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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA, SOCIEDAD ANÓNIMA 15 DE MAYO 1987 ABC recurrir a esta norma, y pensé que tal situación podría continuar indefinidamente; pero temo que empieza a retoñar la antigua, y hay que tener cautela si no se quiere tomar el rábano por las hojas. La agitación responde a un estado difuso de descontento, ampliamente justificado; pero se realiza cuando deja de ser difuso y se hace concreto, cuando tiene, como se dice en mecánica, puntos de aplicación en suma, las acciones de agitación son preparadas, planeadas, ejecutadas por grupos, en general muy pequeños, que movilizan porciones considerables de la sociedad. Esto es lo que se llama manipulación y se hace desde el Poder- sobre todo, a través de los fantásticos medios de comunicación de que dispone- y desde varios núcleos de oposición La consecuencia es que el descontento se desvirtúa, se utiliza para diversos fines, se introduce en él la falsedad, de manera que muchos que de verdad lo sienten no se reconocen en las manifestaciones del descontento organizado Y tienden a desentenderse no solamente de ellas, sino de su propio realísimo descontento, a abandonarlo y renunciar externamente a él, a incluirlo en la intimidad, en forma de desaliento, escepticismo o rencor. Esto me parece extraordinariamente grave, porque puede alterar el estado de normal salud de la sociedad española, el contento que, a pesar de todo, la impregna, la buena voluntad y cordialidad que se advierte en la inmensa mayoría de los españoles, y que los extranjeros con alguna sensibilidad perciben con deleite. Cada vez que veo un síntoma- p o r leve que s e a- de discordia, mi preocupación es grande, porque la experiencia de mi vida, que va siendo larga, me enseña que se empieza por una nubécula inofensiva y se puede terminar en una destructora tempestad, capaz de devastar un país- y el fondo de las alm a s- durante medio siglo. Entonces, se dirá, la agitación de estos meses ¿es un mal sin atenuantes, casi un desastre? Hay que distinguir. He mostrado los graves inconvenientes, los peligros que encierra; pero acaso no es todo. La agita- REDACCIÓN, ADMINISTRACIÓN Y TALLERES: CARDENAL ILUNDAIN, 9 41013- SEVILLA FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA ción está siendo provocada y manipulada desde diversos puntos; hay algunos que, como siempre ocurre, cobran los dividendos- y sería tarea urgente ver a dónde van a parar- Pero el hecho incontrovertible es que la sociedad española se está agitando. Y como estaba entrando en una alarmante fase de apatía, de indiferencia, de inercia, no puedo menos de alegrarme de esta variación. Hay síntomas de recuperación de la vitalidad social, y ése es siempre el punto de partida, lo que autoriza la esperanza. Repito que la mayoría de las agitaciones en curso tienen un elemento de falsedad que las hace indeseables, estériles, devastadoras en los casos más graves. Es claro que nos estamos jugando con bastante frivolidad el relativo bienestar económico conseguido, gracias al cual hasta los reveses, bien notorios, no lleguen a ser angustiosos; que estamos poniendo en peligro la convivencia apacible, sustituida, poco a poco, por la irritación; que está declinando el prestigio que España había ido alcanzando desde 1976, con rapidez que asombraba a los que teníamos experiencia de ello en muchos países. Lo que puede tener de positivo el estado de agitación es la superación de la negativa resignación, de la apatía. Tal vez pueda acabar con la peligrosa disociación entre el estado de ánimo de los individuos y su conducta electoral. Los españoles están empezando a reaccionar de nuevo ante las cosas. Sin duda, incitados, incluso manipulados, por los que aprovechan con fines particulares el descontento ajeno. Pero no importa, si cada uno se decide a extenderlo a los que intenten utilizarlo en una dirección impuesta, que no responda a su voluntad o a sus intereses. Si el descontento y la agitación se encauzaran de esta manera, serían