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E l dictamen del Tribunal sobre Juan Carlos Clavijo cierra hoy el caso del asesinato de Mari Carmen Carretero La historia del crimen de Punta Umbría ha conmocionado a España Ha comenzado a anochecer en este frío, desapacible y lluvioso sábado, Día de Difuntos, de 1985. El océano golpea con fuerza la veraniega playa onubense de Punta Umbría, mientras la ciudad toda, ajena al puente festivo, se revuelve inquieta, recelosa. Hace nueve días que se dio la voz de alarma por la desaparición de María del Carmen Carretero, de nueve años, la niña de Carmen, la nieta de Araceli, las dueñas del hotel Emilio. El aire en el establecimiento hotelero es más denso que en ninguna otra parte. Apenas hay clientes, pero por las mentes de sus regentes pasan, una a una, las caras de quienes anduvieron por el lugar aquel Angeles y Reyes, dos de las camareras del hotel Emilio de Punta Umbría, nunca pudieron pensar que durante nueve días vivieron en la misma casa, en el piso de arriba, donde el cuerpo de María del Carmen Carretero había sido depositado por su asesino, y donde desde entonces se descomponía gradual y progresivamente. Aquella tarde de Difuntos de 1985, ambas percibieron por primera vez el denso hedor que emanaba de la habitación número 44 de la casa donde habitaban, en la calle San Francisco Javier de Punta Umbría, apenas a cuarenta metros del establecimiento d o n d e p r e s t a b a n s u s servicios. La casa, antigua vivienda, se emplea desde hace años como anejo al hotel Emilio para la crecida turística de los meses estivales. Asustadas, pero sin que por sus mentes pasara la idea de lo que efectivamente les aguardaba en aquella habitación, creyeron que había entrado en la estancia algún animal, un gato tal vez. La luz ya encendida, A n g e l e s y Reyes repararon en un enjambre de grandes moscas que revoloteaba en torno a una de las tres camas. No se atrevieron a mirar y llamaron a un compañero. Manuel Garfia, mitad en serio, mitad en broma, criticando la falta de arrojo de las dos mujeres, levantó una de las esquinas del colchón de aquella cama. Lo levantó por ta parte correspondiente a los pies. La luz artificial de la habitación iluminó tenuemente algo, un volumen esférico y oscuro que en principio creyeron identificar como una bolsa de basura o una sandía podrida. Garfia continuó la remoción del c o l c h ó n y fue e n t o n c e s cuando apareció el horror. Angeles y Reyes clavaron sus ojos atónitos en a q u e l l a s m a n o s atadas sobre el pecho e identificaron inmediatamente el jersey rosa y los pantalones blancos. Aquef horror desfigurado y putrefacto era María del Carmen, y aquel volumen esférico que elfos confundieron, su cabeza, ennegrecida por la degradación de la carne y por la c a u s a de su muerte: la asfixia. No hicieron más averiguaciones. Los tres salieron apresuradamente, atrepellándose. Detrás quedaba un cadáver sin mirada que nunca podría revelar cómo era la cara de aquel que durante cinco interMaría del Carmen Carretero G ó m e z tenía nueve años cuando desapareció. Era una niña, pero su cuerpo y su temperamento no se correspondían con su edad. Seria, arisca, resuelta y fuerte, gustaba de jugar con los niños y dar patadas al balón. Le gustaba el fútbol. Y le gustaba el colegio, donde se mostraba cumplidora y buena estudiante. El día que desapareció faltó sorpresivamente al centro escotar. En palabras del fiscal que condenó su asesinato, esa decisión de ausentarse del colegio es el gran secreto que e l l a s e l l e v ó a ta t u m b a minables minutos permaneció frente a frente con sií víctima, palpando cómo de aquel cuerpo de nueve años se iba, entre convulsiones, una vida infantil. Punta Umbría tembló aquella noche y la noticia corrió como reguero de pólvora. Han encontrado a la niña, muerta, estrangul a d a tal v e z v i o l a d a la rumorología e s p a ñ o l a c a m p ó aquella noche por