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UBRIQ Por Eduardo DOMÍNGUEZ LOBATO E L padre Campos Giles decía en un precioso artículo que Ubrique era un pueblo jugando al esconder. Porque eJ viajero va confiadamente a la busca del Ubrique universal, del Ubrique marroquinero, anda a trancas y barrancas sobre una ruta fascinante, escoltada por picos majestuosos, moles austeras y feroces, rocas escarpadas y bravias, que ocultan tenazmente al pueblo hasta subir al impresionante balcón de Las Cumbres Desde lo alto, la grandiosidad de un paisaje único. Ubrique parece el cen tro de un clamoroso anillo vegetal que se eleva, dejando entrever a rachas los ocres, malvas, blancos y marrones de la sierra. Arriba, encinares retorcidos medio envueltos en brumas. Por faldas y contrafuertes se hermanan curiosamente el olivo y la vid. Alcornoques, quejigos y algarrobos proclaman a lo ancho del monte la más exultante sinfonía de tonalidades verdes. Lentiscas, chumberas y retamas cierran con garbo fragante la corte menor de una flora que si se dice medi- A CAJStt. terránea parece convocada desde todos los rincones del planeta. Abajo, el pueblo. Coronado de piedras viejísimas y altivas. E s como si las casas blancas, las calles trepadoras, las iglesias y las torres se hubiesen plantado y crecido sobre u n huerto de permanentes verdores. Se nos ocurre que estas tierras pudieron ser paraíso del hombre prehistórico -don Manuel Cabello nos descubre extremos interesantísimos sobre este motivo- y nos explicamos el papel trascendental jugado por Ubrique en el discurrir de épocas guerreras, en las que su condición de inexpugnable alcanzó entre caudillos y estrategas altísimas cotizaciones. Pero vamos al pueblo. Bajemos a Ubrique, la gran colmena cantadora. L a torre de San Antonio- -prodigio de equilibrio con perfectas hechuras alpinistas- -nos recibe a guisa de acrobática bienvenida, Calles abajo, el olor a tanino nos liega como el heraldo de una industria que se pierde en los tiempos. Nos imaginamos ya apretadas piel sobre piel esas expediciones de carteras y petacas prestas a dispersarse por el ancho mundo. Estados Unidos, Canadá, Méjico, Venezuela, Alemania, Italia, Bélgica, Suecia, Dinamarca, Finlandia, Japón, Inglaterra reciben puntualmente- -y no deja de ser curioso que los países de superior nivel industrial y ténico resulten precisamente los de mayor devoción artesana- -carteras, monederos, billeteros y pitilleras, cuya gama de modelos, contando con estuches y toda suerte de marroquinería de alta fantasía, sube por encima de los dos mil, que alcanzan la confortable suma de veinte millones de pesetas anuales... Colgadas al sol, en puertas y ventanas, las mil filigraneras variedades de cuero repujado. Desde l a carpeta, solemne y lujosa, del Siglo de Oro, hasta la pequeña rosariera de bolsillo, pasando por infinitud de bolsos y chucherías de todos los coiores al servicio del ornato femenino.
 // Cambio Nodo4-Sevilla