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La ciudad Rincones para la lectura en el Parque Ahora quetontose habla de conjugar naturaleza y cultura, de encuadrar la actividad creadora del hombre en los marcos de la vida espontánea que sólo alimenta el aire y el agua, seria buen momento para devolver su dinamismo a las glorietas del Parque de María Luisa en las que se incluyeron todos los elementos necesarios para un reposado rato de lectura. Unas cumplen su función- -pocas- otras están olvidadas, deterioradas o derribadas. Pero conviene no olvidar que en tiempos en los que los índices culturales de la población estaban muy por debajo de los actuales, los cuidadores del conjunto urbano de Sevilla pusieron estanterías de azulejos al aire libre, como testimonio de una elogiable intención. Y, precisamente, en el gran jardin público de Sevilla. Al que, por cierto, parece que quieren volver los sevillanos. La glorieta de Torcuato Luca de Tena es la más utilizada y mejor dotada. Puede solicitarse un libro o la prensa del día para ver la vida desde las letras perennes o de actualidad. Una señora atiende a los ciudadanos interesados en emplear su tiempo libre en informarse y formarse, respirando aire limpio y escuchando el gorjeo de los pájaros. Polígrafo, cervantista, bachiller de Osuna y gran estudioso del folklore, Rodríguez Marín cuenta con un retablito y los consabidos bancos de ladrillo, hierro y cerámica. En pleno centro del conjunto, y bajo la imagen del erudito, el espacio dedicado a los libros. En la plaza de América se construyó un merendero en el que cada azulejo representa una escena del Quijote A l igual que ocurre c o n cada una de las provincia- sen la Plaza de España, se tuvo presente la pequeña librería. Eran los tiempos de la Exposición Iberoamericana. C o m o un amplio navio, con su estanque en el centro, la explanada dedicada a los hermanos Alvarez Quintero luce a ambos lados del emblema de los escritores- -los dos veleros hacia el mismo viento- -unas elocuentes estanterías. Hace ya mucho tiempo que junto al monumento a Bécquer no existe el tradicional anaquel de mármol blanco que tutelaba una f uncionaria del Ayuntamiento. Sólo queda esa decadente huella q u e e s e l pie y el vastago, solitarios y símbolos del poeta en cuya glorieta, efectivamente, habita el olvido A B C 22 septiembre 1981. En un extremo de las Delicias de Arjona, junto al Instituto Murillo, y bajo una acacia, un recoleto semicírculo ofrece a las estudiantes la oportunidad permanente de aprovechar un espacio entre dos clases para repasar los poemas del autor que se estud P. 11
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