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Vista desde el monumento a San Gerardo. Por ANTONIO J. ONIEVA N O ya las agencias de viajes, que con el socorro de las ilustraciones a todo color (pueden decir lo que quieran, sino los viajeros- dé Europa están de acuerdo en que las dos ciudades más bellas son Praga, y Budapest. L a primera se ha salvado de las torturas de la destrucción; no así l a segunda, que, para desgracia del mundo, está siendo victima de la ruina y el incendio. Bien persuadida estaba la capital de Hungría de su propía ibelleza. Para llegar a ella no aconsejábala utilización de las grandes Mineas sino la vía del Danubio, cuyo horario de vapores estaia concertado para llegar a la ciudad de noche, cuando las Iluminaciones la convertían en una maravilla de sombras blancas ¡Danubio, río divino! como cantó nuestro poeta de las églogas. Embarcando no lejos de Viena, es ancho, hermoso, con leves hondas rizadas que van a morir, sin ruido, en las numerosas playas de las orillas. Cuando encuentra grandes llanadas bajas, y las encuentra- con frecuencia, se extiende a placer, convirtiéndose en un gran lago de istias frondosas, donde se refugian los ¡patos silvestres. L a verdura de los arbustos rompe el cerco de las orillas; desaparece el color pardo de la tierra y todo es entonces agua azul y verdes umbrías, como acontece en los estanques bordeados de sauces. Otras veces se siente apretujado por las montañas: en tal caso se amansa del todo para reflejar los soberbios castillos roqueros que luchan a brazo partido con el tiempo para no desmoronarse. íSe pasa por Bratislava y por Esztergorm, con su templo cápltolino, residen cia del cardenal primado de Hungría. Cuando sé llega a Budapest, es él río una laca negra acuchillada por reflejos de oro y grandes batientes luminosos que dibu jan, invertida, la silueta de la ciudad: en el llano Pest, con sus palacios; en la montaña Buda. con su monumento a San Gellert (San Gerardo) y entre uno y otra, los espléndidos puentes, que son ornamento del Danubio. Pest es la ciudad moderna, la del comercio, el Parlamento, las anchas vías lujosas; Buda se engalana con antiguos palacios, estatuas de reyes y príncipes, casitas de ibaños que recuerdan las Invasiones turcas y el Bastión de los pescadores que en su forma más p r i mitiva contempló l a decapitación de San Gerardo y la caída de l a cabeza, rebotando sobre las rocas, hasta hundirse en las aguas del rio. ¡La, historia de Hungría en estos últimos cuarenta años ha sido la de sus sustos. Cada página era uno. Se acostaban los húngaros sin presumir qué seria de ellos al levantarse, si bien coincidían en un solo deseo: el de segregarse de Austria; pero gente noble, mientras vivid anexionada al Imperio, levantó a Servicio de Francisco José un grandioso palacio, que costó nada menos que treinta millones de (Continúa. MajM de flore donde están representados los territorios arrebatados a Hungría.
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