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A B C, N. 20.397. DOMINGO 19 D E E N E R O D E 1989. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. PAGINA 35. aetnidades pastorales nos está ofreciendo encuestas y estadísticas sobre la formación y práctica religiosa de los españoles que nada tienen de alentadoras. Los índices son francamente bajos. Las ideas arrastran una pesada ganga de mixtificaciones, de sincretismos, de fatalismo, de un sentido hedonístico de la vida en progresión constante. ¿Cómo ponerle puertas ai campo electoral? A nuestro entender, y omitiendo todo juicio personal sobre la designación de los obispos, la capacidad del pueblo para elegir a sus p a s t o r e s es puro espejismo. Por otra parte, la confusión reinante entre los católicos- -menos natural que inoculada- -revela dramáticamente la improcedencia de la fórmula. Un extremo debemos aclarar escrupulosamente: que no nos hemos inventad el maniqueo. -MACARIO. ELECCIONES EPISCOPALES? La reunión celebrada en el Palacio Arzobispal por un grupo de cuarenta sacerdotes, s los que luego se sumaría el prelado, nos ha producido exírañeza. Nada hay de anómalo, por supuesto, en que varios sacerdotes, en el número que fuere, se reunan con su obispo, Proviene la exírañeza del carácter de los temas tratados al margen del órgano constituido oficialmente para deliberar sobre los problemas diocesanos y mantener de manera regular el contacto entre el ordinario y el clero, sin mengua de las atribuciones y de la responsabilidad decisoria de aquél. Dicho órgano es el Consejo de Presbiterio. Que la reunión haya sido informal- -aun cuando existiera ú n manifiesto propósito de difundirla- nada resta ni añade a la preterición del Consejo. Entre las demandas expuestas por los sacerdotes participantes, figura la provisión de las sedes episcopales con participación del pueblo y del clero La fórmula es vaga. Pero esa misma vaguedad autoriza a que especulemos sobre su írasfemdo, que no es otro, a nuestro juicio, que la aplicación del principio electivo al nombramiento de los obispos, o su propuesta al menos. Fundamos esta interpretación en las repetidas demandas, m á s explícitas por cierto, que se vienen produciendo desde hace algún tiempo en diversas diócesis españolas y extranjeras, ñ o pocas de las cuales son ya de dominio, público. No se trata de una simple c u e s t i ó n de procedimiento, puesto que; son notorias sus implicaciones, con materias m á s delicadas ante las cuales cualquier indiferencia nos parece temeraria. Pero, aun admitiendo que así lo fuera, existen sobrados motivos para desconfiar de su viabilidad. No es la primera vez, ni será la última tampoco, que frente a sistemas defectuosos se propongan otros, supuestamente perfectos, que llevados a la práctica no resistirían su esclarecedor contraste. E s t á por demostrar, d i g á m o s l o claramente, que unas elecciones episcopales se vieran libres de presiones, de maniobras, de impurezas, en fin de cuentas. ¿Quién nos preservaría d é ellas? ¿Y cómo? Tampoco es baladí el problema que plantearía el cuerpo electoral, aludido siempre de modo difuso, con flagrante olvido de precisión alguna. ¿El voto sería directo o indirecto? ¿Cuáles serian las condiciones para usar de él? ¿S e implantaría el sufragio universal entre todos los bautizados a partir de una cierta edad? ¿Podrían votar s ó l o los encuadrados en asociaciones religiosas de cualquier tipo? ¿O, m á s restringidamente todavía, ú n i c a m e n t e los miembros de los consejos creados o por crear? Más, para no seguir un lulo interminable de preguntas, la expresión pueblo denota generalidad sin cortapisas. Y en este orden, fácil es deducir que cualquier bautizado podría usar del voto con la mera voluntad de hacerlo. Si las elecciones exigen una cierta madurez en quienes participan en ellas, para las que nos proponen aumentarían los condicionamientos morales. Nosotros, por razones de oficio, poseemos una in- formación a todos los niveles muy superior a la del ciudadano medio. La esfera religiosa no es una excepción, ni mucho menos, en nuestras preocupaciones y deberes informativos. Si nos referimos a la archidiócesis hispalense, conocemos sus problemas de manera m á s perfilada y extensa que la mayoría de los diocesanos. Pues; a pesar de todo esto, nos consideraríamos incapacitados para emitir el voto én unas elecciones episcopales. Ahora bien, si queremos sacar a nuestro confesor, o al párroco, o al consiliario, o si cura que es visita de casa, o al recomendado por el amigo o el correligionario, el problema se simplificaría escandalosamente. Volvamos al pueblo que pueblo es en este sentido quienes no son jerarquía ni clero. Es decir, todos los católicos sin excepción posible. E l dinamismo sociológico que acompaña a las m á s recientes tllillUilllM La Furgoneta F- IOB- E po- es superior para el pequeño transporte por su reducido consumo, ligereza, resistencia y gran capacidad de carga. Convénzase soÜGitaacto una prueba fc ¿AJÍ A 4 SMMSÍ VENTA Y SERVICIO POR LOS- CONCESIONARIOS E N TODA ESPAÑA
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