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18 A B C OPINIÓN E l Baratillo SÁBADO 27- 12- 86 EMOS hablado de literatura, de política, de los problemas andaluces, hasta que, en un momento dado de la charla mi amigo me plantea la pregunta que yo me he hecho a mí mismo muchas veces, sin hallar la respuesta definitiva: ¿Por qué has querido quedarte siempre aquí, en esta tierra que ignora a sus hijos y sólo estima a los que un día levantaron el vuelo? Cuando vuelvo a la intimidad de mi cuarto de trabajo, recuerdo un relato de Somerset Maugham, titulado Un hombre feliz Cuenta el novelista que, estando en Londres, va a verto un desconocido, Stephen, médico de profesión, quien le pide consejo sobre el lugar del mundo que debe escoger para ejercerla. Maugham se resiste, pero el desconocido se lo pide con tanta insistencia que. por fin, le dice: -Todo su futuro está en juego. Tiene que decidir por sí mismo. Pero te puedo aconsejar que, si no va usted en busca de dinero y se resigna a no ganar sino lo necesario para vivir, vaya a España, a Sevilla Pasan quince años, Somerset Maugham vuelve a esta ciudad y, necesitando los servicios de un médico inglés, el que le asiste no es otro que aquél que le pidió consejo en Londres. El relato termina con las palabras de Stephen, médico en Sevilla, ignorado y modesto: -Quiero decirle que acertó usted. Soy pobre y lo seré siempre, pero puedo asegurar que no cambiaría la vida de aquí por la de ringún rey de la tierra Desde luego, las cosas no son tan simples y elementales, pero no deja de encerrar mucha verdad la observación del que fuera el novelista más popular de su tiempo. Yo sé que quienes levantan el vuelo tienen mucho camino andado en la foteria de la fama y de la fortuna; pero también sé que ni la fortuna ni la fama merecen la pena si, a cambio de ellas, es preciso dejar atrás esta ciudad indiferente, esquiva y muchas veces ingrata, pero arrebatadora, indescriptible y única. ¿Que por qué decidí, hace ya muchos años, quedarme aquí, con renuncia de todo lo demás? Permítanme decirlo como Dios me dé a entender, con rima y cadencia de copla: Quizás por el perfume de los azahares, o el mimbreo postinero de unos andares. Negros o verdes, ojos que, si los miras, allí te pierdes. ¿Por qué echarle la culpa, de seguidilla, al aire que en el aire tiene Sevilla? Porque es culpable de que uno sueñe un sueño tan inefable. Aroma de la tarde que teje amores en la cruz de una reja llena de flores. Lenta cadencia: antifaz nazareno de penitencia. Los varales de un palio, dulce bonanza, y el llanto de la Virgen de la Esperanza. Las horas se desgranan, una por una, y se roban mil besos bajo la luna. Por e Humero la tela marinera del marinero Corra de Doña Elvira, dama galante, perdida en la golilla del estudiante. Brisa de seda en el álamo blanco de la Alameda. Arenal de Sevilla, Torre del Oro, y un niño azul y plata jugando al toro. Clara mañana el suspiro hecho copla por Sevillana Manuei BARRIOS H CONFIDENCIAL A m p l i o espectro I al P S O E hubiera que sentarlo en un diván, Castilla del Pino se volvería loco. Loco de contento porque sicoanalizando al partido de Felipe uno puede construir de nuevo toda una teoría sobre la esquizofrenia. El P S O E es el partido de las mil caras y de muchas más caras, pero, bueno, ese es otro asunto. EJ P S O E es el partido de las mil caras, de las mil máscaras, de las mil personalidades, de las mil metamorfosis. Tiene más máscaras el P S O E que un coro chirigotero del barrio La Viña. Y esto es preocupante. Tanto para ellos, que se autosorprenden, como para nosotros, que nos confunden. Sus disfraces, sus distintos rostros, sus desdobles de personalidad provocan espanto. Espanto nos infunde Jekill y mister Hyde. Como cierto pasmo hacía crecer dentro de nosotros el retrato de Dorian Grey. La esquizofrenia nos espanta, nos confunde, nos pasma. Y e) P S O E tiene una esquizofrenia de caballo. Una de estas mil caras del P S O E es la de José María el Tempranillo. El P S O E dicho con el mayor de los respetos, tiene cierto desdoble síquico de bandolero. El bandolero andaluz, al menos según se desprende del cliché que por algún sitio y en alguna época se hizo circular, tenía fama de generoso. Lo que le quitaba a los ricos se lo daba, con gesto propio del Domund, a los pobres. El P S O E tiene la cara de José María el Tempranillo. Pero con matices. Esta cara que analizamos de la esquizofrenia socialista tiene matices muy actuales. Veamos. El P S O E es un José María el Tempranillo posmoderno e ilustrado. Posmoderno, porque en vez de chaquetilla corta y patillas de bota visten el temo de Alfonso Domínguez y se maquean el pelo con gel de niño de Area- dos. E ilustrado, y aquí viene lo importante, aquí nos alejamos de la anécdota, e ilustrado, porque lo quieren todo para el pueblo pero sin el pueblo José María el Tempranillo le daba al S ROSTROS pueblo lo que le quitaba, allá entre los salvajes caminos de nuestras sierras, a los aristócratas. La versión posmoderna que el P S O E hace del generoso bandolero es al revés: lo que obtiene del pueblo a través de sus contribuciones se lo devuelve con creces a los ricos para que pongan de pastel de nata y fresa su patrimonio. Y esto es lo que ha pasado con la casa de la calle San José. A esta casa se trasladará la Consejería de Cultura. Y será allí, junto con las actuales dependencias de la calle Castelar, donde radiquen las eficacias de la asesoría cultural de Torres Vela. En principio se pensó en marchar a la casa de Castelar. Se le encargó el proyecto a José Ramón Sierra. Ocho kilos el pelotazo. Se dieron cuenta de que allí no cabían todos. Y se optó por la casa de la calle San José. La restauran, la ponen de almíbar, de cabello de ángel del convento de Santa Paula, le encargan la decoración a la sensibilidad de Fernando Chamorro y, pensarán ustedes, como Torres Vela es amante de nuestro patrimonio, la comprará. Aquí no se compra nada. Que para eso Cultura es una de las Consejerías más chivata de la empresa Monsalves, una de las Consejerías que más dinero guarda según balances. Y será por eso, porque no encuentran palacio, iglesia, cuadro que restaurar, por lo que siempre les sobra el dinero. Y como les sobra, pues en vez de comprar la casa de la calle San José, la alquilan. Al propietario le ha tocado el gordo con los socialistas. Y al contribuyente le ha tocado ser protagonista directo de esta nueva versión, posmoderna e ilustrada, del bandolero generoso. El dinero del contribuyente para restaurar las casas de lustre de Sevilla. Y, luego, alquilarlas. Comprarlas para el patrimonio, no. Alquilarlas, contribuir a hacer más amplia y espléndida la clase de rentista. Mil caras producto de una esquizofrenia. Van como locos. J. Félix MACHUCA
 // Cambio Nodo4-Sevilla