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SEVILLA NAZARENA RUIDO Y SILENCIO mos tiempos ha sido la de poner en relieve que espíritu y materia no son dos realidades contrapuestas, ni siquiera dos realidades yuxtapuestas, sino que forman un todo: única e implicada sustantividad. No es que se haya defendido anteriormente lo contrario; pero e! maniqueísmo había hecho sus estragos al pronunciar su desprecio sobre la materia. Y por ende, una especie de sospecha pesaba sobre ella. Puesta en un laboratorio de disección teológica, la materia lleva las de perder. Pero no en cuanto que la materia es tal materia, sino en cuanto que se puede constituir en freno del espíritu. Tampoco es licito ni justo hacer a la materia única responsable del lastre de pecado que nos acompaña desde el fracaso original. En realidad es el propio espíritu el que ha sido primariamente debilitado, como enseña e! Concilio de Trente No ocurre más sino que esa debilidad del espíritu se expresa y manifiesta por la materia. Pero lo mismo ocurre con su grandeza, con la santidad. En último término, para bien o para mal, siempre es el espíritu el gran responsable. E l oficio de la materia es servir, ser trasnüsora, signo eficiente de los mandatos del espíritu. El Verbo de Dios se encarnó. Es decir, Dios se hizo materialista en un sentido primario y aséptico de la palabra. Desde un minúsculo y puro corpúsculo situado en el seno intacto de una mujer concreta, por obra del Espíritu Santo; con sangre de un grupo determinado- ¿cuál? con una estatura, un peso, un tono. de voz y un color de ojos. E l va a realizar una función esencialmente divina- -función salvadora- en un modo auténticamente humano. Personalidad divina y acontecer humano perfectamente ligados mediante la unión hipostática. Y a la postre su propio sacramento que es la Iglesia, va a ser portador de un reflejo de esta realidad: reunión visible y comunidad espiritual, la Iglesia terrestre y la Iglesia dotada de bienes celestiales no han de considerarse como dos cosas, porque forman una realidad compleja, constituida por un elemento humano y otro divino; por esta profunda analogía se asimila al misterio del Verbo encarnado (Vaticano II. Constitución sobre la Iglesia, n ú m 8) estimables UNA de las conquistas másen los ufadel pensamiento católico el caudal dei espíritu se asoma, se deja ver y se expresa a través de una tupida complejidad material. Y es aleccionador observar que esto empezó a través de un movimiento auténticamente seglar, cuando otras formas litúrgicas habían empezado a ser inasequibles para el ¿ran pueblo. Todavía hoy mucha gente que llamamos alejada aprovecha esa oportunidad para expresar su rudimentaria comunión espiritual con lo más hondo del misterio religioso. Unas veces en silencio y otras veces a gritos. Silencio y ruido. Yo he gozado muchos años la difícil oportunidad de asistir consecutivamente en una misma noche, casi como en una superposición de planos, a la salida de la Macarena y a la dei Gran Poder. Luz a raudales, palmas y clamor de multitudes cortejan a la primera salida. Penumbra, silencio y lejanía son el manto de la segunda. Y- -prescindiendo de las tristes excepciones y accidentes que pueden darse en ambas- -las dos conforman un verdadero misticismo religioso. Porque el espíritu humano no es reduciblé a una sola situación. La variedad es el patrimonio de lo finito, precisamenY cuando la Iglesia trató de organizar te por cuanto la finitud necesita del desla celebración de sus misterios no dudó doblamiento para poderse realizar. No así n! por un momento en sensibilizarlos, materializarlos, desplegarlos en formas me- lo infinito, que consiste en la simplicidad, en lo todo- único. diante cosas y palabras de las que tanto hablaron los Santos Padres. Incluso no Y si el espíritu es así de rico, de multituvo empacho en inspirarse en buena par- forme y variado, es lógico que sus exprete en ritos procedentes del judaismo o de siones se materialicen también en la dila misma gentilidad. Asi se desarrolló la versidad. Más todavía: cuanto más rica liturgia. y complicada sea el alma de un pueblo Ahora bien: si hay que buscar un se- -como el andaluz- con tanta mayor racreto del éxito permanente de nuestra zón ss tiene que dar ese fenómeno expanSemana Santa, forzoso será descubrirlo sional. Cuando- -por lo que sea- -el ser en el hecho de haber seguido esta línea. espiritual de un pueblo o de una raza es Sí; no hay dificultad ninguna en admitir más monolítico, sus expresiones tiendan que también nuestra Semana Santa está más ajustadamente a la uniformidad. materializada Y por eso perdura. Todo Ruido, palabras y palmas expresan un estado de ánimo en el que irrumpe el sentido del triunfo, de la grandeza, de la apoteosis. Y una Virgen que más allá de las lágrimas, y precisamente a través de ellas, ha alcanzado la cota gloriosa de ser lamada bienaventurada por todas las generaciones despierta de inmediato en él ánimo cristiano la fibra del entusiasmo. La materia entonces- -gargantas, manos, ojos y labios- -tiene que responder en sintonía perfecta al movimiento del espíritu. El fenómeno se repetirá con toda lógica en Triana, en el Tiro de Linea o en la exquisitez señorial de la calle San Vicente. No hay ni una sola Virgen en la Semana Santa de Sevilla que vuelva a su templo sin haber escuchado un aplauso. Y el silencio también es materialización de otro estado de ánimo: dei asombro, del anonadamiento, del sentido de culpabilidad. La Virgen llegó a bienaventurada precisamente a- través de su compromiso doloroso. Sin esto último no hubiéramos tenido lo primero. En cambio, el dolor, la sangrs y la muerte representaron- -en frase paulina- -el anonadamiento y la humillación de Dios, Dios era bienaventurado sin nada de esto. Y el dolor de Dios fue auténticamente una nube que oscureció esa bienaventuranza y felicidad. Por eso expresamos en silencio nuestro asombro, nuestra vergüenza y nuestro arrepentimiento cuando se dejan ver el Gran Poder, el Cristo del Amor, el Señor de la Pasión o el de la Buena Muerte. Ruido y silencio son y seguirán siendo en nuestra Semana Santa los distintos y complementarios sismógrafos con que la materia traduce y anuncia al exteriof ¡os más profundos torbellinos, los más hondos derrumbamientos que se producen n la médula misma del espíritu. Francisco GIL DELGADO
 // Cambio Nodo4-Sevilla