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LA SOMBRA DE PATRICIO LUMUMBA RETORIA (De nuestro corresponsal) Es de que la felicidad es patrimonio de los pueblos sin Historia es pura ganga literaria. E l patrimonio de esos pueblos es la leyenda, esa amante bella e irresponsable que engaña a las formas históricas aún no experimentadas y atractivas. E n el prólogo de cada Historia alientan los Mitos. Y eso es lo que pasa en el Congo. Desde que Lumumba comenzó su fulgurante carrera, se estaba forjando una especie de héroe mítico al que millones de negros m i raban como un símbolo. E r a el gran l u chador que desde su modesta condición de empleado de Correo se alzó frente a los opresores de su pueblo y llegó al Poder de un pais enorme y ya independiente, contra colonizadores y disgregadores. Así es como ló veía su gente. Y ello constituyó uno de los motores de su triunfo. Porque los separatismos del Congo, desde Katanga hasta el Reino de Abato pasando por la República del Diamante, eran el camino para la vuelta á la t r i bu. Y ello constituía el mejor y último medio de los colonialistas europeos para asegurarse una supremacía cultural, económica y racial. Frente a eso también se alzó Lumumba. E l sabia bien que en u n régimen a base de partidos y Parlamento lo primero que hace falta son partidos. Y en el Congo no los había. En el Congo había tribus disfrazadas de partidos. Por supuesto, sin alcance nacional. Y entonces se le ocurrió la idea dé formar un partido o movimiento unitario y nacional frente a los secesionismos. Bueno, se le ocurrió o hicieron que se le ocurriera pues nada mejor para un tercero en discordia que un rebelde con necesidad de ayuda para otorgarla e interponer asi su futura i n fluencia. Sea como sea, el hecho es que Lumumba dio con la primera nota de la melodía Y héroe o Instrumento, la continuó, sin saber música n i tener demasiado buen oído, hasta el dramático final. U n final que aún no sabemos si consistió en el paseo la ley de fugas, o uno de esos motines en los que mueren los que tienen l a cabeza puesta a precio. L a razón sé pierde al perder la serenidad. Y Lumumba no perdió ésta porque no la tuvo nunca. Era un tipo energuménico y demagógico, con tendencia a las posturas extremas, inteligencia rápida y don para las masas. Yo creo que, al principio, de comunista no tenía más que l a cara. Con su barbita y sus gafas, parecía u n i n telectual trostkista de los años treinta en un cliché ¡sin revelar. Luego la cara fue siendo el espejo del alma. Ello ocurrió en los días de su aparente triunfo. Tenía entonces el Congo la independencia recién estrenada, y los desmanes de todo orden y todo desorden campaban por unos respetos bien poco respetables. Cierto que en el Congo sólo murieron violentamente unas cuantas docenas de blancos. Menoj; que en cualquier revolución, cambio de régimen o algarada de cierto alcance. Pero los europeos lo abandonaban a la carrera, y con lo puesto, en aquél éxodo que no olvido, con sombras desvencijadas que no sabían adonde ir, mujeres violadas y el puente aéreo que arrancaba de Leopoldville, con el aeropuerto aún engalanado por las fiestas de la independencia y lleno ya de fugitivos extenuados. La razón de estos terrores estriba en el hecho de que Lumumba inició una política indigenista por la tremenda, con espíritu de revancha y mala uva nacionalista. Ello dio lugar a los motines y al desorden. Y eso trajo lo demás: arrestos, humillaciones, ultrajes, violaciones, robos, quema de misiones y expuJIsión de misioneros. A P veces, la nota negra de la massacre como una nube amenazando extenderse. Todo ello realizado por una milicianada feroz y analfabeta que deambulaba medio borracha y con armamento de última moda. Detrás de todo ello, Lumumba electrizando a la gente. Decir que esa política se le ocurrió a L u mumba seria mucho decir. E l sabía que una independencia recién nacida, necesita ayuda. Pero esa ayuda se la negaron, y bien claro estaba que, si las ayudas normales no funcionaban, las anormales empezarían a funcionar