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POETAS SEVIl lLAf? OS 11 SOSIA JOSB MARÍA OSUNA S interesante destacar que los das poetas españoles más importantes de dos períodos casi, consecutivos y bien, caracterizados en la lírica universal fueron sevillanos, y ambos, por esos imprevisibles vaivenes del destino, fueron a casar a Soria. Está claro que nos referimos a Gustavo Adolfo Bécquer y Antonio Machado. Dos bodas poco congruentes. A pesar de ello, la de Antonio Machado pudo ser dichosa sí la muerte anticipada de la cónyuge no se cruza para malograrla; la dé Gustavo Adolfo, en cambio, apenas fue un barrunto de felicidad durante los primeros meses: muy pronto empezarían la incomprensión, el desvío, para cerrar con la traición abierta de. la esposa. En realidad, de estas dos bodas, únicamente Soria hubo de resultar gananciosa. Porque aquellos dos poetas crearon o descubrieron una Soria legendaria y lírica qxie antes de ellos puede decirse que no existía. Tan sólo en los albores de la lengua castellana aparecen n la historia de nuestra poesía los nombres de algunos pueblos de este provincia. La bella portada románica de Los personajes del Poema del Cid la cruzan repetidas veces por su parte meridional- -Medinaceli, en donde se supo- ne residió el autor del poema; Berlanga de Duero, San Esteban de Gormaz... otras citas, siempre escasas, paeden encontrarse en Gonzalo de Berceo y en las Serranillas del Moncayo del primer marqués de Santillana; la leyenda de la muerte de los siete Infantes de Lara se desliza entre pinares y arroyos por el norte de la provincia. Y nada mas. Si hay. otros- temas literarios, no pertenecen específicamente a Soria, smo a Numancia, c u y a s ruinas quedan un tanto apartadas, en manos de eruditos y arqueólogos. Santo Domingo, de Soria. Portada del Monasterio de. San Polo, donde e localiza la teyetMÍa S I Rayo de f u ñ a Gustavo Adolfo Bécquer nació en Sevilla, en 1836 y aquí vivió hasta los dieciocho años. Una infancia triste de niño huérfano, taciturno, imaginativo, atendida por unos parientes no muy cercanos, pero sí cariñosos y buenos. Ya adolescente, impulsado por su espíritu soñador, quiso ser piloto e ingresó en la sevillana Escuela de Mareantes de San Telmo, si bien la inesperada supresión de ésta le obligó a desistir. Un poco! más adelante se traslada a Madrid, dispuesto a encontrar en las Artes la fortuna y la fama que el mar no habría de darle. Claro que Madrid no se le iba a ofrecer de pronto como la ancha puerta por donde entrar á la soñada gloría, sino que de momento se le aparece hosco, difícil; llevaba todavía en sus retinas- -él mismo lo va a referir más adelante- ¡a impresión de una Sevilla con sus músicas, sus noches tranquilas y sus siestas de fuego, sus alboradas color de rosa y sus crepúsculos azules y esto haría más duro el contraste can aquel Madrid sucio, negro, feo como un esqueleto descarnado, tiritando bajo un inmenso sudario de nieve Poco tiempo después conoció a Casta Esteban, hija de un médico que había ejercido anteriormente en Noviercas, un lugar de Soria donde aún conservaba algunas propiedades. Un biógrafo reciente asegura que médico y enfermo- -el enfermo era el poeta- cruzaron cerca de donde se hallaba Casta elaborando la clásica mantequilla de Soria Al ser presentados, ella respondió: Le saludo con la dulzura de mis ojos, ya que no pueda tenderle la mano. Nosotros. tenemos la segura y alegre confianza de que esto no sucediera así. No podemos creer que. a Bécquer le subyugara Casta embargada en tal faena, ni mucho menos le impresionara la alambicada ffase, que sin duda ella no pronunció nunca: no era la mujer idónea. Gustavo Adolfo casó con Casta. Desde entonce? el poeta pasó frecuentes temporadas en tierras de Soria; al principio, durante las fechas veraniegas; después, con su hermano, el pintor Valeriano Bécquer, por razones artísticas e imperativos de la salud, especialmente en Noviercas, el pueblo de Casta, y en el Monasterio de la Veruela, situados, aquél, en la vertiente castellana, y éste, en la aragonesa del Moncayo. A todo esto, la armonía conyugal se cuarteaba de día exi día, hasta culminar en la traición de la cónyuge, que el poeta había de conocer en Noviercas con motivo dei nacimiento del tercer hijo. Cuando me lo contaron sentí el frío d una hoja de acero en las entrañas. Y entonces comprendí por qué llora! ¡Y entonces comprendí por qué se mata! Pero a Gustavo Adolfo le sería más fácil llorar- -o morir- -que matar. En
 // Cambio Nodo4-Sevilla