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40 ABC CENTENARIO DE IZQUIERDO SÁBADO 5- 4- 86 H EL ESTETICISMO ANDALUZ DE JOSÉ MARÍA IZQUIERDO Nuestra filosofía, como nuestra poesía- -alada, ingrávida, serena, diáfana- -es el saber no aprendido, el tácito y hondo sentir del pueblo; un algo difuso y difundido, espontáneo y vivo, que no ha llegado a concretarse. Como bien dice: florece en un decir, en un cantar, a la sombra sin sombra de la Giralda Y recuerda a Juan Ramón- -el mágico y doliente poeta- a Machado, a C o r t i n e s Murube y a Muñoz San Román, a los que llama nuevos y peregrinos poetas de Andalucía los cantores de nuestro pueblo, aquel que está truncado por un desencanto trágico, por una ilusión de felicidad apenas confesada; un ansia de eternidad jamás satisfecha, como no la hay en pueblo alguno de la tierra Después, las estrellas se eclipsan en la ciudad, la gran urbe de artificieros y nigromantes, de estetas y artistas, porque ...Castilla se ha establecido en Sevilla; y el sentido práctico ha cortado los vuelos ideales de la mente. Castilla ha vivido demasiado endiosada, sin preocuparse de lo que le rodeaba y era su próximo. Y ahora ignora muchas cosas... Y ha hecho que en otras partes se olviden las cosas que se sabían... Como todo proyecto de futuro, Andalucía se ha de sustentar sobre un idea! que supere la circunstancia realista. Izquierdo escribía: Hoy hay también, al lado de una realidad andaluza, un ideal andaluz, la ¡dea de una Andalucía ideal; pero ésta no se pretende ofrecer como una visión del presente, sino como un presentimiento del porvenir Para el escritor, nuestro país ofrecía todas las condiciones que deben servir de base a una comunidad autárquica: ...Dos cordilleras- -dice- -y dos mares delinean con una admirable precisión el esquema de sus fronteras naturales. Dentro de estos contornos, una sorprendente variedad, una tradicional riqueza de aspectos y de medios de vida. Lo urbano muy densificado y el agro como una tierra de promisión; naturaleza que espera ser cultivada, civilizada, y que aún hoy está demostrando que es una tierra que a sí sola se basta... Sorprendentemente, José M Izquierdo presenta en su ensayo los tres pilares de la praxis del ideal: la tierra; la urbe, como convivencia, y una concepción autóctona de la cultura universal. Cultura órfica que, como él escribe, señala el triunfo del ideal apolíneo sobre ia fuerza dionisíaca; la exaltación del arte sabio y santificante por cima de los a ABRÍA que emplear un término antiguo renacimiento andaluz como la expresión más apropiada para titular al ensayo de José María Izquierdo Divagando por la ciudad de la gracia poema en prosa trascendente, publicado en Sevilla en 1914, libro hermano de El ideal andaluz de Blas Infante, contrapunto y complemento poético de la ideología estética de la acción del andalucismo histórico. instintos ciegos y los impulsos fatales de la naturaleza; la victoriosa glorificación de la belleza, de la armonía, de la gracia La hondura de estos principios, tan hermanados con el ideario infantiano, se remonta más allá del advenimiento de la civilización islámica. En aquellos años de renacimiento andaluz, hombres como Izquierdo, José María Vázquez, Infante y el mismo Cagigas coincidían en plantear un plan de trabajo que dinamizara el germen de la nueva mentalidad ideal regeneracionista: primero, en una tesis sobre la teoría del país segundo, en una antítesis: el problema regional federal en España; tercero, en una hipótesis o toma de conciencia del regionalismo andaluz Era un verdadero y único renacimiento, realmente, sentir una idealidad. El alma de nuestro país era para ellos tan etérea que mejor que de un alma andaluza deberíamos hablar de un aura de Andalucía; hálito de su alma y halo de su cielo, el mismo azul profundo de una ¡oven Magna Grecia Manuel RU 1 Z LAGOS Hubo un renacimiento andaluz, expresión de una cultura secular, delimitado por un espacio geográfico uno y distinto, configurador de un pueblo y de un país. El renacimiento del ideal andaluz no fue concebido como algo abstracto, al cont r a r i o vio en la c o m u n i d a d colectiva, en cuanto ciudad su mejor plasmación. No hemos subrayado bastante que nuestra conciencia helénica, euroasiática, ha tenido siempre en su subconsciente fa configuración dei estado- ciudad. Sevilla, Granada o Cádiz responden en el ideario regionalista al esquema de ciudades libres, regidas por sus Cabildos y mancomunadas por un deseo superior que es el ideal José María Izquierdo, siguiendo el pensamiento de