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mero de Torres y otros muchos escritores y artistas) visto los éxitos de que venía precedido Terremoto, el sorprendente veroniquear de que hizo gala en esta corrida y el dilatado tiempo que sus lesiones (de dos a tres meses) y debilidad orgánica le retendrían en Madrid, le tributaron un homenaje en el restaurante Ideal, del Retiro, cuya convocatoria, firmada por los anfitriones, decía: Ya que Juan Belmonte se encuentra entre nosotros, hemos juzgado necesario obsequiarle con una comida fraternal en los jardines del Retiro. Fraternal, porque las artes todas son hermanas meUizas, de tal manera que capotes, garapullos, muletas y estoques, cuando los sustentan manos como las de Juan Belmonte y dan forma sensible y depurada a un corazón heroico como el suyo, no son instrumentos de m á s baja jerarquía estética que plumas, cinceles y buriles, antes los aventajan, porque el género da belleza que crean es sublime por momentáneo, y si bien el artista de cualquier condición que sea se supone que otorga por entero su vida en la propia obra, sólo el torero hace plena abdicación y holocausto de ella, y en esto pudiera parangonarse con el político perfecto, según apotegma de don Antonio Maura. Pero, por desgracia, los apotegmas do FRANCISCO FLORES GARCÍA bre del oficio de escribir. Parece mentira que casi nadie se acuerde de una inmensa pléyade de nombres que fueron firma de primera fila en las letras españolas hace poco m á s de cincuenta años. E l elenco, por desgracia es ilustre y numeroso. Sit transit gloria mundi. Y en estos días he tropezado con la figura de un hombre que me fue familiar en m i niñez. Murió trágicamente? con las dos piernas seccionadas por el tren, cuando esperaba en la estación la llegada de su entrañable amigo, el actor insigne- -ya borrado también- -que fuera Enrique Borras. Intimo amigo también de m i abuelo materno- -conservo sus libros dedicados- le oía contar cosas y anécdotas de esta figura desaparecida antes de la década de los felices veinte. Malagueño de nacimiento, tuvo oficio de cajista, que abandonó para dedicarse de lleno a la literatura. Como político, fue extremista, batallando ardorosamente desde la Prensa lo que le valió persecución y destierro. Triunfante la primera República, fue nombrado gobernador civil. Con la madurez y la serenidad, abandonó las lides políticas para consagrarse por entero a la pluma. De ella brotaron más de setenta obras teatrales y ocho libros de memorias, narraciones, cuentos y novelas. Muchas de sus obras alcanzaron el éxito y el favor del público durante muchos años, aunque nadie tenga hoy ni idea de ellas. Además fue director artístico del teatro Lara. Nada queda ya de aquel montón de páginas que en su época parecieron eternas. Dura lección para los que hoy están en candelero con afán de perennidad. Como periodista lo encuadramos en aquella prensa de 1870, revolucionaria y de combate. Y llena de pintoresquismo y de hambre. Por aquellas calendas le vemos colocando algún que otro artículo en la Ilustración Republicana Federal La Federación Española p en La Igualdad Únicos periódicos en que podía colar colaboración, y gracias a su maestro Roberto Robert. Le dan treinta duros, con los que puede pagar a la patrona un mes adelantado de pobre pensión- -noventa peseta- -y le quedan dieciocho duros para tirar en la calle con dos pesetas diarias. Y como más cornás da el hambre intenta entrar en la Redacción de aquel venenoso libelo que se llamó El Combate pese a estar completa. Ramón Cala le dijo que era muy fácil: escribir un artículo que metiera ruido y diera un escándalo. ¡Esto es un periódico que lleva once números y de ellos nueve habían sido denunciados! Pero cuál sería el extremismo juvenil de Flores García para que el número 11 del periódico tuviera el honor de que no sólo el Juzgado secuestrara la edición, sino que fuera a la imprenta a destruir los moldes. La Policía le busca, aunque lo hayan premiado nombrándole secretario de Redacción y le regalen un re. volver con incrustaciones de oro y plata. Curioso periodismo y política la del último tercio del X I X Los redactores tenían al lado de las cuartillas el revólver cargado y la mirada de alarma. La partida de la porra se encargaba de ajusfar cuentas m á s estrechas que la Policía, Azcárraga, director de El Papelito peartículo elogio fúESTEnebre sobre podría ser un servidumla grandeza y riódico carlista del tipo libelo, publicó un artículo sobre la esposa del gobernador de Madrid, y fue asesinado cuando huía de la Redacción dentro de un coche d ¿caballos. Eran tiempos en que a hombres de la talla de Prim o don Nicolás María Rivero se les tachaba desde las columnas de una Prensa desbocada, de tiranos, ESCRITORES OLVIDADOS 1913. -Belmonte, mitad señorito y mi tad flamenco (pajarita y sombrero ancho) deja entrever, novillero en auge, su claro optimismo. nuestros políticos nos merecen poco crédito. Consideramos 2 a tauromaquia más noble y deleitable, aunque no menos trágica, que la logomaquia- -esto es, política española- y a Juan Belmonte más digno del aura popular y el lauro de los selectos que la mayor parte de los diestros con alternativa en el Parlamento Bien, bien pudo decir el Guerra, cuando se lo contaron, que aquello no lo había hecho él ni Lagartijo. Por eso nosotros, admitiendo como buenas, por pronunciadas, las supuestas palabras del Guerra, y por únicas e irnspetidas las cinco verónicas sin enmendarse, de Terremoto, calificamos la histórica novillada como la segunda cumbre cenital de Juan Belmonte. T. L. borrachos, estafadores y ladrones. Idéntico y académico lenguaje al que se empleaba en las Cortes. La carrera de periodista era dura; durísima para poder escalar. Por recomendación de don Francisco P i y Margall, entra en La Discusión como redactor de tijeras y obleas, con quince duros al mes, para cortar noticias de otros periódicos y pegarlas en cuartillas. Así hasta que don Estanislao Figueras llega una noche y lo mete en Sueltos Políticos con veinticinco duros mensuales. Y al mes ya era uno de tantos para artículos de fondo, con cincuenta duretes más de aumento. E l director, un tal Bernardo García, firmaba con su nombre el artículo que m á s le gustaba de sus redactores. El sueldo, cuenta Flores García, que era nominal, pues sólo percibía pequeñas cantidades a cuenta para ir tirando. Por cierto que al quejarse en vano al director de que se adornara con plumas ajenas, lo amenaza con enviar un suelto a La Correspondencia de España notificando que el artículo que aparecía en La Discusión era suyo y no de García. Este, al verlo inflexible, pregunta cuánto le deben de atrasos, le entrega dos mil ochocientos reales que importaba y lo convida a comer en la Fonda Peninsular. Y no se volvió a hablar más del artículo, pero tampoco volvió a firmar ninguno sin ser suyo. El 11 de febrero de 1873 las Cortes proclaman la República, por renuncia a la Corona del Rey Don Amadeo, y don Estanislao Figueras llama a su despacho para felicitarlo por su campaña de pediodista y ofrecerle lo que quiera. Ya que se presenta usted en tan buen terreno, quiero la presidencia de la República, dice Flores García. No puede ser, porque ya la he acotado para mí. De ahí para abajo, pídame lo que quiera Y sale nuestro periodista de flamante gobernador para un lugar de la Mancha. Pintoresco anecdotarío de un periodista, que ya sólo es ceniza, igual que sus escritos perdidos en el osario de librerías de viejas y mohosas estanterías. Así es la vida literaria. Flor de un día. Joaquín DOMÍNGUEZ M A R T I N
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