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Í ¿DIARIO JT R A P O E itras; DE IN- DIARIO TRAPO ifrus D E i IN F ORMACI G E N Y Kl L CARDENAL ILUMDA 1 N, 9 SUSCRIPCIONES Y FORMACIÓN G ANUNCIOS: E R A E N E R 12. A L REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN; VELAZQUEZ, SEVILLA RÉQUIEM POR RAMÓN U N Q U E esperada y temida, no por ello duele menos la noticia que nos trae la certidumbre de que Ramón, nuestro gran Ramón, ha ¡muerto en la paz del Señor, con la presencia inviolable de España, que él llevó siempre en lo más vivó de su corazón, y lejos de este. Madrid que él quiso con entrañable pasión y supo interpretar y entender como un enamorado sin cansancio, en toda su originalidad y belleza. L a pena y el luto por esta desaparición irremediable- ¡y tan lejos de esta España suya, aunque a España también se la encuentra por esas lejanías! -nos alcanza a todos, porque Ramón, que desde hace algunos años vivía ya más del lado de la otra banda, -con la preocupación de lo eterno, le pertenecía a España por derecho de conquista, y más concretamente a Madrid, al que le tomó el aire y los pasos y constituyó p a r a é l su soñada ventura, su contento logrado. Ramón sabía que se iba muriendo a retazos, aunque se defendía de la muerte con aquella enorme vitalidad que él poseía y aquel afán de vida para proseguir sorprendiendo bellezas en el cosmos proteico de sus creaciones. Hasta el momento resolutivo de su vida siguió escribiendo sus greguerías cotidianas, que eran, a su modo, como su verso o su canción de cada día. E l lo había prometido y supo guardar fidelidad a su palabra. Nos angustia comprobar con qué inaplazable, rigor nos va arrebatando la muerte una serie de nombres, que mantenían en alto el prestigio litecaric y científico de España. L a generación que subsiguió a la déí 8 va quedando tremendamente podada. Es verdad que el tiempo corre irremisiblemente y no admite dilaciones; pero es difícil consolarse de pérdidas que, con la muerte, nos dejan la sensación de sil grandeza. Pero hay vacíos que difícilmente se llenan, y hay categorías humanas que no admiten reemplazo. Él volumen ingente de los libros de Ramón, con ese más dilatado de sus artículos, de sus ensayos sueltos, de sus greguerías dispersas por todos los periódicos- y revistas de! a Cristiandad, quedarán ahí, con sú fluctuante valor, no sólo como una- contribución asombrosa al mundo de la creación literaria, sino como una cima, dé las letras españolas. Desde que Ramón escribió su Automoribundia que viene a ser corno el testamento de aquella vida de producción tan copiosa, se- nota él proceso de gravedad pensativa que se origina n él. Es como si Ramón, hubiera entrado en cuentas consigo mismo y adquirido pieria conciencia de su obra y de su vida, A u i o moribundia -digámoslo de nuevo- -es el descubrimiento de un Ramón tridimen- enqnal, al que no estábamos habituados, i A Más que un libro de memorias, de desvelación de recuerdos o recensión de nostalgias, es la confesión general, que desde la cima de su madurez da Ramón a los cuatro vientos, y con ella nos devuelve la imagen multiplicada, la refracción de sí mismo, el eco disperso del Ramón prolífico, incontenido, pródigamente vario y personal, espoleado por la urgencia de la proliferación sin límites. A l cabo de tantas jornadas de incesante desbordamiento, Ramón se detuvo un día en esa cota decisiva de los sesenta y tantos años para volver sobre los pasos andados, para recobrar la conciencia y comprobar el acento; para fijar la altura y el rumbo: para enterarse de que ha v i vido, de que vivía muriendo noche y día, y de que al cabo era inmortal, porque el alma- -dice- que es lo único que Vale, es un préstamo que devolveremos á Dios. Entonces, en Automoríbundia emergió el creyente emocionado y resuelto, que hablaba de Dios y del misterio con gallardía insólita, con limpia convicción, cabalmente cuando había, y hay, tantos- que desertan de Dios, que negocian con sus creencias- -llamémoslas así- -o se conforman con una fe mucilaginosa y claudicante A Ramón, que fue un enorme sensitivo, no le podía faltar la sensibilidad, la adivinación de Dios. Y sin lugares comunes ni recursos improvisados de última hora, él