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LOS CENTENARIOS EN TA MUERTE DE QUINTANA; 11 DE MARZO DE 1857 VERSOS DE CAROLINA CORONADO Y PALABRAS DE EMILIO CASTELAR cual le administró el teniente mayor de fe parroquia, don Francisco Javier Astor, que fué a pie y no en ei coche de Palacio que la Reina le había enviado. Don Manuel José quiso que todo transcurriera de modo sencillo, y por eso el sacerdote marchó a pie desde la iglesia a la casa. En sus últimos días, en los cuales conservó toda lucidez, el poeta conversaba a las tardes con su cuñada, doña ¡Leonor Brodet, viuda de su hermano José; con la poetisa Carolina Coronado, con la marquesa de Cerralbo y otras ilustres damas. Por la mañana exhaló su último suspiro el poeta, que al rato fué amortajado con el frac que lució el día de la coronación en el Senado, ese frac del que se cuenta que se marchó a la tumba sin pagar. A las tres de la tarde, salió el entierro de Pontejos, 1, camino de la Patriarcal. No acudió ningún ministro, cosa que a los periódicos de la época les pareció mal, y sí mucha ente del teatro, la Prensa y de las Reales Corporaciones a que pertenecía el finado, que eran la Española y la de Bellas Artes, amén de aristócratas, políticos y buena gente del pueblo de Madrid, que tenía gran admiración por el poeta. Largo viaje a la Patriarcal. Quedaron fuera los coches en espera de sus dueños para reintegrarlos a Madrid, y llegó el cortejo precedido por el sacerdote ante la tumba. Antee de bajar el féretro se adelantó hacia él, envuelta en velos nsgros, tía poetisa Carolina Coronado, para con voz suave y rota de emoción recitar un poema: duelo en el oorazto. llanto en los ojos. terminaba aquél. Pero hubo más versos todavía: los versos de Navarro Rodrigo, leídos por Manuel Fernández y González; la Oda a la Imprenta de Quintana, leída por el periodista Calvo Asensio; por último, la brillante palabra de don Emilio. Castellar, en medio de un natural y sepulcral silencio: El cantor de la impren ta, del mar, de América, de la Independencia, de la libertad, de todo cuanto hay de bello, en la creación. Luego, las gentes ilustres y humildes que habían acudido al fúnebre acto dieron el pésame a sus sobrinos para regresar a Madrid. Unos al Senado, otros al Congreso, otros al café, algunos a trabajar, y los que quedaban a ver TE 1 Trovador que echaban y con singular éxito, en el teatro del Príncipe. Juan 6 AMPELAYO El poeta Quintana E N la primera plana, primera columna de La Discusión periódico diario de gran circulación en esta villa, y al cuál puede uno suscribirse en la carrera de San Jerónimo, viene el 11 de mano de 1857, miércoles, por más señas, la esquela de don Manuel José Quintana, el poeta que Isabel tí, Reina de España, ha coronado hace un par de años con la máxima pompa y esplendor. Fué en el Senado y un 23 de marzo, a las dos de. la tarde, con el todo Madrid en las tribunas. Día de lluvia y versos y palabras reales de Isabel, quien, al Imponer la corona al poeta, dijo C a r o l i n a C o r o n a d o cómo se asociaba al homenaje como Reina y como dis- y D i m 11 o C a u t e cfpula lar, ¡n t i m o s íin. iiyos Pero ahora quedan un poco lejos estos recuerdos, la üc. í poeta. noticia de que para tal ceremonia el poeta se hizo un frac, del que cuenta su biógrafos que dejó sin pagar por falta de numerarlo. Quedan lejos las horas glorio- sas, y hemos de volver al recuerdo de la triste fecha en que deja este mundo y de la cuál se cumplen ahora los cien años cabales. A poco de su coronación, Manuel José Quintana empezó a perder Oa poca salud qué ya tenía para entonces; cada día que para, va a peor, y el 1 dé íebrero agravóse de tal forma, que el doctor que le asistía dijo que ya era popo lo que quedaba por hacer. Fué el misino Quintana, sin que nadie se lo dijera, quién pidió confesión, a la vea que solicitaba de su hermana política, con. la que vivía en la calle de Pontejos, il, que avisase a la parroquia que le trajeran el Santo Viático, el
 // Cambio Nodo4-Sevilla