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MARISOL a partir de un cierto grado de desenvolvimiento, las reacciones nacionales se convierten en las reacciones imperialistas de los cines que se sienten lo bastante fuertes para poner el píe, junto al norteamericano, en el mercado mundial. Es el caso de dos cinematografías: la inglesa, antes y después de la segunda guerra mundial; la italiana, ahora. Reconozcamos que ninguna ha conseguido igualar el producto americano medio, resultado casi perfecto de una industria: equilibrio admirable entre calidad y comercialidad. E l cine europeo, sobresaliente en calidad, y que apoyándose en ella se ha abierto muchas puertas, no ha logrado después, por lo que digo, la penetración profunda que buscaba. Pero de los resultados satisfactorios, sobre todo de la experiencia italiana, da, fe el 60 por 100 que representan sus ingresos del exterior. Es lo que, por nuestra parte, y con las reservas propias de una experiencia que empieza, está ensayando la recién forma- da Cinespaña con el resultado halagador que acredita la presencia creciente de nuestras películas en el mercado americano, desde los circuitos de habla castellana de los Estados Unidos hasta el Sur del continente. T a 1 e s empresas aparecen favorecidas hoy por dos circunstancias: la coproducción, que permite a las industrias europeas esfuerzos que, aisladamente, les serían inasequibles, y la modificación gradual de las características de la industria norteamericana, que al orientarse hacía las películas para TV, puede reducir la producción de aquellas películas que constituían la base de su exportación a dos mercados cuyo grado de desarrollo mantiene en ellos las características que tenía todo el mercado mundial hace años; me refiero a los países del tercer mundo. Con eso se produce un hueco que otros pueden llenar. Está, por último, el hecho de que los productores americanos, buscando costes bajos, ruedan en Europa y cada vez son más las casas de esa nacionalidad que financian películas realizadas en colaboración con otros países. De lo primero, somos: los españoles testigos de excepción; pero es que más del 50 por 100 de las peliculas producidas por Norteamérica en 1968 se rodaron fuera. En cuanto a lo segundo, baste decir que, si en la lista de las diez mejores películas del año pasado que publicó New York Times los siete títulos primeros eran de películas europeas, buena parte de ellas estaban producidas eñ. pante con dólares norteamericanos. Sobre las posibilidades de una colaboración a escala mayor y que no suponga una entrega del más débil al más poderoso, hay que ser cautos; en Italia se está empezando a ensayar algo de eso, para lo que el acuerdo hispanoitaliano a que he galdido puede tener muy interesantes aplicaciones. Lo que sí puede afirmarse es que esa colaboración está en la conveniencia de todos. Que Norteamérica necesita hoy de Europa, es evidente. Que Europa deba frotarse las manos ante la crisis del cine norteamericano, es menos claro; porque podría suceder que el hundimiento de ese imperio cinematográfico fuese el hundimiento del cine en general. Que los europeos piensen aprovechar la coyuntura y utilizar, a cambio dewsus servicios, los capitales, las grandes figuras y los oanales mundiales de distribución del cine norteamericano para promover e! suyo propio, es lógico, legítimo y posible. La situación está así. Todo permite Suponer, repito, que, aunque muy lentamente, la era de la competencia despiadada puede terminar. Porque otra vez los bárbaros están dentro de Roma: las cinematografías menores dentro del gran imperio que hasta hace poco controlaba absolutamente el cine americano. Pero conviene recordar, frente a desoríentadoras implificaciones, que eso no tiene que significar, ni significó necesariamente en la historia, destrucción, sino la posibilidad ds una fecunda colaboración. J. M. G. E. A -fc
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