proclamó que jamás había sentido la cobardía de no creer. E n este sentido el prólogo de Automoribundia es conmovedor por su sinceridad. E n él desborda Ramón su alma. Las últimas palabras de ese documento testamentario quiso él que fueran para impetrar la infinita misericordia de Dios. Quizá el capítulo más bello que Ramón escribió de toda su obra totalizada es el que dedica a hablar de Dios, de la fe y del misterio. Dios es obligatorio- -decía- sin Dios me veo perdido. Y ve perdidos a los hombres. Pero en seguida advierte con humildad: Después de dicho todo esto de Dios, me desdigo de lo que pueda haber en ello de herejía, pues yo seré un pecador, pero no un hereje, ya que para el pecado puede haber siempre perdón, y como buen español espero poder tener ese momento de contrición que da al alma la salvación, 1 RAMÓN DEL ALMA j MÍA R E S U M O que no vamos ai acertar nadie al querer hac r una necrología de Ramón Gómez de la Serna. Es como esas caras de rasgos tan acusados, de personalidad tan fuerte, que pareciendo tan fáciles de pintarfle hacen temblar y sudar ai gran retratista que sabe lo que quiere. Por otra parte le he conocido tanto, he escrito tanto de él, que no está claro por dóndfe empezar, sobre todo empezar por el fin, por ese se llamaba que pone no sólo la carne de gallina y los pelos de punta, sino la gallina de carne y la punta de pelos. Ramón es un caso sin précedejntés en nuestra literatura. Por de pronto de eso de humor, aunque parezcan gordas afirmaciones así, ni hablar. A no ser que refiramos al humor de Quevcdo al da Kafka que, en, muchos aspectos, me parece un hijo matura! de Ramón aunque no lo supiera. A no ser que nos refiramos a un humor ni negro ni amarillo, siiio morado; a un humor patético eñ el que todos sus afilados y escalofriantes aciertos salen corhp de un fondo gordo dé agua gorda. Ramón era como ¡un botijo del que pudieran sacarse las mejores porcelanas de Sévre. Tenía mucho de castizo agresivo, que convertía en orquídeas los geranios cortados con cuchillo de pescadero. Acertaba el blanco a pedradas y había en él, mucho antes de irse a América, una imagen física precolombina, dé esos cuacos cuya sonrisa ancha y apitigua va de oreja a oreja, de lo iegipcio a lo americano, pasando por una A t lántida poblada por cocheros de Madrid, por vendedoras de nardos y por mujeres a las que han sacado a bailar de la tumba y que en el momento j fundamental suspiran en la oreja de áu conquistador: M e estás viviendp, tiene. L a obsesión de la muerte fue una constante dé su barroquismo genial; Antes y ahora. Ahora, anteayer dbmingo en A B C hay entre sus greguerías últimas lo menos tres que se refieren a la vejez y a la muerte. Su razón dé escribir estaba presidida por esta obsesión digna y oxidada: Meterse en casa a escribir y no saber si se está haciendo ¡por la vida o por la muerte. Contra los ejemplos casi generales, Ramón era madrileño nacido en Madrid. E l tenía un árbol genealógico que llegaba hasta principios del X V I I I con un Gaspar Gómez de la Serna que se casa con una inglesa: Ana Tully. Vive en la cuesta de la Vega, en la Corredera Baja, en lá calle de Fuencarral, en la calle de la Puebla donde murió su padrei Cuando yo le trato ya tenía el torreón de V e lázquez en la casa del vizconde de M a tamata. Recuerdo bien el famoso torreón abigarrado y loco, con la razón tremenda de la locura, con la sencille ¿de lo congestionado. Era como su literatura. Ramón, concretamente, sin discusión posible, es el escritor de Madrid. No basta para ser escritor de Madrid escribir sobre Madrid. Nadie Jo ha sentido como él, con una fortuna más universal, con tozudez poética, con fecundidad ¡torran- P I En una de sus cartas últimas, conmovedora, me decía: Presiento que mi muerte está cerca. Se nota en el aire. Si no tuviera el contrapeso de Dios, yo Asquearía. ¡Qué necesario es Dios para vivir! Pero lo es mucho más para morir. Me llena de esperanza, y casi de deseos de partir, el comprender que Dios es bueno, tiene que serlo, con sus criaturas. Aquí, en estas palabras, queda reflejado lo mejor del Ramón que acaba de partir, y por el que España entera elevará a Dios, por su alma, un Réquiem emocionado. P Félix GARCÍA