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BÉCQUER HACE CIEN AÑOS D ICEN que un Bayo de Luna debió nimbar la frente de Bécquer, cuando escribió la leyenda que lleva este titulo. Y que fue, precisamente en los claustros de San Juan de Duero, a cuyas seculares piedras retostadas al sol- -por eso color de oro tienen ellas- se agarra la yedra, siempre pomposa y lúcida en este lugar invltatlvo al recogimiento, a la meditación, al saboreo de las cosas grandes escondidas en la sencillez sublime, del césped, de las hojas, de los arcos... Al pie del Monte de las Animas, como nido de ruiseñores bien escondido, construyeron su monasterio los Caballeros de San Juan de Jerusalén. Y a fe que de tierras bíblicas queda recia (huella, en plintos y en laves, en la total armonía de un claustro, donde sin duda alguna, el Salterio tendría en su recitación, en su semitono, completo sabor de eternidad. Cabalmente hace cien años, por aquí anduvo Gustavo Adolfo Bécquer. Entonces era San Juan de Duero una cosa olvidada. Nos han dicho que los gitanos se amparaban al abrigo de sus muros y cobijo encontraban dentro de la iglesia abandonada. Pero Bécquer, siempre en vuelo hacia la altura, tenía su proyecto; helo aquí: El año 1866, el poeta expuso al periodista local, don Antonio Pérez- Bioja su deseo de adquirir claustros e iglesia, para crear en aquel punto un museo provincial de Antigüedades y Bellas Artes, instalando en el mismo objetos procedentes de üxama, Humanóla, Voluce y Augustóbriga, cuadros recogidos después de la exclaustración en el Monasterio de Santa María de Huerta y algunos otros descubiertos en sus correrías por Soria, por su hermano Valeriano, Hubo, como siempre, montones de dificultades, y el buen poeta guardó su proyecto, pero siguió yendo hacia los claustros, no para encontrar arrequives retóricos a la expresión de su alma, sino para gozar la caricia del rayo de luna que penetraba Juguetón por entre las fisuras de la yedra para dejar su beso imperceptible, con delicada reverente actitud, en la base de algún arco. Pero no sólo los claustros de San Juan de Duero era lugar cobdiciadero para Bécquer. Dicen que salía de allí, sin decirle adiós, e iba despacio, siguiendo la corriente del rio; algún ¿lamo viejo todavía recordará el paseo hacia San Polo, el monumento románico más antiguo de esta románica ciudad, residencia de templarlos que allí guardaban a la entrada de las rutas de Aragón las puertas de la ciudad. ¡Bonito San Polo! Aquí cantó a Casta Esteban, la señorita de Novlercas con la cual casó el poeta el día 19 de mayo de 1861: Para que encuentren en tu pecho asilo y les des Juventud, vid- a y calor, tres cosas que yo no puedo darles hice mis verso yo. Otro poeta, Antonio Machado, recorrería este camino años después. Y a quien esto escribe, viendo un enjambre de abejas tenazmente domiciliado en los arcos de San Polo, se le antojaba pensar que Machado escribió su verso Anoche, cuando dormía observando los afanes laborales de las abejas, yendo y viniendo a la fuente cercana, hacia los tomillares de la Sierra de Santa Ana o de Peña Alba o en cumplida visita a las flores de las huertas próximas... Bécquer, en vuelo hacia la altura, hace cien años, por estos viejos lugares de Castilla, en estos poéticos lugares que para él todo lo tenían: luz, fuente, río, claustros, caminos y avecillas, surcando los claros espacios que circuyen a Soria, ciudad en la cual Bécquer sintió con plenitud la caricia de la idealidad. Celestino MÓNOE HERRERO
 // Cambio Nodo4-Sevilla