Ángel Ganivet y Joan Maragall, decía: ...Ahora que la ciudad nuestra quiere gobernarse por sí misma, será bueno detenerse a contemplarla. La ciudad es la síntesis de la patria. Es la casa payrai a donde acuden las más lejanas comarcas que sienten que su alma está en ella. La ciudad es un mundo, el compendio de un mundo, una síntesis viviente... Para él, su espíritu había sido demolido. La promiscuidad ideológica de los advenedizos, de los servidores ajenos, nos estaban recreando una sociedad enajenada del ideal andaluz. Porque en esta remoción a la que fue sometida, ni siquiera ganó el confort de lo moderno y perdió lo que la distinguía y la señalaba como comunión helénica del Sur. Izquierdo propugna como única terapéutica al espíritu de) ideal, la gracia La gracia- -dice- -que es única e inefable, intraducibie e incomunicable, si no es por obra y gracia de la gracia misma. Es la vida misma, y es algo más que la vida. Es algo que tiene el cuerpo, pero que no tiene la materia. Es el alma: el alma recreándose a sí misma, y a las otras almas que, en un puro juego y por divino hechizo, jugará a hechizar el cuerpo y metamorfoseará toda la carne en vivo y sutil espíritu... Pero para que rebrote este renacimiento cultura! piensa el poeta que la ciave está en la vivificación del pueblo. Porque nuestra ciencia andaluza no es tai, sino sabiduría. IZQUIERDO, VISTO POR JUAN RAMÓN JIMÉNEZ N O estaba sustentado por los pies. Lo sostenía por la cabeza, por los hombros, un hilo sutilísimo que, a veces, en los instantes dulcemente exaltados, cénit interno, de José María, se veía aquí y allá, en mágica iriscencias de lluvia con momentáneo sol; como uno de esos hilos de araña que penden no se sabe de dónde y sólo se ven donde la luz los coge; ¡hilo que le molestaba tantol Con los hombros, con la frente, con las orejas, con los ojos hacia mi pobre amigo casi cuanto le era posible, sin atreverse, no, al poquito más de romperlo, para quitárselo de algún modo, para creer que se lo había quitado y quedarse, sin embargo, en pie, y no por las puntas; con las plantas, sobre la tierra, ¡sobre la tierra adonde casi no llegaba nunca! Tenía José María, pendiente así de lo alto infinito, algo de ángel anunciador, de estrella anunciadora, extraño signo sobrenatural, maná congregado en forma de hombre por una mano débil de madre andaluza; algo confusamente tradicional, perdido religiosamente en un fondo milenario que ya no es horizontal sino que se entra, como una ancha corriente de sombra, en un arriba borracho. Echaba luz. Los que le conocieron saben que esto no es exageración; su silueta daba en el sol de oro, en la noche azul, un emanación blanca, tierna, delicadísima, como un olor de nardo o una tibieza de leche recién ordeñada, esencia, templanza visibles, ¡quizás ya un fuego fatuo, ay! La sonrisa de su fina boca grande, su navaja, era luz indudable; luz su mirada ancha, paralela a su sonrisa, dei tamaño de su frente, luz el desnudo pensamiento, estrella de su mente buena; luz toda su inmaterial, sal delgada, su ángel triste. A veces desaparecía de todas partes, como si el hilo de que pendiese distindiera y él se quedase caído, lastimado, en los oscuros pasajes secretos. Calles de la Vida de un falso, doble, emparedado Barrio de Santa Cruz, donde nadie más que Dios pudiera socorrerlo. (Tampoco nos dijo nunca si lo socorría) Yo siempre pensé que lo evadirían por las nubes; pero no, se hundió bajo tierra. Un mal viento independientemente, excesivo para su Sevilla de los aires, rompió, en ia mano descuidada de quien lo mecía, la seda tenue que lo sostuvo tanto y tan poco tiempo, con tanto y tan poco miedo suyo. Y José María, como en final fracaso de un desamparado guiñol doloroso, él que tanto tenía de payaso de gracias divinas, como en un mal sueño de madrugadas de disturbios, cayó doblado todo, igual que un metro de marfil, dándonos con los ojos contagiosos muy abiertos, con su fatal sonrisa rajada para la eternidad, de oreja a oreja, apagándosele la estrella de la frente, un resignado adiós inmenso que aún no se ha extinguido, que aún no ha llegado bien, todavía sostenida en sí misma su cabeza de luna poniente por el golpe en la barbilla, sobre la tabla del escenario oscuro, popa del barco que se lo llevaba nada adentro, del espectáculo de los ateneos, de los jardines, de las pensiones, de las bibliotecas, ¡y en qué naufragio de fe! por un segundo, imprevisto, monstruoso, negrísimo Guadalquivir. Juan Ramón JIMÉNEZ: Españoles de tres mundos
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