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EDITADO SOCIEDAD D A POR ANÓNIMA R I D P R E N S A ESPAÑOLA, FUNDADO ABC EN 1905 REDACCIÓN, ADMINIS- TRACIÓN Y T A L L E R E S CARDENAL ILUNDAIN, 9 S TORCUATO LUCA E V I L L A POR DON DE TENA B C es independiente en su linea de pensamiento, y no acepta necesariamente como suyaa lag Ideas vertidas en los artículos firmados generación del 98 significó en sus comienzos, al acabar el siglo XIX y empezar el nuestro, una innovación que tuvo no poco de escándalo; hoy, a fuerza de lecturas, estudios, tesis y conmemoraciones, esa impresión casi se ha desvanecido, y conviene renovarla; pero más aún interesa precisar en qué consistió esa transformación inesperada. Si se compara a los autores del 98 con los anteriores, sorprende su pobreza de recursos, cierto primitivismo que, paradójicamente, se siente heredero de una larguísima tradición, ya inerte, que hay que reconquistar. La actitud del 98 es quedarse en los huesos, es decir, en lo esencial. Era hombre esencial el supremo elogio de Hernando del Pulgar en sus Claros varones de Castilla, se podría decir, como escritores de los de esta generación. L A EL INCONFORMISMO DE LOS GÉNEROS LITERARIOS de los géneros literarios. Es precisamente lo contrario de lo que había hecho la literatura del siglo XIX, que era, no se olvide, la vigente cuando los del 98 empiezan a publicar, y todavía hasta el comienzo de la primera guerra mundial. En esa literatura había habido considerable innovación- h a bría que hacer su inventario- pero guardando las formas es decir, los géneros. Desde el Romanticismo no se había osado- y empleo esta palabra, porque hacía falta mucho atrevimiento- se había hecho, pero sin que lo pareciera. ¿No recuerda esto la actitud moral que ahora se llama victoriana La novela realista, por ejemplo, entra de puntillas en España, aliada con el costumbrismo, sin atreverse a presentarse como verdadera innovación. Tiene que justificarse fuera de la literatura, como documento o historia No digamos lo que sucede con el naturalismo, y que resulta bien claro en La cuestión palpitante, de Emilia Pardo Bazán, y más aún en la respuesta de Valera, Apuntes sobre el nuevo arte de escribir novelas (1887) libro que leí hace más de medio siglo y que no parece muy frecuentado por los que deberían conocerlo bien. Quiero decir con todo esto que el escándalo del 98 es previo a lo que dijeran sus autores (y en este sentido, el menos escandaloso es, sorprendentemente, Baroja) La innovación capital reside en la manera de escribir: más aún, de ponerse a escribir. Son escritores, desde antes de poner la pluma en el papel, en otro sentido que el usado; por tanto, insólitos o insolentes, indecentes. Pero ese inconformismo radical- por serlo, y no una convención- no los lleva a redactar manifiestos, sino libros: poemas, novelas, dramas, ensayos. Compárese este tipo de inconformismo con los que aparecen, uno tras otro, desde un par de decenios después, desde el surrealismo en adelante. Y mídase la carga real de innovación- y de v a l e n t í a- que había en todos ellos La indecencia de los escritores del 98- los llamados, con un denuesto, modernistas según muestran bien a las claras los escritos juveniles de Azorín y de ValleInclán. sobre todo Luces de bohemia- era mucho mayor, más honda y grave, que la de los románticos. La de estos consistió sobre todo en hablar de sí mismos. Los autores del 98 hacen otra cosa más extraña, y que los románticos rara vez hacían: no h a b l a n de sí m i s m o s s i n o desde sí mismos. Unamuno combina ambas cosas, y ese es su mayor riesgo, salvo cuando verdaderamente acierta, y entonces alcanza una terza e intensidad que lo hace seguir viviendo, tantos años después de su muerte. Lo decisivo es el desde: las páginas de estos escritores brotan de su mismidad, no de un yo impersonal, mero sujeto del decir, ni tampoco de un yo- personaje que hace confidencias en voz alta, a veces a gritos, con un ingrediente de histrionismo. Entre los románticos, su propensión a contamos cosas con frecuencia no verdaderas, su exhibición de una intimidad no deseada, parece muchas veces una intrusión en la nuestra. No se suele ver que el impudor, lejos de revelar la intimidad, la destruye, porque presenta una realidad que no tiene intimidad. (Nuestra época, no en la literatura, pero sí en los usos y en los espectáculos, representa una devastadora recaída en esto. El autor que habla desde si mismo, hable de lo que hable, y aunque no nos cuente nada de su vida, la presenta, la comunica, la introduce en su obra sin exhibirla. No cuenta su vida: escribe con ella. El lector, sin una sola anécdota, asiste a ella, siente su inmediatez, el carácter único que pertenece a toda vida; por eso, cuando se escribe así, se es original aunque no se quiera- sobre todo si no se quiere- La consecuencia literaria de esto es lo que bauticé como calidad de página y que consiste en que el autor está presente en cada línea, escrita por él mismo, no por la gente por los usos del tiempo o de una escuela; esa condición que, al poner la mano sobre el papel, nos hace sentir el calor, el temblor, el estremecimiento de una vida. Esta calidad es la que casi siempre faltaba a los escritores de la época anterior, lo que nunca les perdonaron, por grandes que fueran sus méritos, los irremediables inconformistas del 98. La situación de naufragio, el estar en una situación- límite les dio las condiciones históricas y sociales para la genialidad (quiero decir para la necesidad de la genialidad) pero hizo falta además un azar la existencia táctica de unos cuantos individuos efectivamente geniales, capaces de usar con extraña autenticidad de sus dotes, que no tenían que ser forzosamente extraordinarias. A mi juicio, lo que fue decisivo fue, antes de lo que realmente escribieron, lo que en cada caso iban a escribir. Es decir, los géneros literarios, que no son asunto de clasificación, sino, como Ortega vio muy bien, las direcciones de la generación estética Desde que empiezan a escribir los autores del 98 se produce una extraña confusión. Repárese en los nombres que van inventando para nombrar sus producciones: Unamuno escribe nivolas; Valle- Inclán, primero sonatas, luego comedias bárbaras, finalmente esperpentos y farsas, y acabó por no encontrar nombres genéricos para lo más propio; Juan Ramón Jiménez y Ortega, en sus libros juveniles, casi simultáneos con los de la generación del 98, hablan de elegía andaluza (Platero y yo) o de salvaciones (Meditaciones del Quijote) A veces no hay nombres especiales, pero se ensaya en diferentes direcciones, se recrean las formas existentes. Esta ruptura con lo consabido explica la impopularidad de estos autores, la incomodidad que los caracteriza. Tenían singular capacidad de irritación, y es admirable cómo Valera, ya muy viejo, tuvo flexibilidad e inteligencia para acoger con buen humor y simpatía a estos noveles escritores. Unamuno dice expresamente que se proponía hacer que todos vivan inquietos y anhelantes Todos lo hacían, aunque fuese sin querer, sin excluir a Azorín. El resultado era por parte del lector no saber a qué carta quedarse. Esta es! a mayor innovación del 98, su suoremo inconformismo: el inconformismo ABC M a r t e s 11 s e p t i e m b r e 1984 CATRASA Luis Montoto, 157 Tfno: 576880- SEVILLA Julián MARÍAS de la Real Academia Española
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