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58 A B C L A FIESTA NACIONAL FAENAS FAMOSAS M A R T E S 26- 3- 85 UN GANADERO CORTA OREJA T A faena famosa de hoy no co rre a cargo de torero alguno, sino que está ligada a una corrida repleta de singularidades y cosas extrañas, lidiada en Madrid allá por los años veinte, cuyo cartel lo componían: seis toros colmenareños de Manolo Aleas, para el mejicano Luis Freg, el alcarreño Salen II y el baturro Nacional II. Sobre el papel, de las del abono de la capital de España; pero sobre la arena tangible del desaparecido coso madrileño de la Carretera de Aragón, una corrida única en la historia. J Notable bravura la del primer toro. Qué seriedad... y qué alegría. (No me contradigo) Donde lo ponen, se queda; adonde lo citan, acude como un rayo. Modélico el juego que da en el tercio de varas- -e l que mida la bravura- arrancándose de largo, recargando codicioso sin hacer sonar el estribo del picador y atornillándose allí, con derribo o sin él, hasta que un capote, oportuno y torero, deshace la reunión de caballo y toro. Al morir- -gran estocada la de Freg- -hay petición entusiasta de vuelta al ruedo para el bravísimo animal. Mas éste se ha echado bajo el estribo de (a mismísima puerta de arrastre. Y los mulilleros, en su tarea de arrastrar con tan corto recorrido a la vista, son más rápidos que el presidente en su función de sacar el pañuelo. Total: escamoteo de una merecida vuelta al redondel, a un toro de bandera; cosa que, por otra parte, no deja de ser frecuente. El segundo, no sé si supera en bravura a! anterior, o es que luce con más brillo por estar dotado de unas condiciones para la lidia que prenden con enorme fuerza a los aficionados y a los espectadores: alegría picante; propensión a las muestras de pujanza; estampa de mandón en el ruedo, y todo enmarcado en una gran nobleza. Si a ello se añade que la gente ya viene arrastrando fervor entusiasta desde la lidia de! primer toro y contrariedad por haber visto frustrada su opción legítima a los honores de vuelta al redondel, se comprende que las cosas se van poniendo a punto para celebrar la gran fiesta de la bravura. Yo, con mis 15 ó 16 años- -u n hombrecito y a- presencio la corrida desde el palco del ganadero. Qué impresión tan indescriptible la de contemplar desde k alto la ebullición febril de toda una plaza enloquecida. Asi oomo las olas del mar van encrespándose para romper, asi el público subraya los escalofrian- tes detalles de la bravura increscendo, poniéndose gradualmente en pie haciendo sonar cada vez con más frenesí los aplausos y vítores a Manolo, volviendo las caras hacia el palco ganadero y presentando unos rostros que vasculan entre I gozo, ia congestión y el llanto. ¡Qué emoción nunca sentida! Porque es muy diferente ser testigo, como es usual, del entusiasmo del tendido desde el tendido y con la vista puesta en el redondel, que sentir dentro el desbordamiento de unas gentes con síntomas de locura que miran hacia el palco del ganadero, que está arriba; y desde e! cual veo yo todo. Pero la lidia de ese toro segundo tiene su momento estelar en un par al quiebro de Saleri. Inconmensurable, el par: exponente irrebatible de bravura, la arrancada del toro. El rehiletero está como clavado en el mismo centro del redondel; el toro se halla en el tercio junto a las tablas. El animal, como distraído, tarda unos segundos en ver al torero. Cuando advierte su presencia, se encampana, cornea el aire, inicia el paso despaciosamente, lo va acelerando a medida que se aproxima al traja de luces; cuando ya está legando, la embestida se ha convertido en huracán. Y al morir, no hay ya escapatoria para la vuelta al ruedo de este monstruo de bravura. El tercero de la tarde no dice nada en los dos primeros tercios; pero dice muchísimo en el último. Es el toro con el que sueña todo muletero. Y por concurrir la doble circunstancia de que Nacional II no es precisamente el torero de arte que está pidiendo a gritos aquel milagro de nobleza y de incansable embestir, y por no coger el baturro los blandos hasta el tercero o cuarto intento, la faena se hace más larga y da ocasión a que el toro luzca más. No se me olvidan las aclamaciones de toda la plaza euando, después de cada pinchazo, comprueba que las embestidas se superan en