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irreconocible y pequeña- -Glermont- Fe rrand- Ambas, la capital de la misteriosa India y la ciudad de la provincia fran cesa misteriosa, sirviendo de tamiz para que por él vayan cayendo granos de ideas, Oriente y Occidente, la religión y la muerte en la civilización de la indianidad que Louis Malle quiere abordar en una serie de emisiones televisadas; la religión y la muerte también en la encrucijada occidental que Eric Rohmer quiere ir narrando a través de sus Seis cuentos morales el tercero de los cuales es esta película titulada Mi noche en casa de Maud Louis Malle ha abandonado esta vez Los amantes Ascensor para el cadalso o Vida privada para sumergirse, en forma completametne improvisada, en febrero de 1968, a través de una ciudad como Calcuta, paseando la cámara por caminos, documentos, condiciones de existencia, constrastes esenciales y flujos de ideas: fcCalcuta es una ruptura en mi carrera cinematográfica. He querido volver a un contacto con la realidad y borrarme detrás de ella. Calcuta no es un filme de autor. Nos hemos esforzado en establecer una relación viva entre lo que sucede en la pantalla y ios espectadores que comparten y prolongan nuestro trabajo. Tres personas ante Calculta: una reflexión individual. Cuatro personas, en cambio, ante Clermont- Ferrand en Manuit chez Maud de Eric Rohmer. Ciudad en que naciera Pascal, Pascal es leiv- motiv de la conversación. LOs contraluces de la vida- -deseo y renuncia, resistencia y entrega, fortaleza y debilidad- -sobre el marco de una ciudad como Clermont- Ferrand, en el que el tema de la esperanza matemática como debate entre un creyente y un ateo, una enamorada y una que desearía enamorar, son recogidos sutilmente por la c á m a r a que pasea también entre las ideas, a la busca de la invisible ciudad del cerebro y del sentimiento. Dos hombres c o n t r a corriente, Eric Rohmer y Louis Malle, ascendiendo cada uno desde un ángulo, los caminos de la Calcuta que suele esconderse y del alma a la que el cuerpo suele ocultar. Ambos realizadores, andando a tientas por entre los escombros amontonados de problemas, intrigados por esa luz oscura que emana del misterio. A N D R E CAYATTE Y FRANCOIS REICHENBACH Otros dos nombres, cara y cruz de la moneda misma en la que se acuña nues- tra vida. André Cayatte, con Los caminos de Katmandou y Francois Reichenbach, con Arthur Rubinstein o el amor de la vida Cayatte, aplicado a observar a jóvenes hombres viejos de veintidós años; Reichenbach, atento a miradas, palpitaciones, gestos y sonidos de un viejo hombre joven de ochenta y cuatro años, enamorado de la existencia, en cuyo centro está la música. Cayatte ha errado su golpe; Reichenbach lo ha acertado. E l autor de Ojo por ojo no ha conseguido esta vez descubrir con su pupila el secreto de la naturalidad; la prueba es que, dentro del mismo temario y proyectándose en París los mismos días, una película luxemburguesa como More ha penetrado con su aguja en lo auténtico, mientras Cayatte sólo ha pinchado la epidermis de lo sofisticado. La droga, o esa compleja experiencia del amor y de la huida de la vida, no ha convencido ni por medida justa ni por verdad, tratada esta vez por quien se ha dedicado tanto a cuestiones sobre la verdad o la justicia. Cayatte, apoyado en Jane Birkin, Serge Gainsbour o Elsa Martinelli, nos adentra por unos caminos irreales de Katmandou que si mantuvieran maciza, i, a sirena del Mississippi en cambio, su realidad nos conducirían por Nepal a creer en la irrealidad misma, Francois Reichenbach, por el contrario, usa otra droga distinta. Por unos caminos sin escenario, los sueños con los que hace despertar la sensibilidad del espectador los consigue a través de la fantasía. Es un virtuosismo de montaje el que cada segundo hace variar de forma el humo de presencias que Rubinstein despide. Reichenbach, el autor de América insólita México, México o el dibujante singuiar del perfil de Jean Moreau o de Orson Welles, toma ahora de frente y de espaldas, abajo y arriba, las manos y la vida de los ojos, las palabras y la vida de las manos, los ojos y la vida guardada en las palabras de Arthur Rubinstein? y es con ellas- -y con S t r a u s s, Beethoven, Schubert y Mendelssohn- -como va trazando sobre el papel blanco de la pantalla, con lápiz de colares, un cuerpo y su improvisación, ese largo concierto de una existencia múltiple cuya fascinación dura casi hora y media. ROBERT BRESSON Y JEAN FIERRE MELVILLE De los cuatro realizadores importantes de este primer grupo escogido, dos mantienen su tono, de calidad y dos cruzan muy brevemente una travesía del desierto, esperando unos logros mejores. Bresson emplea por vez primera el color en 1969, al narrar su historia de Una mujer dulce Relato de inspiración dostoievskiana, el autor riguroso del Proceso de Juana de Arco amante del detalle y del tempo marcado, sobrio, puro, tenaz, tantas veces hostil al actor profesional y tantas otras, dispuesto a dejar en libertad expresiones y matices del amateur que. participa, ha conseguido en Una mujer dulce una nueva obra plena de aciertos dentro de ese recinto acotado que es propiedad de Bresson. Intento de comunicación entre Bresson y el autor de Crimen y castigo los bajos íehdos de la condición humana se alternan en este filme con las aspiraciones y la dignidad y el temple d esa misma condición, Como Dostoievaki, Roben Bresson, inclinado sobre su propio enigma, ¡procura iluminar ciertas de sus honduras. 1 resultado es un jalón m á s en el severo sendero estético de este director. De Jean Pierre Melville, el reciente autor de El Ejército de las sombras ha de decirse que en c i e r t o modo, como Bresson, permanece voluntariamente solí tarlo, artesano minucioso y esmerado ele
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