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EDITADO SOCIEDAD 13 POR ANÓNIMA 1985 P R E N S A ESPAÑOLA, AGOSTO 1 FUNDADO ABC EN 1905 REDACCIÓN, ADMINIS- TRACIÓN Y TALLERES: CARDENAL ILUNDAIN, 9 S TORCUATO LUCA E V I L L A POR DON DE TENA pieza a entenderse por política la técnica de aprovechar a los hombres; y Dionisio, ya muerto, no es aprovechable: por eso se le puede olvidar. Como político activo, quizá; pero era un fino escritor, un poeta con más lirismo que fuerza épica, un conocedor de España, con ese conocimiento que no dan las estadísticas, que sólo se consigue con amor, con pasión inteligente. Todo eso está vivo y debe seguir estándolo, si no queremos empobrecemos, si hemos de evitar esa tremenda descapitalización a que nos tientan unos y otros, y que amenaza dejarnos indigentes. Es menester leer a Dionisio Ridruejo, en verso y prosa, hable de Castilla o de Roma, de amor o de guerra, de sus angustias interiores y su busca de la libertad o de Azorín y sus compañeros de generación, espejo en que intentaba mirarse con sus coetáneos, que empezaban a envejecer y, como él mismo, a morir. La significación del nombre de un país, de España en nuestro caso, se compone de las innumerables de los nombres propios en que esa realidad se ha reflejado y expresado. El nombre de Dionisio Ridruejo es uno de elfos, y no se puede perder ni reducir a una fórmula o una anécdota. Su muerte fue una pérdida difícil de medir para la España que empezó seis meses después, la que había soñado, esperado, anticipado con dolor y esfuerzo, aquélla por la cual había pagado un alto precio vital. No ha podido contribuir directamente a la tarea de edificarla; no ha acudido a tapar sus grietas cuando amenaza ruina, a gritar desde la torre tos peligros, a proponer metas incitantes. Nos ha faltado, y creo que ha sido una mala suerte nacional. Llevamos diez años sin Dionisio Ridruejo, estos diez años decisivos de ilusiones, aciertos, errores, tentaciones, infidelidades. Tenía vocación de vigía que, desde lo alto, avisa de los peligros y da voces de entusiasmo. Ncrlenfa equivalente. No hay que exagerar las cosas- n o le hubiera gustado- pero su figura menuda y frágil, limitada tanto personal como socialmente, era única. El papel que le correspondía ha quedado vacante. Y la verdad es que no se han hecho demasiados esfuerzos por llevar a cabo sus sueños, por sustituirlo en la medida en que es posible. Más aún: se vuelve la espalda a algunas personas, muy próximas a él en vida, que mantienen levantada esa bandera de estusiasmo y lirismo. Quisiera que en tos diez años próximos ios españoles hicieran un esfuerzo por salvar a Ridruejo, por salvar lo que quiso dar, lo que entendía como la justificación de su esforzada vida. Julián MARÍAS L 29 de junio de 1975, en Bahía, recibí el telegrama: Murió Dionisio A la pérdida personal se superponía la conciencia de lo que España acababa de perder, de las posibilidades que se habían desvanecido para siempre. Han pasado diez años. Creo que Dionisio Ridruejo pervive en el recuerdo de sus amigos, porque su fuerte y dulce personalidad no es fácil de borrar. Pero me pregunto si su figura pública no se ha marchitado, si no ha perdido el fulgor que había tenido; en otras palabras, si no ha dejado de ser una parte del patrimonio común de los españoles. Si esto es así, se trata de una injusticia; pero, sobre todo, de un error nacional. Y la causa es la politización de su figura que lleva a la interpretación utilitaria de los hombres. Dionisio Ridruejo no fue nunca un político, sino algo bien distinto: un hombre con vocación política. Quiero decir que su realidad no se agotaba en su función política, aunque ésta representara una veta esencial de su persona. Era muy poco abstracto, ni siquiera en el mejor sentido que puede tener esta palabra