ímpetu, en alegría y en nobleza. Apoteosis final. Una vuelta al ruedo; otra; una tercera... El público no sabe ya qué hacer ni qué pedir. Hay una parada de las mulillas en el centro mismo del redondel; y una oreja que allí se corta y que sube al palco del ganadero. Manolo Aleas la recoge con manos temblorosas y llorando. Con temblor y lágrimas asistimos mudos a la ceremonia emotiva todos los presentes en el palco. Y ¡lo que es de imprevisible la fiesta de teros! Los tres últi mos de la tarde son mansos da solemnidad. Al cuarto y al sexto se les foguea. El quinto se salva de la quema por una chispa El dibujante Tovar comprime en una viñeta de La Voz de Madrid, lo que fue aquella corrida i n s ó l i t a Un c a m a r e r o -A l e a s- sirve a un parroquiano en una mano, sostiene ta oafetera; en la otra, una jarra de leorve. Luis BOLLAIN -FIRMAS TAURINAS- ENRIQUE ROMÁN, TÁURICO TUIE lo encuentro con su cna quetón a la puerta del Archivo. Pero no viene ni va a Investigar. Se baja de un bus y trae la acera adelante andariego con un paso entre calmo y garboso. Una manera de andar Inconfundible. Camina hacia Hacienda- v o y a ver a Blanquito a que me e x p l i q u e Después de abrazarme. Hacía ya tiempo que no nos encontrábamos. Pero para mí es inconfundible su manera de andar. Si no le hubiese reconocido y es difícil, pues llegué a conocer a todos los profesionales de su tiempo, no habría dudado, en cambio, en identificar su caminar. El característico paso calmo y garboso de un banderillero. Aún por una acera. Ante el Archivo de India sevillano. Claro que no en balde esa ciudad está hecha de pausas y palmeras. Es curioso. El banderillero se acosumbra, caminando atrás, a caminar de manera distinta, como si fuese por otro lugar, otro medio, distante. Al otro lado de la expectación, de los murmullos (los murmurios de Pérez de Ayala, excelente taurino) cruzan el escenario de la plaza de toros por un trayecto límite, más allá de la gloria o aa ¡fracaso. En realidad, son puntales. Van por el ruedo tras el diestro (o el siniestro) dando la hora de la vida. De ello esa süimitud, oído lo asimétrica que se quiera, de la parte de atrás del despeje, donde cada cual va, tras la línea, si cabe pedante, si cabe heroica, de los auríferos matadores, quien más quien menos, cabizbajo, pisando, donde el garbo se hizo calma, la vida suya. El banderillero eficaz, que los hay, e imprescindibles, tiene por norma el no hacerse ver. También hay que mirar que no se gasten las zapatillas. Aquellos años que viví con- -p o r un tiempo, casi un lustro, yo también fui taurino- -llegué a lograr captar, por el aire de la corrida, el hilo de la trama de su mirada. La mirada indefinida de unos seres que saben, i procuran, no ser vistos. La mirada trasera, ia mirada profunda. Y su andar. Su andar es el mismo por el ruedo, o por la caile, de la vida. He tenido, y tengo, excelentes amigos subalternos. Picadores. Banderilleros. Como este Enrique Román. Que un buen día colgó los hábitos activos, sin abandonar los habituales. Con el último con quien actuó fue con Marismeño. Después siguió en lo taurino ayudando- -e n pocos medios sociales se emplea con tanto honor y tanta voluntad la acción de ayudar- -a otros amigos. Con el teléfono, el andar, la vista. -Ahora se ha puesto esto de los festejos tan mal, dado que todo está por las nubes, y nadie da un duro, como antes, difícil. Así que voy a Hacienda, a que me expliquen. Pues voy a poner un negocio. En el barrio. No me dice si este barrio suyo es otra vez el mismo. Eritaña. Allí su familia tenía un quísco, el que estaba junto a la parada, donde la glorieta, ahora sólo hay semáforos, del tranvía. Creo que Enrique Román fue un novillero- -l o s banderilleros fueron todos, alguna vez, cabecera de cartel, por eso su inconfundible m a n e r a de caminar, atrás- -fino, a! que le faltó voluntad. Seguramente ajena. Venía hacia mí por la acera, con su chaquetón, su camisa abrochada, seguro que con sus botos ocultos bajo el pantalón, sereno, pausado, firme en su caminar. También con el pelo, tan peinado, tan negro, presto para una hipotética castañeta. Los toreros, ahora caigo, fueron los únicos que en la España anterior lograron conservar la cabellera. Bernardo Víctor CAR ANDE
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