sus respetos, y aún lo haría mucho tiempo después. Hoy, cuando el proceso al presunto autor del asesinato de María del Carmen queda resuelto, recursos judiciales al S u premo aparte, el hotel Emilio, sus habitantes y la casa de la calle San Francisco Javier continúan siendo fuente incesante de historias dispares. Con el hallazgo del cadáver esa intención, pero no va. Durante dos horas y media, que no han podido ser reconstruidas con la investigación policial, se pierde todo su rastro. La última vez que se la ve es en una plaza cercana a su casa, montando la bicicleta que habitualmente le tomaba prestada a su primo. ¡Toma, Paco, me voy a jugar! fueron, al parecer, las últimas palabras que se le oyeron a la niña. P a c o F r a n c i s c o J a v i e r Real Gómez, de 13 años, sorprendió a su prima jugando con la bicicleta. Se la pedí tó mosqueao porque siempre hacía lo mismo dijo el adolescente en el juicio. Sea como fuere, Francisco J a vier fue el último familiar que afirma haber visto a Mari Carmen. No la vio irse. No sabe Sea cual sea el fallo, habrá recurso ante el Supremo Sevilla. José L. García jueves 24 de octubre, cuando fue vista por última vez con vida Mari Carmen. Pero aquella noche, Día de Difuntos, la tensión contenida va a saltar con fuerza capaz de conmover los cimientos no sólo de Punta Umbría, sino de España entera. Aquella noche, en el ocaso del día, cuando aún quedaban fuerzas para pensar que Mari Carmen estaba sana y salva en algún sitio; aquella noche, las camareras del hotel descubrieron aterradas su cuerpo inerte y desfigurado, víctima de un cruel asesinato, por el que ha sido juzgado el portero de noche del hotel Emilio, Juan Carlos Clavijo Jiménez, que hoy conocerá el pronunciamiento del Tribunal de María del Carmen Carretero quedaba cerrado el capítulo inicial del crimen de Punta Umbría. Una historia que había comenzado a escribirse en ia sobremesa del jueves 24 de octubre. Ese día, y ahí se encierra posiblemente el enigma aún hoy no resuelto del por qué de la desaparición y muerte de la pequeña, Mari C a r m e n d e c i d e por sí misma o por indicación ajena, no ir al colegio. Sale de su casa con hacia dónde fue. El caso es que antes de media hora, según el dictamen del forense, la niña había muerto a manos de su asesino. La ausencia de María del Carmen esa tarde no fue especialmente advertida. Sí chocó, por el contrario, a la hora de la cena. La niña no había aparecido aún a las diez de la noche. Fue entonces cuando su madre recurrió a un empleado del hotel, al portero de noche, que ese día había llegado antes de lo habitual, para buscar a su hija por los alrededores. Juan Carlos Clavijo, de veintiocho años, trabajaba en el hotel Emilio desde 1981, siempre como refuerzo para los meses de mayor afluencia turística. Precisamente en esas fechas, finales de octubre, estaba a punto de concluir su contrato; un contrato que, además, tenía poca posibilidades de ser renovado. Clavijo había discutido en numerosas ocasiones con Carmen Coronel, la madre de Mari Carmen. Esta le había recriminado su aspecto desaseado y sus continuas tardanzas a la hora de incorporarse a su puesto de trabajo. Según la propia Carmen y las e m p l e a d a s del hotel, C l a v i j o había llegado a decir a su patrona: Te vas a acordar de mí La búsqueda de Mari Carmen daba comienzo así hacia las diez de la noche. Poco después, alertado en Huelva, llegaba a Punta Umbría el padre de la niña, José Carretero, que asimismo e m prendió la búsqueda por los alrededores acompañado de Juan Carlos Clavijo. Uno de los primeros lugares en los que se miró, con resultado negativo, fue precisamente en la casa de la calle San Francisco Javier, a la que de vez en cuando iba la niña a cuidar unos gatitos que allí tenía. Pasó aquella noche. Al día siguiente, una vez denunciada formalmente la desaparición de la Pasa a la Pág. siguiente
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