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Ediciones Desuno, S. L. -BARCELONA (Continuación. OTTO SKORZENY cisamente al envío de refuerzos, no podían ser. dadas mas que por el jefe del Estado Mayor, es decir, von Stauffenberg, que, acababa de ser fusilado. Yo me declaré dispuesto a asumir, al menos de un modo provisional, aquélla responsabilidad. Tuve una. agradable sorpresa: Xas órdenes de alerta dadas por los conjurados, ya habían sido anuladas. tAnte el despacho del general Olbricht encontré a dos agentes de la Gestapo. Habían sido enviados, horas antes, por el Me de la Policía secreta del Estado para detener al conde de Stauffenberg. Antes de poder ejecutar la orden habían sido encerrados en una habitación por los oficiales de Stauffenberg, que acababan de volver del Gran Cuartel General del Führer. Cada vez comprendía menos lo que ocurría: o la Gestapo, de ordinario tan bien informada, había sido sorprendida por el complot, o había considerado el conjunto de sucesos como Cosa sin importancia. De otro modo, el envío de sólo dos hombres para detener al jefe de una conspiración militar era verdaderamente inexplicable. Por fln tuve tiempo dé entregarme a ciertas pesquisas en el despacho del conde Stauffenberg. Todos los cajones estaban abiertos, como si alguien acabase de registrarlos precipitadamente. Encima de la mesa de trabajo encontré la carpeta del plan Walkyria es decir, el desarrollo del dispositivo del alerta. Comprendí que Stauffenberg había disimulado sus verdaderas intenciones- -ía rápida ocupación de los centros nerviosos de Berlín y de los órganos de mando del Ejército- -bajo el títiilo: Contramedidas para el caso de ataque aliado por tropas aerotransportadas. Hice en un cajón un descubrimiento que me produjo un verdadero estremecimiento. Era un juego en que los peones se desplazaban según el número de puntos que sacaba a los dados cada jugador. Sobre un gran mapa da Europa oriental, un largo trazo representaba, en virtud de las explicaciones que figuraban al margen, el trayecto recorrido por un Cuerpo de ejército de los da la agrupación del Sur durante la campaña de Rusia, el mismo Cuerpo del cual había sido Stauffenberg jefe de Estado Mayor. Si puede parecer frivolo el utilizar para un juego tan pueril los sufrimientos y luchas de millares de hombres, los comentarios que ilustraban la explicación demostraban un cinismo tan grande que me pregunté cómo pudo haber servido a su patria en tiempo de guerra un oficial superior dotado de semejante mentalidad. Horas después, todos los engranajes del complejo mecanismo que constituía el Ministerio funcionaron de nuevo. Más de una vez, sin embargo, creí volverme loco ante las graves decisiones que me vi obligado a tomar en ausencia de los tres jefes más importantes de aquel organismo administrativo: los generales Fromm y Olbricht y el coronel von Stauffenberg. Pedía sin cesar comunicación con el Gran Cuartel General del Führer. Por fin la obtuve y al instante solicité el inmediato nombramiento de un general seguro para el cargo de jefe de Estado Mayor del Ejército del Interior. Yo aspiraba a ser relevado lo antes posible, pero, claro está, me contestaron de un modo bastante vago que esperase y que siguiese desempeñando mis funciones hasta que el hubiera nombrado a una personalidad calificada. Cada dos o tres horas volvía yo a la carga, para recibir siempre la misma, respuesta evasiva. Por fin, al cabo de treinta y seis horas, en la mañana del 22 de julio, llegó al Ministerio Himtnler en persona, acompañado del general de las Waffen S. S. Jüttner. Nos comunicó, con gran sorpresa por nuestra parte, que había sido nombrado comandante en jefe del Ejército del Interior. Cierto que era Himmler uno de los lugartenientes más leales al Führer, pero, en cambio, no era un soldado. ¿Cómo podría cumplir los deberes de su nuevo cargo, ocupando como ocupaba aún tantos otros puestos de primer rango? En seguida noté que el general Jüttner, nombrado segundo jefe, sólo a medias se alegraba de una designación que le convertía prácticamente en el jefe permanente del Ejército del Interior. Pero apenas me quedó tiempo para dedicarme a mis reflexiones. Himmler reunió a los oficiales del Ministerio e improvisó ante ellos una corta arenga, en la que principalmente afirmó que la intentona provenía de un grupo muy pequeño que actuaba aisladamente. Recorriendo con la mirada a la silenciosa concurrencia, advertí en, todos la misma reacción: franca aprobación y también visible alivio al ver que la tempestad había pasado tan pronto. La mayoría de aquellos hombres, educados en las rígidas tradiciones del militar alemán de carrera, probablemente prefería no volver a pensar en la tentativa de