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SRA. D E T J R I L E B A R R E A al tema inevitable del arte abstracto en nuestra charla, puesto que se hablaba de pintura. -E l retrato- -afirma- -es el género que menos se presta a la extravagancia. Yo, mire usted, considero lo abstracto como decorativo, al menos lo abstracto que ahora se lleva y que, por cierto, no tiene nada de nuevo. Lo que no se puede olvidar es que la abstracción es una constante en la obra de arte y que no existe un cuadro por realista que parezca que no sea abstracto en cuanto a la disposición de sus elementos, de los espacios, de los volúmenes, de la relación cromática. Seguimos viendo reproducciones de sus obras. ¿Sabe usted cuáles son los modelos más difíciles? Los de aquellos que tienen menos carácter. Cómo le diria yo, sin herir susceptibilidades... Los hombres, por lo general, tienen una personalidad más aprehensible. E n la mujer ocurre, por ejemplo, que al variar de peinado casi cambia la fisonomía. Bueno en esto pasan cosas. Los hombres son más coquetos que las mujeres, ¿qué le parece a usted? Recuerdo que un señor, contem piando su retrato, se me quejó, dolorido, porque le había puesto mirada poco inteligente... Entre las fotos vemos numerosos re- tratos de niños. A lo mejor, el de un pequeño que, luego, al crecer, llevaría a sus hijos al estudio del maestro. -A los niños se les entretiene contándoles cuentos. Para esto se las arregla mi esposa admirablemente. Lo curioso es que los hay de dos años que se dan cuenta perfectamente de que posan. Luego, terminan la sesión y si es varón, ni caso; pero si es niña, se acerca corriendo a ver qué tal ha salido. Hablamos ahora de su carrera, de los primeros años en Sevilla, donde encontró a sus dos únicos maestros: a García Ramos, un gran pintor, el mejor de su época, y al Museo de Bellas Artes, donde tanto aprendió de Zurbarán y de los otros grandes artistas de la Escuela Sevillana. Comenta su estancia en París, ciudad en la que pensaba estar una semana y se pasó ocho años; allí tuvo un estudio alquilado poco menos que a perpetuidad. Luego vino a España y expuso en Madrid. Y más tarde, durante la g u e r r a civil, marchó a la República Argentina, donde lleva treinta años de labor intensa y estimadísima. -Buenos Aires es más español de lo que se cree. Abunda la casa típicamente andaluza, mejor dicho, sevillana, y las costumbres españolas se conservan en un sector muy aprecíatele de la población mucho mejor que aquí. Hasta el habla me recuerda a Andalucía. Yo diría que el dejo es cantarino, similar al de San Fernando, Chiclana... L a verdad es que allí me encuentro muy a gusto, y que sólo tengo para la Argentina motivos de agradecimiento. Habla vel pintor pausadamente, quedamente. No hay en su voz el más leve dejo ni giro platense. Se lo digo. -E s que yo soy sevillano por encima de todo. Siento a Sevilla en la ausencia, y la quiero. Por eso me da tanta pena de que estén acabando con ella. ¡Qué falta de imaginación! ¡Qué mala arquitectura! Se levantan barrios nuevos de casas feas, impropias de Sevilla... A veces pienso que lo mejor sería no volver, para evitar sufrimientos... Y la conversación se encauza por estos derroteros de sevillanismo. Aquí sí se ha puesto serio el pintor. Y a no sonríen sus ojos a través de los lentes. A! menos, mientras dura el tema, porque luego, en seguida, cuando momentos antes de la despedida volvemos a charlar sobre pintura, Miguel Ángel del P i n o el pintor sevillano mucho más conocido en otras latitudes que en su propia tierra, recupera el aplomo y la sonrisa. M F.
 // Cambio Nodo4-Sevilla