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Hay un público nuevo... to habrá por todo el país una serie de salas con un aforo entre 150 y 600. Esta fórmula no equivale a la partida de defunción de los cines grandes, pertenecientes a las cadenas de proyección que presentan programas en serie. Porque si el total de espectadores disminuye, los ingresos de taquil n se mantienen o aumentan ligeramente. Hace poco, subieron los precios de las entradas, y, como término medio, la recaudación anual en todo el país supone unos diez mil millones de pesetas. Gracias a las nuevas tarifas ha sido posible asagurar la suma total de ingresos, aunque se vendieron diecisiete millones de en tradas menos que en la temporada pre. cedente. Según las últimas estadísticas, anualmente hay 272 millones de espectadores. Los propietarios de las salas lograron mantener el nivel de los ingresos, pero su intención no es reforzar el capital de las empresas o los dividendos. Las dos grandes cadenas de proyección- -el grupo Rank y el grupo A B C- -realizan obras de modernización en sus locales. Otros competidores más modestos- -como Granada y Essoldo- -han iniciado importantes mejoras en sus salas. Esa tarea de renovación, sin embargo, queda fuera de las posibilidades de los propietarios independientes, que explotan unos pocos locales. Las cargas de los impuestos y la competencia de los otros gigantes les van arrinconando, hasta el extremo de que pronto estará el terreno totalmente dominado por media docena de grandes empresas. L a situación económica de los propietarios es cada dia más inquietante y muchos aseguran que sería más provechoso declarar la quiebra para percibir el subsidio de paro. La misma corriente comercial que está barriendo al pequeño industrial amenaza con ahogar económicamente al dueño de una sala de proyección. E n Estados Unidos, el 25 por ciento de los propietarios de cines se llevan el 75 por ciento de la recaudación nacional. LA INYECCIÓN D E L DOLAR Este programa tan poco prometedot para los industriales modestos no coincide con las perspectivas risueñas de los productores cinematográficos. É n Inglaterra las quejas son continuas por la penetración creciente del capital norteamericano. E l dólar es el gran director artístico y comercial: las inversiones anuales representan unos siete mil millones de pesetas. E l consuelo es que sin esta enérgica inyección de dinero lá producción británica se vería reducida a unas proporciones mínimas. Se ha impuesto un estribillo para reflejar la situación: hay que animar las inversiones inglesas sin desanimar con ello a las norteamericanas. ¿Qué fruto producen los desvelos financieros de los realizadores ingleses? Un juicio generalizado es que el alud de dólares ha favorecido el progreso, pero no siempre en la dirección aconsejable. Se diría que hay una competencia muy reñida para ver qué director supera a los demás al presentar los temas escabrosos. Nací, queda velado a las c á m a r a s cinematográficas. E l vestuario femenino se reduc de forma alarmante, y el fenómeno afecta ya al masculmo, sin que el tema o las situaciones justifiqué ese fue- rarropa. E l abuso resulta evidente incluso en los tiempos actuales, cuando tedas las extravagancias enen su patente de corso. Aquellas licencias, sin embargo, no han contribuido a elevar el nivel artístico de las obras ni su valor recreativa La experiencia demuestra que ese A o r por el sensacionalismo aleja a itiájr espectadores de los que atrae. A veces no es posible escamotear situaciones atrevidas, porque son parte sustancial de determinados argumentos, pero parece ya norma habitual añadirlas a toda dase de producciones, sin respeto a la linea artística ni a la mayoría de los espectadores. E n su afán por atraer al público, hay productores que quieren convertir el cine en una droga como la marihuana o la morfina. La industria cinematográfica es incapaz de asegurar por anticipado el éxito de una obra, pero sabe muy bien asimilar la lección de la experiencia. Se puede hablar de una crisis del cine en general, que corre paralela con si brillante éxito artístico y comercial d e determinadas producciones. Hay un público nuevo, que frecuenta las salas de minorías o los locales de las grandes cadenas de proyección, preparado para discernir, para valorar, y, sobre todo, para rechazar el género inspirado tan solo por consideraciones comerciales. Afortunadamente, esa minoría es numerosa y gana autoridad para que el cine en abstracto se vaya poniendo al nivel digno de una sociedad moderna, como una manifestación artística capaz de expresar ideas y de alentarlas, sin dejar por ello de ser un espectáculo popular. Así habrá de ser mientras haya actores que cobren setenta millones de pesetas por intervenir en una obra, directores que exigen un millón de pesetas y presupuestos de producción que superan los dos mil millones. E l cine no requiere siempre ese baile de millones, pero el cine también es fábula y magia, A. B. Londres, octubre.
 // Cambio Nodo4-Sevilla