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SANTIDAD FÁCIL Y DIFÍCIL Homenaje en memoria del cardenal Spínola, celebrado ante su mausoleo de la Catedral el pasado día 16, festividad de San Marcelo. (Foto Serrano. M O sé si resultará cursi y gastado comparar- -una vez más- -a la santidad con una hermosa flor. Pero sólo voy a apoyarme en esta sensibilización vulgarizada, al alcance de toda inteligencia, para desarrollar una compleja reflexión. Todas las flores, cuando están en sazón, gritan sus colores y esparcen sus perfumes. Pero cada flor es hija de su propia planta, parto de una tierra y colofón de un tallo. En una azucena, en una violeta- -pongamos como ejemplos- todo es suavidad, lisura, placidez: pue den ser acariciadas de arriba abajo, sin que nuestros dedos queden prendidos en ninguna excrecencia fastidiosa o punzante. Un rosal es otra cosa: su grandeza se compone con espinas, que resultan molestas a ciertos contactos. Pero, a pesar de todo, triunfa en él la rara majestuosidad de su flor granada. El fenómeno es transportable a la santidad, considerada como realización externa. En su savia interior, la santidad no puede contraponerse entre lo difícil y lo fácil, porque entraña ambos extremos a la vez. El alma de la santidad está constituida por un simple eco o respuesta de fidelidad a la gracia. Ello importa simultáneamente la facilidad y la dificultad de toda consonancia: la dificultad fac Mtada, por cuanto el tono viene dado con la comodidad de lo gratuito, que es ofrecido infaliblemente; pero, al mismo tiempo, estamos ante la contingencia de lo fácil que se vuelve infinitamente difícil, imposible, desde el momento en que se dé en el hombre el mal oído contra el que previene el salmo 94. Lo difícil es que se conjunten todos los elementos, precisos e imprescindibles, para la planta, pero, una vez logrado esto, la violeta o la rosa rompen con una facilísima sencillez. Y así, cualquier tipo de santidad es reducible en su ser interior a un único y elemental movimiento de conjunción entre persona y gracia. Pero el fenómeno de la santidad hacía afuera, de la santidad reconocida y justipreciada, es mucho más complejo. A pesar de sus respectivas fidelidades intrínsecas, son nuestros ojos, nuestro tacto, nuestra propia nariz- ¡qué poca cosa! -los que deciden el triunfo o el desprecio de una flor. Y lo mismo que hay perfumes fáciles, hay aromas que producen mareo a olfatos ligeros. Por eso hay también tipos de santidad que entran mejor a los que rodea pronto el aura popular, y otros que pueden encontrar resistencias o, simplemente, indiíé rencia. En este último género hay que cualificar la santidad de los que tienen que realizarla en una entrega ministerial a los hombres. Porque esa entrega implica el compromiso con el mundo de los problemas: Te he constituido- -reza el ofertorio de la misa de santos pontífices- -para que arranques y destruyas y edifiques y plantes En lenguaje moderno ha sido descrita recientemente esta realidad por monseñor Infantes Florido, obispo de Canarias: El mundo (hoy) previamente se define, toma posturas por sí solo, y esto en esa situación pluralista de contrastes, de diversidad de opciones en máxima libertad. Y cada uno de los extremos de esta positiva variedad desea, pide y busca la sanción del sacerdote, la respuesta definitiva del arbitro instituido por Dios para que proyecte su luz y su palabra sacerdotales. Porque el mundo quiere cumplir aquello de dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios pero cada pequeño cesar quiere protegerse con la sombra de Dios proyectada por cada sacerdote e invoca particularmente para sí el pro honnnibus de San Pablo. Por eso no es extraño que las actuaciones del sacerdote estén consideradas como un signo de contradicción; simultáneamente provoca el aplauso, la desaprobación, el cariño, la queja (Pastoral sobre el Seminario. Es, realmente, el filo de la navaja aplicado a la santidad sacerdotal. Y en un filo de navaja se fraguó la santidad del Siervo de Dios, cardenal Spínola y Maestre. La misma Sevilla que aspiró el suave perfume de violeta de una sor Angela de la Cruz, que ponía sus manos sobre los niños de los grandes, sonriéndoles, y que llevaba después a los humildes las limosnas que aquéllos le daban complacidamente, la misma Sevilla fue testigo del recio aroma da otra santidad con tallo de espinas: la recia santidad de un hombre que tuvo que gastar su vida en arrancar, destruir, edificar y plantar y que por eso hubo de cosechar simultáneamente el aplauso, la desaprobación, el cariño, la queja Después de muertos, las cosas siguen la misma línea; porque es más fáci) conservar románticos y piadosos recuerdos de una monjita que de un arzobispo. Es lógico, por lo tanto, que madre Angelita conserve con facilidad su aura popular- -lo cual está muy bien- -y que Spínola corra el riesgo de carecer de ella: lo cual estaría muy mal. Sevilla debería darse cuenta, en cuanto privilegiado plantío de santidad, de que, una vez más, puede enorgullecerse de ser polícroma, varia, rica, diferente. Por eso urge que se haga un esfuerzo de consuno para impulsar con el calor popular y con el interés oficia! estos dos procesos de beatificación, que se hallan en estadios muy parejos. Estamos a punto de conseguir o de perder una posibilidad única, envidiable para cualquier ciudad piadosa de la tierra: en un mismo día y a una misma hora- ¿por qué no? dos flores sevillanas de santidad, diferentes, contrastantes, complementarias, entrelazadas para el mundo en la gloria de Bernini. Francisco GIL DELGADO
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