benéficos. Habría que eliminar de raíz la insidiosa tentación de la violencia. Es menester que la conciencia social rechace absolutamente que para resolver problemas económicos o laborales se detengan trenes, se corten carreteras, se vuelquen o incendien coches o camiones, se lancen proyectiles, se destruyan las instalaciones de la civilización, que luego tendrán que pagar los que no rompen nada; hay que rechazar igualmente la represión desproporcionada; quiero decir, la represión no de la violencia, que, por supuesto, no puede ser tolerada, sino de la actividad o la expresión de las personas. Sobre todo, el espíritu inquieto debe trasladarse a sus cauces adecuados en una democracia. Dentro de pocas semanas, los españoles van a tener en sus manos papeletas electorales; allí deben depositar su descontento o su aprobación, su desilusión o su entusiasmo. Deben consultar no lo que les dicen, sino su propio estado de ánimo, su deseo, la imagen de España que quieren ver realizada. Con eso basta. Julián MARÍAS de la Real Academia Española Estos primeros meses de 1987 se han caracterizado en España por una insólita agitación. Innumerables huelgas, manifestaciones, protestas, críticas y contracríticas; divisiones de partidos, con manifiesta tendencia a la atomización; querellas de unos contra otros, y dentro de casi todos. No es fácil ver claro de dónde procede la agitación; es evidente que desde puntos muy diversos, y a veces encontrados, pero acaso convergentes. También es problemático en qué medida cada una de esas agitaciones está justificada; casi todas tienen un núcleo legítimo, pero su aprovechamiento ajeno las desvirtúa; por otra parte, las consecuencias que llevan consigo invalidan lo que pudiera haber de justificación particular. Hace mucho tiempo que las huelgas, al menos en su forma originaria y todavía vigente, no tienen razón de ser, porque afectan no ya a un patrono o empresario, sino a miles, cientos de miles, acaso millones de personas que nada tienen que ver con el pleito, y, sobre todo, que no pueden hacer nada para resolverlo. Sus derechos quedan heridos; sus intereses- tan legítimos como los de empresarios y trabajador e s- padecen de manera incalculable; su libertad queda mermada. Cada libertad termina- n o me cansaré de repetirlo- donde empieza otra libertad, por ejemplo, la de circular por la calle, viajar, comprar, enviar y recibir correo, ser atendido médicamente, tener seguridad económica y personal. Casi siempre, las pérdidas nacionales exceden muchas veces a los intereses que se ventilan; si se hicieran bien las cuentas, asombraría lo que se pierde cuando no se llega a un acuerdo. Y no se diga si se añade la pérdida de prestigio del país, que, además, tiene una repercusión económica. No puedo menos que pensar en la insolidaridad de los que tienen un puesto de trabajo con los tres millones que no lo tienen; si por reclamar mejoras- s i n duda deseables, pero tal vez no posibles- se compromete que puedan llegar a trabajar los que no pueden hacerlo, esa actitud es gravísima. Lo mismo diría de los empresarios que no procuren aumentar hasta el máximo las posibilidades de movilización laboral de la población inactiva. Y de los inmensos gastos superfluos- d e lo que se llama imagen de mera propaganda electoral- que hacen todos los organismos oficiales, desde el Estado hasta los Ayuntamientos, pasando, claro es, por las Comunidades Autónomas, a costa del Presupuesto; es decir, de la modesta hacienda de los españoles. Imagino el estupor, que éstos sentirían si tuvieran una visión precisa de las consecuencias de lo que se hace cada día. Pero yo quería preguntarme por el sentido de esa agitación bien perceptible. Durante todo el régimen que quedó a nuestras espaldas solía decir: No hay que hacer caso de lo que se dice, ni casi de lo que pasa, porque tampoco es verdad. Hubo un momento en que no era menester EL SENTIDO DE LA AGITACIÓN EDICIÓN INTERNACIONAL BC Para hacer llegar sus mensajes comerciales a todo el mundo.
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