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EDITADO PRENSA SOCIEDAD 1 D POR ANÓNIMA R I D ESPAÑOLA, FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA ABC se hace preciso contrarrestar tanto poder con construcciones. El sistema democrático, bien es sabido, se funda en la igualdad tanto como en la libertad. Las leyes suelen ser filtros que se ponen a la potencia descomunal de esta última. Y no faltan las restricciones a la igualdad: los ciudadanos, por ejemplo, no hacen las leyes, sino los diputados en quienes han enajenado, por un tiempo preciso, su derecho a la igualdad. Ni los diputados firman decretos, sino aquellos, sus iguales, en quienes delegaron para gobernar. Sin tales cortapisas a los derechos cívicos fundamentales no habría democracia, sino caos. Pues si esto ocurre, ¿por qué no es democrático que un poder democrático confíe directamente ciertas instituciones, en que la pericia es fundamental para el país, al gobierno de los peritos? ¿Por qué el sufragio universal ha de seguir actuando allá donde ya no cuenta sólo la condición de ciudadano, sino primordialmente un conjunto de aptitudes que resultan del talento, del saber, del trabajo y de la experiencia? Decretar la igualdad sin restricciones donde no existe sólo puede hacerse allanando con brutalidad lo eminente. Y eso está ocurriendo tal vez en muchas parcelas del entramado social, y de seguro en aquel donde actuó: la Universidad. Una sola muestra: la reciente ley prescribe la formación de un claustro constituyente, que tendrá la misión delicadísima de redactar y aprobar los Estatutos de cada Universidad. Pues bien, si las previsiones del Rectorado de la Complutense se cumplen, sólo la mitad de dicho claustro tendrá el título de doctor. Y es perfectamente posible que no figuren en esa mitad ni un solo catedrático, ni un solo profesor titular. Será fácil convencer al país de que, en ambos cuerpos, pululan los ineptos; más difícil será persuadirlo de que en ellos no figura la mayoría de nuestros mejores científicos. Que no harán probablemente nada para ¡orsa REDACCIÓN, ADMINIS- TRACIÓN Y TALLERES: CARDENAL ILUNDAIN, 9 S E V I L L A DE TENA A B C es Independiente en so linea de pensamiento, y no acepta necesariamente como soyas las Ideas vertidas, en los artículos armados ¿P O ñ qué es la democracia la menos mala de las formas de gobierno, según el conocido diagnóstico de Winston Churchill? ¿Por qué ha de tener algo de malo la más razonable organización política que se han dado los pueblos? Parece obvia la respuesta: los defectos no son achacables a la institución, sino a sus gerentes. Vituperarla es tan injusto como culpar al piano de la torpeza de los dedos. Además, cuenta con prudentes mecanismos de defensa contra las malas dtgrtalizaciones: si fracasa el partido gobernante, cabe abatirlo en los siguientes comicios; caso de nuevo fallo, se ofrece ocasión de repararlo pocos arios después, y así sucesivamente. Lo único que enturbia el transparente método es la posibilidad de que se haga forzoso cambiar de partido en cada legislatura. Eventualidad que no parece ni improbable ni remota. k LA ÚNICA SOLUCIÓN Pero aun asi la sociedad habrá salvaguardado, por lo menos, el don precioso de la libertad. Aunque, claro, la libertad es tan imprescindible como insuficiente. La democracia sirve para fundar, sobre una base libre, un país mejor; esto es, más próximo no a un ideal abstracto, sino a la realidad concreta que se admira en otros países obviamente mejor organizados. A los sistemas ideales sólo se camina- -sin alcanzarlos nunca- -mediante dictaduras, y ya sabemos por qué barrancos. La democracia debe conducir a objetivos más modestos y asequibles: ha de permitir a las sociedades subir la rampa, penosa a veces, que las eleva cada día un palmo más. ¿Puede permitirse tener defectos, ser sólo el sistema menos malo? Y puesto que existen, ¿no agradecería mucho el pueblo que, quienes pueden y saben, meditaran en ellos? Pero andan muy enzarzados con los problemas y con sus problemas, y no pueden desenredarse para reflexionar. Sería, además, temible que las conclusiones resultaran contrarias a sus intereses Porque bien pudiera ocurrir que una de ellas fuera ésta: la democracia debe establecer sus propios límites. Quiérese decir que, partiendo del sufragio universal como principio inalienable, y reservando también otros ámbitos a la acción electoral, parece clara la existencia de franjas de actividad social cuyos responsables deben serlo sólo por su propia y reconocida autoridad. Lo cual no equivale a darles patente de omnímodo albedrío, porque a nadie puede dar tanto una nación. Ni la democracia, ni nada en ella, puede escapar a una verificación de resultados. Es un mecanismo demasiado potente y, por eso, capaz de generar tanto lo óptimo como lo indeseable. Esto ocurre con muchas hipótesis científicas y ABC 19 octubre 1983 MUEBLES D E ESTILO DISEÑOS ORIGINALES CREACIONES POR ENCARGO A S U N C I Ó N 29 puesto en el claustro; a ciertas alturas de la propia estimación no se llama a las puertas sin ser invitado. Y la Universidad se habrá privado temerariamente de la opinión de muchos de sus maestros en nombre de una inexistente igualdad. Esto es un mínimo ejemplo de lo que ocurre en un sector tan decisivo para el país. Hace muy pocos días un solvente investigador, Juan Oró, ha proclamado por televisión una verdad estremecedora: en producción de ciencias estamos, con Portugal y Turquía, a la cola de Europa. Así lo dijo, y no sé que tal afirmación haya compartido titulares de Prensa con las aburridas, aunque a veces terribles, noticias ordinarias. Lo que Juan Oró denunciaba es que España está a punto de dar encéfalograma plano. En los desprecios internacionales, y en muchas manifestaciones de los que a nosotros mismos nos hacemos, ¿no cuenta ese lugar que ocupamos en la escala de lo auténticamente respetable? Lo que yo percibo entre muchos de mis más eminentes colegas es un creciente desaliento. Su capacidad para influir en los destinos de la Universidad, de su propia Facultad y, a veces, de su departamento ha mermado alarmantemente. Combatiendo su presunta, y a veces auténtica prepotencia estamental, se ha llegado casi a privarles de opinión. El caso del claustro constituyente ejemplifica bien el pendulazo. ¿Qué ocurrirá cuando el desánimo sea total? No faltan ocasiones en que cabe sospechar que es eso lo que se busca. Quizá no existe más que una solución, y no sólo para la Universidad: hay que ilusionar a los mejores. Que no son siempre- -pero sí frecuentemente- -los que cuentan con un título administrativo, sino quienes han probado serlo. A ésos hay que ilusionar, por e l simple expediente de otorgarles responsabilidad, con una razonable capacidad de iniciativa, decisión y gobierno. ¿No e s éste el cambio que hace falta? ¿No será menos imperfecta la democracia si sirviera para encomendar la gestión de cuanto debe estar libre de lo accidental pol í t i c o a l o s m á s c a p a c e s? Llevamos muchos decenios confiando a las clientelas de los gobernantes los más delicados resortes del progreso; io normal ha sido que lo frenaran. Allí no estaban los mejores, sino los adictos; porque los mejores no suelen tener tiempo para adherirse. Ya es hora de que, e n e s a nueva ascensión que aguarda, s e elija como guías no a los clientes, sino a los excelentes. No habría cambio comparable: España sería otra. Fernando L Á Z A R O C A R R E T E R De ¡a Rea: Academia E s r a- 3
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