peligrosa: las ideas generales no eran su fuerte. Lo atraía lo que se puede ver, oler, oír, gustar, tocar: el paisaje, las piedras viejas, las voces amigas, la belleza corporal; y toda la intimidad que se expresa así; y la historia que en ello se delata, y el reflejo de Dios en todo ello. Tardé en conocer personalmente a Dionisio Ridruejo; cuando nos encontramos, en 1950 o quizá ya en 1951, nos sentimos súbitamente cerca. Hacía ya mucho tiempo que Dionisio había abandonado las posiciones que me hubieran separado profundamente de él; pienso que acaso en aquel tiempo hubiera percibido, por debajo de la discrepancia política, su calidad humana, su nobleza. Digo esto porque su libro postumo Los cuadernos de Rusia, ese diario de la División Azul, escrito entre 1941 y 1942, antes de que empezaran sus rectificaciones, respira bondad y dignidad por los cuatro costados, muestra ya la distancia que mediaba entre el alma nobilísima de Dionisio y su corteza social, entre su vocación personal y sus realizaciones ocasionales. Tuvimos tiempo de ser amigos un cuarto de siglo. Para mí era Dionisio un hombre de palabra. Y juego deliberadamente con la expresión: era un escritor, un poeta, alguien que consistía en expresar la realidad; pero además era responsable, entero, valeroso- y por eso verdaderamente valioso- Se podía uno fiar de Dionisio, porque ni iba a engañar ni se iba a amilanar fácilmente. No se olvide que era profundamente religioso: nuestra amistad se renovaba cada año en Gredos, y allí se depuraba e intensificaba. Para Dionisio ia realidad era sacra, desde los picos nevados hasta los hombres, y por eso tuvo que ser liberal, tuvo que enamorarse de la libertad, E DIEZ ANOS SIN DIONISIO RIDRUEJO de vuelta de algunas seducciones, y por supuesto no cayó en otras equivalentes. Uno de tos males de la España reciente es que muchos de tos que se oponían al régimen imperante o se declaraban de vuelta de él tenían poco interés por la libertad, y en algunos casos sentían por ella honda aversión. No olvidaré aquella expedición por los pueblos de Soria que hicimos juntos, no mucho antes de su muerte, cuando preparaba la guía de Castilla La Vieja, en busca de Ridruejos. Quería encontrar a personas de su familia y apellido, desperdigadas por las tierras so nanas de que era originario. Los había de diversos rasgos y niveles sociales: relativamente prósperos, satisfechos y bien hallados; otros, modestísimos, apegados a la tierra; algunos, decididamente pobres, habitantes de aldeas minúsculas. En Oncala, en San Pedro Manrique, en San Andrés de San Pedro, en tantos lugares. Me impresionó un campesino ya viejo, enhiesto y sentencioso, lleno de dignidad, probablemente herido por un cáncer de garganta. En la casa rural de un pueblo perdido en la sierra, una mujer de su familia, con una hija que estudiaba Filosofía y Letras en Zaragoza, que vio con asombro entrar en su casa, con el ilustre pariente, el autor de la Historia de la Filosofía que estudiaba, un libro que nunca había relacionado con una persona viva que pudiera andar por los vericuetos sorianos. Dionisio Ridruejo iba llenando de contenido, no sólo su biografía y su estirpe, no sólo el libro que iba componiendo poco a poco, sino su acción política. Pensaba en Soria, en Castilla La Vieja, en Madrid, en su Cataluña amada, como tierras habitadas por personas de carne y hueso, de dolor y esperanza, de trabajos e ilusiones. Para él no eran peones de un juego electoral, no eran votos que se anticipan en sondeos y se recuentan un día. Eran hombres y mujeres- parerqutenes se- hacerla política como un servicio con imaginación y autoridad. Esto es lo que temo que se vaya olvidando. Quisiera equivocarme, pero em- CATRASA Tf no: Luis Montoto, 157 57 68 80- S E V I L L A de la Real Academia Española
 // Cambio Nodo4-Sevilla