, como él, de saciar su sed de odio en uno de los enemigos de su religión, estaba aüi, y parecía multiplicarse dando órdenes a los unos, animando en el trabajo a los otros, disponiendo, en fin, con una horrible solicitud los aprestos necesarios para la consumación de la espantosa obra que había estado meditando días y días mientras golpeaba impasible el yunque de su covacha de Toledo. ¡Sara, que a favor de la oscuridad había logrado llegar hasta el atrio de la iglesia, tuvo que hacer un esfuerzo supremo para no arrojar un grito de horror al penetrar en su interior con la mirada. A l rojizo resplandor de una fogata, que proyectaba la forma de aquel círculo infernal en los muros del templo, había creído ver que algunos hacian esfuerzos por levantar en alto una pesada cruz, mientras otros tejían una corona con las ramas de los zarzales, o aplastaban sobre Una pie- dra. las puntas da enormes clavos. de hierro. Una idea espantosa cruzó por su mente: recordó que a los de su raza les habían acusado más de una vez. de misteriosos crímenes; recordó vagamente la aterradora historia del Niño Crucificado que ella hasta entonces había creído una grosera calumnia inventada por el vuigo para apostrofar y zaherir a los hebreos. EPero ya no le cabía duda alguna: allí, delante de sus ojos, estaban aquellos horribles, instrumentos de martirio, y los fe roces verdugos sólo aguardaban la victima. Sara, llena de una santa indignación, rebosando en generosa ira y animada de esa fe inquebrantable en el verdadero Dios, que su amante le había revelado, no pudo contenerse a la vista de aquél espectáculo, y, rompiendo por entre la maleza que la ocultaba, presentóse de i m proviso en el dintel del templo. A l verla aparecer, los judíos arrojaron un grito de sorpresa, y Daniel, dando un paso hacia su hija en ademán amenazante, le preguntó con voz ronca: ¿Qué haces aquí, desdichada? -Vengo a arrojar sobre vuestras frentes- -dijo Sara con voz firme y resuelta- -todo el baldón de vuestra infame obra, y vengo a deciros que en vano esperáis l a víctima para el sacrificio, si ya no es que intentáis cebar en ¡mí vuestra sed de sangre; porque el cristiano a quien aguar- í i? kt S i J i 1 w dais no vendrá, porque yo le he prevenido de vuestras asechanzas. -ijSara! -exclamó el judío, rugiendo de cólera- Sara, eso no es verdad; tú no puedes habernos hecho traición hasta el punto de revelar nuestros ¡misteriosos r i tos; y si es verdad que lo has revelado, t ú no eres mi ¡hija... -No, ya no lo soy; he encontrado otro Padre, un Padre todo amor para los suyos, un Padre a quien vosotros enclavasteis en una afrentosa cruz, y que murió en ella por redimirnos, abriéndonos para una eternidad las puertas del cielo. No; ya no soy vuestra hija, porque soy cristiana y ime avergüenzo de m i origen. A l oír estas palabras, pronunciadas con esa enérgica entereza que sólo pone el cielo en boca de los mártires, aniel, ciego de ¡furor, se arrojó sc re la hermosa hebrea, y derribándola en tierra y asiéndola por los cabellos, la arrastró como poseído de un espíritu infernal hasta el pie de la cruz, que parecía abrir sus descarnados (brazos para recibirla, exclamando al dirigirse a los que le rodeaban: (Ahí os la entrego; haced vosotros Justicia de esa infame, que ha vendido su honra, su religión y a sus hermanos. i comenzó a saludar a los que pasaban, sin dejar por eso de golpear en el yunque con su martillo de hierro; pero las celosías del morísimo ajimez de Sara no volvieron a afta- irse, n i nadie vio más a l a hermosa hebrea recostada en su alféizar de azulejos de colores... Cuentan que algunos años después, u n pastor trajo al arzobispo una fk r hasta entonces nunca vista, en la cual se veían figurados todos los atributos del martirio del Salvador; flor extraña y misteriosa que había crecido y enredado sus tallos por entre los ruinosos muros de la derruida iglesia. Cavando en aquel lugar y tratando de inquirir el origen de aquella maravilla, añaden que se halló el esqueleto de una mujer, y enterrados con él otros tantos atributos divinos como la flor tenía. BSL cadáver, aunque nunca se pudo averiguar de quién era, se conservó por largos años con veneración especial en la ermita de San Pedro el Verde, y la flor, que hoy se ha hecho bastante común, se llama Rosa de Pasión Ilustraciones de Esplandiú. O. -A B OV IAI día siguiente, cuando las campanas de la Catedral atronaban los aires tocando a gloria, y los honrados vecinos de Tofcdn se entretenían en tirar bahestazos a tos judas de paja, n i mas n i menos que no todavía lo hacen en algunas oe nuestras poblaciones, Daniel abrió la puerta cíe su tenducho, como tenía de costumbre, y con su eterna sonrisa en los l bíos r
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