rebelión, criminal empresa que había abortado por sí misma. Llegó la hora de pensar en tomarme algún raposo. Llegado a Friedenthal, me desplomé sobré la cama. Diez horas nías tarde desperté, fresco y dispuesto a hacer el balance de lo sucedido. Por primera vez se me revelaron las corrientes contradictorias y las tensiones que existían en la Wehrmacht y, de seguro, en todo el pue blo alemán, cosa que hasta entonces no había sospechado siquiera. Para mí. la sorpresa resultaba penoso, por no decir dolorosa: el único consuelo era haber visto la rapidez con que se desbarataba la trama de la sedición, en parto a causa de su debilidad básica; en parte por la acción fulminante de otras fuerzas del ejérlco. En lo que a mí respecta, me sentía principalmente dichoso de que, como oficial de la Cuarta Arma- -las Waffen S. S, no había tenido que intervenir directamente. Séante permitido abrir aquí un breve paréntesis: al hablar hoy día, tres o cuatro años después de aquellos sucesos, del aplastatniéntó de la sedición del 20 de julio de 1944 se corre el riesgo de deformar los acontecimientos. Todos los que tomaron parte directa en aquel drama reconocerán que, a partir del fracaso del atentado, los conspiradores; a excepción del conde de Stauffenberg, abandonaron la partida, por así decirlo. G más exactamente, desde aquel momento no tuvieron energías para actuar, de modo que la intervención de un puñado de oficiales leales bastó para echar abajo todo aquel hermoso castillo de naipes. Sin duoa 1 a desaparición de Adolfo Hitler representaba, a juicio de los conspiradores, el factor decisivo; desde el momento en que el ünhrer había escapado milagrosamente a la muerte, debieron de pensar que su proyecto ya no era realizable. Toda lá vida me acordaré del verdadero furor que se apoderó de mí al despertar por la mañana del 23 de julio; una rabiosa cólera contra los hombres que, según creía, habían querido Apuñalar por la espalda al pueblo alemán, y precisamente en el momento en que ese pueblo, ya duramente probado, luchaba por su existencia. ¡Después, a medida que se aclaraban mis ideas, recordaba ciertas conversaciones con oficiales pertenecientes a diversos servicios del Ministerio de la Guerra. Más de una vez habían proclamado mis interlocutores, con loable franqueza, su hostilidad contra Hitler y el nacionalsocialismo. Pero aquellos adversarios del régimen eran, sin excepción, patriotas que, en una situación tan grave como la nuestra, sólo pensaban en la salvación de Alemania. Entonces estaba yo persuadido- -y no he cambiado de opinión hasta ahora- -de que, entre los autores del complot, había también cierto número de buenos alemanes. Por desdicha; aquellos hombres no estaban de acuerdo más que en una cuestión: la necesidad de apartar a Hitler, de grado o por fuerza, de la dirección del Estado. En cambio, sus opiniones sobre la política a seguir después de asumir el Poder, diferían de modo muy sensible, sobre todo en lo que se refería a los medios de obtener inmediatamente un armisticio, dada la desesperada situación militar. Una fracción, cuya cabeza visible pra el conde de Stauffenberg, creía poder negociar una paz por aparado con ¡Rusia; otra fracción preconizaba una inteligencia con las potencias occidentales. A juzgar por tina información difundida el 25 de julio de 1944 por la radío inglesa, ni unos ni otros habían emprendido sondeos preparatorios en tal sentido, ya que la B. B. C. declaró que tampoco un nuevo Gobierno alemán (los ingleses parecían convencidos de la muerte de Hitler) obtendría el cese inmediato de las hostilidades de otra formaque solicitando el armisticio simultáneamente de los anglosajones y los rusos, y sólo después de haber aceptado el principio de la rendición incondicional Habría- t que preguntarse hoy cómo saldrían del atolladero los conjurados, si se hubiesen adueñado del Poder. En resumen, la revuelta abortada el 20 de julio de 1944 no obtuvo más que dos resultados. Primero: el atentado había hecho de Adolfo Hitler, jefe absoluto de Alemania y comandante supremo de la Wehrmacht, una ruina física y moral. Cierto que sus heridas apenas ofrecían peligro, pero un hombre abrumado por una responsabilidad tan aplastante, soporta peor cualquier malestar, por ligero que sea, que un individuo corriente. Moralmente, jamás llegó a reponerse del golpe (más doloroso que las llagas abiertas en su Carne) que le producía la revelación siguiente: que había, en el mismo seno del Ejército, oficiales- -e incluso grupos- -capaces de traicionar a su caudillo y a su causa. Su desconfianza, hasta entonces más instintiva que razonada, sé acentuó en adelante hasta convertirse en una verdadera obsesión. (Continuará.
 // Cambio Nodo4-Sevilla