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EDITADO POR P R E N S A ESPAÑOLA, SOCIEDAD ANÓNIMA 26 M A R Z O 1985 J FUNDADO ABC v m B JL- 0 ti REDACCIÓN, ADMTNIS M M m TRACION Y TALLERES: CARDENAL ILUNDAIN 9 SEVILLA EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA N 1 875 el J u rado de los p r e m i o s a la Virtud, de la Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, concedió a Fernanda L... mil reales por su heroísmo maternal, según consta en un pequeño y amarillento diploma, a cuyo pie firmaron el director, el censor y el vicepresidente general. Se tuvo en cuenta para la concesión del premio el hecho de que Fernanda L. oriunda de V... pueblo de la provincia de Madrid, y llegada a la Villa y Corte con sus padres años antes en busca de trabajo, al enviudar, tras larguísima enfermedad de su marido, y quedar en la miseria, consiguiera sacar adelante a sus seis hijas sólo por medio de su trabajo de lavandera y costurera, con grandes esfuerzos y sufrimientos, sin recurrir a la prostitución ni contraer nuevo matrimonio. Había nacido la última de las seis hijas de La Rubia, como eran conocidas en Lavapiés, el 5 de febrero de 1860, día de la toma de Tetuán, acogida en toda España con delirante entusiasmo, y, como consecuencia, la desgraciada Fernanda L... se vio muy desasistida en el parto. Este adverso signo de su nacimiento gobernó fatalmente el doloroso calvario que fue la vida de la última hija de La Rubia. Duros trabajos desde la infancia, pagados con hambre y con miseria, desavenencias matrimoniales, nueve hijos muertos antes de cumplir los doce años, horrible y vergonzosa enfermedad de uno de los supervivientes, desengaños y penas causados por los otros. -No puedo llorar más, porque tengo callo en el corazón- l e s decía a sus antiguas vecinas años después cuando iba de visita. Y su nieto lo escuchaba. Como el de los mil reales de la Matritense que recibió su madre, este nieto fue un premio para ella, aunque demasiado tardío- sesenta años tenía ya Carolina G que la providencia le enviaba para consuelo de los malos tiempos pasados y motivo y esperanza de los que le quedaban por vivir. -L o que el chico debe leer- d e c í a cuando la II República (había visto ya la primera, la entrada de Amadeo en Madrid, la Regencia, la dictadura... -es Los miserables, de Victor Hugo, en vez de esas tonterías que lee. Las tonterías que leía el chico eran las aventuras del detective Sexton Blake, las novelas de Edgar Wallace. Había ya pasado por Salgari y por los folletinistas, que le apasionaron. Eugenio Sue, Xavier de Montepin, Wilkie Collins, Paul Feval, Alejandro Dumas, Michel Zevaco le enviaron a los últimos puestos de la clase durante el repugnante, torturador Bachillerato. E HOMENAJE A VÍCTOR HUGO ¿Los miserables? -decía la hija de Carolina G ¡Sabe Dios dónde estarán! -T u padre los tenía. Están en el baúl de la buhardilla. Tu abuelo- l e decía la abuela al nieto- aunque para el trato era una bestia parda, tenía talento. Otra cosa habría sido de él si hubiera podido estudiar. Y siempre dijo que todo el mundo debería leer Los miserables. Y estalló la incomprensible guerra civil. Y los milicianos tirotearon la casa porque en la planta baja estaban los escaparates de un imaginero, con sus santos policromados. Y a un pariente de los del pueblo de V... de oficio carpintero, lo mataron otros obreros porque escondió en su casa una casulla. Y los militares sublevados bombardeaban el barrio. Era peligroso salir a la calle y el nieto debía entretenerse leyendo. Le autorizaron a subir a la buhardilla, abrir el baúl y bajar los libros. Sintió él con la lectura de Los miserables que se le abrían las puertas de la realidad, de la más dolorosa realidad, cerradas o entornadas durante la infancia. Ignoraba que Victor Hugo era un romántico- s e ha dicho que el Bachillerato fue inútil- y que la oposición al romanticismo se llamó realismo. Con sorpresa seguía los vericuetos de aquel folletín en el que los personajes le parecían seres de carne verdadera y de sufrimientos cotidianos; materias con las que nunca había pensado que se pudieran hacer novelas, mucho menos novelas de aventuras, de aventuras grandiosas. Le irritaba con frecuencia la morosidad del relato, la delectación en los pormenores. Le faltaban meses para el descubrimiento de Azorín. Años después, se enteraría de la existencia de Marcel Proust y, antes de leerlo, de cuál era su mérito, su aportación. Y pensaría: ¿No era eso la desesperante descripción del convento del Pequeño Picpus? ¿Por qué Victor Hugo perdía tanto tiempo en contar cosas que no tenían nada que ver con la trama, con la historia princi- adolescente la lectura, abandonar no podía no tenía nunca ganas de abandonarla. Porque, aunque él no lo advirtiese, todo tenía que ver, todo en el mundo, en la vida tiene que ver. Ese era el mensaje, como sería moda decir años después. El obispo de D... Jean Valjean, Gavroche, Enjolras fueron sus amigos, sus vecinos, sus compañeros; con ellos pasaba las larguísimas horas de encierro, con ellos comía, aunque le dijeran: Comiendo no se le lee con ellos esperaba el sueño. Quizá en el colegio de curas le habían explicado lo de la lucha del bien contra el mal, pero quizá los curas fueran más torpes que Victor Hugo y a él no se le había quedado. Ahora, sí; ahora comprendía que la finalidad de la Historia y, sobre todo, la de la existencia de cualquier hombre, debía ser la extirpación del mal. Primero, descubrirlo, desenmascararlo. En seguida, y para siempre, luchar contra él. Y comprendía la antes incomprensible guerra civil. No sabía el nieto que esta lectura sin pausas de la gran novela, del gran monumento de la inteligencia y la generosidad humana, había de marcarle para siempre. Suponía quizá, ahora no lo recuerda, que en su vida de lector encontraría abundantes obras que elevaran su intelecto y su espíritu tanto como ésta. A lo largo de los años, tras aprender que Los miserables es una obra muy desigual, folletinesca, melodramática, desordenada y caótica, muchas veces artificiosa, maniquea, y que su autor, voluntario de la pobreza en su juventud, se instaló en la madurez en un palacio y vivió a lo gran señor, ha podido comprobar que aquella especie de novela por entregas, de película de episodios, era muy difícil de igualar en su aliento poético, en su percepción de la injusticia, en su comprensión de la, remediable, miserabilidad del hombre. Hoy, cuando el nieto es abuelo, quiere rendir un homenaje al poeta, al genio, en el año del centenario de su muerte. Se le ocurre uno muy modesto. Como hace años con hambre y bajo las bombas, hoy en su hogar confortable abre el libro, ahora encuadernado en piel y no en la vieja edición popular de Sopeña, y de nuevo empieza a leer: En 1815, el señor Carlos Francisco Bienvenido Myriel ejercía de obispo en D... Era éste un anciano de setenta y cinco años y ocupaba el Obispado de D... desde 1806. Aunque semejante detalle no tenga nada que ver con el fondo de lo que nos proponemos relatar... Fernando FERNAN- GOMEZ CATRASA Luis Montoto, 157 Tfno: 5 7 6 8 8 0- S E V I L L A
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