en seguida. Asi pasó, y el Congo tuvo una nueva división sobre sus ya clasicas divisiones, a base de tribus, reinos, provincias, administraciones, etc. De un lado, los colonialistas, los separatis- Patriolo Lumumba. tas, los tribalistas y colaboracionistas. De otro, el violento Lumumba con su indigenismo a ultranza y su comunismo en cierne, ya que era la única ayuda que veía clara. Fácil era adivinar que a ambas partes llegarían refuerzos y que se desembocaría en una guerra civil, en una guerra fría, en una guerra de verdad o en una Corea. Lumumba fue el instrumento de un lado, y dejándose llevar por los caminos violentos, naturales en él, del indigenismo y la revancha, llegó a encontrarse en el callejón sin salida del fllocomunlsmo. Su cara de estudiante moscovita se convirtió en el espejo del alma. Lo que pasa es que las ideas de Lumum. Da son las más fáciles de entender y seguir cara los negros urbanos que han superado la selva sin tener aún espíritu c i vil. Por tanto, su muerte servirá de bien poco a sus enemigos, porque cualquiera de los suyos dirá las mismas cosas, será reconocido por los mismos países y recibirá iguales ayudas. A menos que los occidentales sean generosos dé corazón y hagan las cosas sin trastienda, antes de que sea demasiado tarde. E n ese caso, el mundo negro podrá llegar a ser el aliado y la consecuencia natural de la Europa que los creó. Es lo que pasó con América. Pero así como la muerte de Lumumba servirá de poco o de nada a los que de ella se alegran, a los lumumbistas les va a servir de mucho. Les han regalado un héroe y un Mito. Y la sombra de ese Mito va a llegar a los más lejanos confine del África enorme e hirviehte. Será el prólogo de su futura Historia. Gane quien gane. Y mientras tanto, su muerte no habrá hecho más que aproximar la chispa al polvorín de la guerra. Ciertos blancos dicen que la muerte no es de sentir porque era un criminal. T a l vez sea verdad. Pero exterminios ha habido siempre en África y esto no impresiona a los negros. También dicen que no es una muerte peligrosa porque los negros no creen en el héroe. Acaso sea cierto también. Pero de lo que no cabe duda es que creen en los espíritus y en mucha cosa mágica. Y a sé han visto carteles que d i cen: Lumumba: tu espíritu te sobrevive y nos acompaña ¿Tú crees que es comunista? -le pregunté a un colega francés. -l Hombre? I todavía, no. Si no lleva más que quince días en el Poder... l Poco después Hegó un barco polaco con armas. Era la prueba. Porque n o se organiza un cargamento asi en irnos días. Luego vinieron los aviones r u s o s con víveres y consejeros. Mientras Kasavubu y Mobutu se preparaban para echarlo, él apareció en la conferencia de Prensa como siempre: violento, nervioso, cansadísimo. Dijo que vivía sin c o m e r n i dormir, sólo sirviendo a su pueblo. Que el mundo vería de lo que e r a n capaces los negros. U n americano me pidió que le tradujese u n a pregunta o b r e Sudáfrica. Y como Lumumba sabía que por allí andaba un corresponsal sudafricano, me t o m ó por 1. Frunció el entrecejo y se quedó m i rándome con fijeza. Luego casi grito: -Afianzaremos n u e s t r a independencia. Y liberaremos a nuestros hermanos de Sudáfrica. Yo le aguanté la mirada unos segundos que se me antojaron larguísimos. Luego le tmm -Advierto a vuestra excelencia que yo no soy africano. Soy un corresponsal español. Lumumba cambió de mirada y sonrió. Y yo quise aprovechar aquella sonrisa que mostraba su lado humano para decirle que yo no era racista. Hasta esperé que pudiéramos tomar café juntos y hacer un reportaje sobre el Lumumba inédito. Pero no hubo ocasión. E l Lumumba inédito no existia ya. Era un mito o una estatua, vivo aún por chiripa. Rodeado de amigos y enemigos, aclamaciones y denuestos. Pero solitario, como las estatuas en los jardines bajo la luna. Y las estatuas pueden tener gloria, fama, tradición, poder y hasta enemigos que las arrastren por las calles. Pueden tener casi todo. Menos amigos con quienes tomar café. José SALAS Y QUIRIOR
 // Cambio Nodo4-Sevilla