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LA BATALLA DE LOS MERCADOS Por José GARCÍA María ESCUDERO Jf T ECÍA yo recientemente, comentando el mérito, que seria injusto negarle: el priacuerdo suscrito entre la organización mero, acertar con la fabricación de unos italiana de productores Anica y la en- productos de consumo aptos para el gran tidad Cinespaña fundada para la difu- público de no importa qué nación; el sesión mundial de nuestro cine, que, según gundo, montar a su servicio una organitodo invita a prever, también en esta zación adecuada de distribución munindustria, como ha ocurrido en otras, la dial. etapa de la competencia desenfrenada La hegemonía así conseguida ha sido por la conquista de los mercados puede mantenida a cualquier precio. A costa, dar paso gradualmente a fórmulas más cuando ha hecho falta, de vencer a la amables, aunque también más difíciles, de competencia por el simple recurso de abcolaboración. Es, según pienso, un tema sorberla. Fue el caso del cine alemán, que sobre el que vale la pena llamar la aten- en los últimos años del período mudo ción. vio c ó m o emigraban a Hollywood sus Hasta aquí todo ha sido, en efecto, la mejores realizadores, artistas y hasta procompetencia, o más exactamente, el do- ductores. Más adelante, en vísperas de la minio mundial del más fuerte y los de- segunda guerra mundial, habría otro éxomás disputándose lo que les dejaban; que do igualmente masivo. Unos se limitaron es la razón de que veamos con tanta a pasar fugazmente por los Estados Uniesperanza la situación actual, para la que dos; a no pocos la experiencia los frustró ha sido decisiva la crisis del cine norte- definitivamente; otros continuaron la traamericano, que continúa siendo el más dición de un cine americano que en gran fuerte, pero ya no tanto como para no parte, y no la menos característica, no admitir, en principio al menos, la posibi- está hecho por americanos. Recordemos que nombres tan vinculados a él como idad de colaboración. No fueron los primeros. E l cine, co- los de Curtiz, Capra, Wyler, Preminger o mercialmente también y no sólo artísti- Kazan son, respectivamente, los de un siciliano, un alsaciano, camente, empieza siendo europeo. En los húngaro, unun turco. Por no hablar un, austríaco y de mercados mundiales mandaban Francia e Chaplin, Valentino y la dinastía sueca, Italia, y habrían podido seguir mandando desde Greta a Ingrid Bergman y Ann si la primera guerra mundial no hubiese Margret. puesto el dominio en manoá de NorteaméPero eso es el país, olla colosal eme se rica. Ya no lo soltó. Ha tenido la ventaja inapreciable de traga todo lo que le echen, y lo que no, lo inutiliza. Y eso explica el carácter, en un mercado nacional tan extenso que de él pueden salir sus películas amortiza- cierto sentido imperial, que llegó á tener das. Ha tenido, sobre todo, un d o b l e el dominio de Hollywood, sirviéndose pa- ra su grandeza de todas las razas y pueblos del planeta. A ese imperio, el cine sonoro empezó a ponerle límites. Fue, efectivamente, la ocasión para que los mercados cinematográficamente colonizados se emancipasen. Apuntan en Europa por doquier las cinematografías nacionales, atrincheradas inicialmente tras la barrera del idioma y amparándose luego en los sistemas de protección oficial, a los que se agrega la reserva de un área de los propios mercados frente a una competencia- -la norteamericana- -que frecuentemente- -este sería nuestro caso- -se les mete en casa disfrazada mediante el doblaje en cantidades arrolladuras y flanqueada por facilidades de lanzamiento que ya querrían para sí las industrias nacionales. Pero el caso es que éstas, aunque precariamente, sobreviven, con lo que se desemboca en una situación de mercado mundial saturado, con predominio de la producción norteamericana, pero con la competencia creciente, dentro de cada país, de unas cinematografías detrás de las c u a l e s- -como sucede también con el transporte aéreo- -no hay sólo razones económicas, sino de prestigio nacional. Una película, como un avión, es, en definitiva, una bandera. El problema de esos cines menores es que, por grandes que sean sus avances en los mercados propios, ninguno de éstos- -salvo en naciones tan desmesuradas como Norteamérica y la Unión Soviética- -les permite amortizar costes. Por esto, y
 // Cambio Nodo4-Sevilla