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Detruire, ilit. elle Les chemins de Kathmandou zonas a que ambos nos habían acostumbrado. Se admira, o al menos se ama más, al Truffaut de Los cuatrocientos golpes o de Baisers voles que la historia entre exotismo y amor, encarnada esta vez por Jean Paul Belmondo y Catherine Denueve. A p e s a r de ser estas dos vedettes unas de las más cotizadas por el público, Truffaut no llega al corazón de los espectadores con este filme, Claude Chabrol, por su parte, llega, en cambio, hasta el espectador con su película Que la bestia muera pero su choque provoca una sacudida más cercana al desagrado que a la convicción. SIETE TÍTULOS, SIETE FORMAS, SIETE CAMINOS Quedan estas siete películas, escogidas aquí entre todas las del año, y que se abren cada una de ellas hacia un ángulo, siendo algunas el signo de un acierto y otras el ejemplo de una frustración. Es así Z de Costa- Gravas, el primer filme político que suscita pasión y polémicas en Francia; s así Slogan el primer filme sobre la publicidad considerada ésta desde el ángulo de la sátira; hacia otro punto distinto, sátira también, pero aplicada al amor físico, es la película de Gerard Pires, Erotísimo que presenta todos los admirables matices cómicos de Annie Girardot; desde otro plano- -el del actor experto que pasa a ser realizadorha de considerarse El americano pe lícula de Marcel Bozzuffi, que ofrece di versos altibajos en su desarrollo, pero que apunta asimismo esperanzadores aciertos; Margueritte Duras, la guionista de Hiroshima mon amour y novelista muy destacada, pasa, con Detruire, dit- elle a su primera experiencia total de realizadora, con fortuna también muy diversa en su ejecución; Dios ha escogido a París es prueba, por otra parte, de cómo puede ofrecerse un amplio documental auténtico de la gran vida de una gran ciudad, álbum copioso de imágenes que pocos podrían soñar con descubrir un día- -así, esos paseos de Tolstoi, Monet, Gide, Cocteau, Martin du Gard y tantos otros- rostros que son páginas de un libro cuya portada se abre en 1900 y queda cerrada en 1945. Así también- -como prueba esta vez de los errores en los que puede caer un cómico por exceso verbal y mímico, por falta de contención y exuberancia barroca- la película Hibematus en la que Louis de Funes, que suele desencadenar las carcajadas en este país, cruza el límite de la mesura y cae en el derroche agobiante de las películas cortadas a medida de un actor y no de ios actores que saben mantenerse en el recinto de sus películas. Si hubiera de elegir entre estos siete casos bien diversos, Z de Costa- Gravas, quedaría- -igual que el choque brutal que sufre ese líder, Z interpretado por Ivés Montand- -clavado con fuerza en el recuerdo. Película realizada por quien sólo lleva en su historia dos filmes, suspense policíaco y documento político, Z -en palabras de su autor- no es la defensa de una etiqueta o de un partido, sino la defensa y la lamentación por un hombre. Su ritmo, su montaje, su precisión, su fuerza interior, se apoyan a veces en cierto espectacular sensaeionalismo. Pero su potencia es innegable, y el pulso con el que la cámara es manejada ha sido bien reconocido. En medio de la pantalla francesa, cubierta muchas veces de elucubraciones de laboratorio o de concesiones conformistas, puede oirse y verse cómo resuena en e 1 silencio ese grito lanzado por el filme Z cuya voz es un tiro. J 3. P. ana técnica y un estilo impecables. El Ejército de las sombras evocación de la Resistencia francesa que hiciera Joseph Kessel hace años, ha sido el libro de cabecera de Melville. Ahora ha conseguido llevar a cabo un filme que mantiene en vilo al espectador; sin concesión ninguna a la espectacularidad exaltante. Melville es implacable con cuantas secuencias pedirían quizá un tratamiento ds compasiva misericordia, pero nunca este realizador se concede una décima de segundo más, que sería suficiente para atravesar la frontera del sadismo. Mesurado cuando es necesario, escueto, despojado de adornos superfluos, la fuerza de esta película está precisamente contenida en sus entrañas, y sólo gota a gota Melville la entrega. Con tal evocación sobre un pasado doloroso, Melville parece estar diciendo a cada espectador esa frase que el ama: Malos recuerdos, venid; vosotros sois mi juventud lejana Tras Bresson y Melville, tanto Frahgois Truffaut con La sirena de Mississippi como Claude Chabrol con Que la bestia muera no han alcanzado este año las NT Annie G i r a r d o t y Jean Yatine
 // Cambio Nodo4-Sevilla