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por José María Vázquez Soto Don Juan de Cervantes Segundo cardenal Sevillano, de la vieja prosapia de los Cervantes y Bocanegra. Sus antepasados se cuentan entre los repobladores de Sevilla. En el Repartimiento figuran los Cervantes como caballeros de las mesnadas del rey Santo, y siempre fueron leales servidores de la Casa Real. Su padre, que fue veinticuatro de la Ciudad, cuidó con esmero la educación de su hijo. Estudió en Salamanca, graduándose doctor en Decretos. Al poco tiempo de haber vuelto a Sevilla fue arcediano de su Iglesia, más tarde obispo de Avila, y en 1425 el Papa Martino V lo creó cardenal con el titulo de San Pedro Ad Vincula. El Pontífice, que lo quiere cerca de Roma, lo nombra obispo de Ostia, reteniéndole al mismo tiempo el obispado de Avila, a donde Cervantes quiere marchar sin conseguirlo. Muerto Martino V, su sucesor, Eugenio IV, le niega también la licencia para reintegrarse a Avila. ¡Tan valiosa cree su ayuda! Actuó como legado pontificio en el Concilio de Basilea, hasta la sesión 26; después el Papa le suspende la delegación, no actuando ya en el Concilio de Florencia. Eugenio IV le había juzgado cómplice en las disposiciones que ayudó a elaborar Cervantes junto a otros padres conciliares, y en castigo le suprimió honores y dignidades. El cardenal se justificó, convenció con sus pruebas y fue restituido a la gracia y amistad del Pontífice. El sigue pensando en marcharse a su obispado de Avila, ahora más D. Juan de Cervantes representa una parte importante del Renacimiento español. En la maravillosa obra de Lorenzo de Mercadante está su mejor retrato. El eximio humanista Piccolomini, más tarde Pío II, cuando aún no era clérigo sirvió de secretario en Roma al cardenal Cervantes. que nunca. Por fin, el Papa accedió a sus pretensiones, y creyéndole muy útil en Castilla, accedió a encomendarle ciertos asuntos que concernían al rey D. Juan y regresó a España. Ha dejado en Roma los mejores años de su juventud y no pocos amigos, entre los que se cuentan Eneas Silvio Piccolomini, un gran humanista que fue su secretario y que con el tiempo llegará a ser Papa con el nombre de Pío II, y es el único Pontífice que nos ha dejado su propia autobiografía. Después de haber permutado D. Juan de Cervantes su obispado de Avila por el de Segovía, al vacar la sede de Sevilla en 1448 el cabildo hispalense se apresuró a elegirlo como arzobispo. No agradó al rey la pre- tensión de los capitulares sevillanos, que habían puesto con ilusión los ojos en el que fue su antiguo arcediano. El monarca parecía molesto porque no se le había consultado antes, pero la verdad era otra: Detrás estaba, como siempre, el condestable, que deseaba el arzobispado para su pariente Don Rodrigo de Luna Por motivos políticos, Nicolás V no quiso confirmar la elección, pero la muerte del arzobispo de Santiago resolvería el conflicto: Dieron a D. Rodrigo de Luna la administración perpetua de Santiago y al cardenal Cervantes lo dejaron en paz en Sevilla. Tan pronto como tomó posesión renovó su piedad y caridad con el pueblo sevillano. Favoreció con cuantiosas sumas las obras de la Catedral, confirió órdenes sagradas, administró sacramentos, labró a sus expensas la capilla de San Hermenegildo, señalándola para su sepultura y dotándola de ricos ornamentos, orfebrería, reliquias y servicios religiosos. Devoto de la Pasión, fundó una cofradía en la iglesia de Nuestra Señora del Valle, y protegió a las órdenes religiosas. Su caridad parecía no tener límites: Todas las rentas de sus bienes Ábside de la catedral de Avila. eclesiásticos las distribuyó a los pobres, para los que fundó un hospital muy bien dotado y modélico en su tiempo. Ocupaba toda su vida en obras de piedad. Sepultura del Murió el 9 de noviembre de 1453. cardenal a los 71 años, enterrándose en la Cervantes en la capilla de San Hermenegildo. La Catedral de ciudad entera concurrió a sus Sevilla, obra de funerales y le recordó por mucho Lorenzo tiempo. Al extinguirse con el Mercadante. tiempo, su hospital perduraría su recuerdo en el nombre que llevaba una sala del Hospital Provincial de las Cinco Llagas: Sala del Cardenal, y en la calle que aún continúa rotulada a su memoria. (Continuará. 23 ABC 29 septiembre 1983
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