Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
VI ABC ABC fífcrario E l guirigay nacional 8 agosto- 1987 Escaparate Historia de España Instituto Gallach Ajustes finos E NTRE otros neologismos en agraz- -incipientes frutos lingüísticos de la imaginación popular o de la cursilería de nuestras clases dirigentes- -podemos destacar unos cuantos cuyo rasgo común es su incierto porvenir. No es posible aún saber si son caprichos angélicos llamados a granar y durar o caprichos caprinos de corto futuro. Juzguen ustedes Ajuste fino. Término usado hace poco por el portavoz del Gobierno, don Javier Solana, y a renglón seguido por el ministro de Economía, señor Solchaga, en el sen- I. tido de leve corrección o ligero cambio de rumbo de la política gubernamental (véase el Ya del 17- 6- 87) Supongo que es traducción del fine tuning inglés, tan conocido por el letrerito que en las radios lujosas indica cómo centrar la emisora una vez que se ha encontrado su frecuencia aproximada, y empleado también por los economistas refiriéndose al retoque de los objetiv o s o a c t u a c i o n e s d e un a g e n t e económico. A mí no me parece tan mal la expresión ajuste fino, pese al pitorreo general que ha acogido al neologismo. Podían tos ministros haber recurrido al viejo verbo afinar (un instrumento o un aparato, que es tanto como templarlo) pero para eso tendrían que haber reconocido antes que estaban desafinados o destemplados. Y no podemos pedir ciertas sinceridades a los políticos. Recuerden ustedes la que se armó en el Congreso cuando el señor Peces- Barba advirtió al predecesor del Sr. Solchaga: No le funciona a usted el aparato, señor Boyer Se le hubiese dicho proceda usted a un ajuste fino de su micrófono no habría pasado nada. Yavalismo. Significa propensión a la chapuza, a despachar toda obra pronto y mal so pretexto de que ya vale, ya vale. Aprendí esa palabra hace años del marqués de Benemejís, que a su vez cree recordar habérsela oído a Víctor de la Serna (1896- 1958) Nunca la había yo visto escrita cuando la empleé en estas páginas (A B C, 18- 5- 85) Después se la he leído a Luis Ignacio Parada (A B C 25- 2- 86) y a Francisco Armentía (A B C, 28- 6- 87) Por si el término cuaja, y a efectos de futuros diccionarios históricos, sería interesante dejar ya precisada la primera documentación impresa. Agradecería, pues, a mis lectores cualquier dato que c o n o z c a n sobre este particular. Creo que el vocablo yavalismo merece imponerse: comparte con la envidia el honor de designar uno de los dos grandes vicios nacionales de España. Palacio de Santa Cruz. Otro neologismo, aunque menos útil que el anterior, originado por Víctor de la Serna. Es metonimia usada a menudo por los periodistas como sinónimo de Ministerio de Asuntos Exteriores, pero rara vez por los diplomáticos, quienes no suelen olvidar que el edificio donde trabajan no fue construido para palacio sino para cárcel (véase Historia y descripción de los Palacios de Santa Cruz y de Viana de José Antonio de Urbina y Alfonso Quereizaeta, 1987, y Pequeña historia de un gran nombre de Diego Plata, pseudónimo de Víctor de la Serna, en el A B C, 22- 2- 58) El apelativo Palacio de Santa Cruz nació en 1939, en el diario Informaciones con el deseo de emular topónimos extranjeros famosos en la política internacional como el Quai d Orsay o la Wilhemstrasse. Su inventor era consciente de que el caserón del Ministerio no daba en realidad y por pocos metros a la plaza de Santa Cruz, pero comprendía que llamarlo Palacio de la Provincia o Palacio del Verdugo- -por los nombres de dos vías públicas con las que sí linda- -hubiera sido municipal y espeso o truculento. Cosas de la política. Tortilla española. Siempre creí que la gente decía tortilla de patatas (o de patata) y que el patriótico apodo de tortilla española quedaba para la carta de los restoranes mediopelo. Pero veo un anuncio de la Secretaría General de Turismo (en A B C 19- 7- 87) con un dibujo donde un señor- -e s p e c i e de caricatura de don Jimmy de Mora- -rodeado de una turba patibularia de extranjeros dice por teléfono: ¿María? Oye: he conocido a un grupo de turistas muy simpáticos y les llevo a comer a casa. Prepara setenta tortillas españolas Debajo va un rótulo que reza España es simpatía. Puede que E s paña sea simpatía y aún generosidad, pero desde luego no es sinónimo de hospitalidad hogareña. El yanqui invita a su rascacielos y el moro a su jaima con más facilidad que el madrileño a su pisito. Y cuando éste por fin franquea a un extraño las puertas de su intimidad no le dice a su mujer que haga una tortilla española sino una de patatas o, lo más probable, algún plato vistoso con salmonela. Ni siquiera el francés, que además de poco acogedor es tacaño, recibe con tortilla francesa. Primero porque ese manjar se llama en Francia a secas omelette, sin adjetivo nacional, y segundo porque prefiere echar perejil a la tortilla y llamarla entonces omelette aux fines herbes, con finas hierbas. Cuando se trata de aparentar, lo más barato es un ajuste fino. TAMARON Espléndido por su presentación y por su vibración dialéctica este sexto volumen de la Historia de España del Instituto Gallach, dedicado a la Época Contemporánea desde 1931 a nuestros días. El tratamiento a los volúmenes históricos de este tiempo se vertebran en el vértigo hacia el sistema democrático, lo que cont r i b u y e a d a r l e el máximo interés, con muy buen pulso. Objetivos y fiables son los capítulos dedicados a la República y a la guerra civil; el análisis de la era de Franco posiblemente suscitará algunas reservas; impecable y certero el apartado sobre La Nueva Monarquía En cuanto a la vida social, económica y cultura! -asunto claramente vidrioso- los gustos se reparten, y en ocasiones se hace, por ejemplo, justicia política más que literaria. La ilustración merece cita aparte y las reproducciones son buenas, así como los magníficos carteles incluidos. Hubiera sido conveniente matizar algunos pies de fotos con una identificación exhaustiva, cosa que no siempre se hace. La España que se reproduce sub specie histórica en este libro es, en cualquier caso, fiel documento de sus tensiones y emociones. El hombre que mira Plaza Janes. 190 páginas Alberto Moravia Novela típica del mejor Moravia- -y novela donde se resarce de algunos recientes momentos- El hombre que mira es una anatomía del amor conyugal, una radiografía de ese nido de víboras que es todo matrimonio en confiicto. Los elementos clásicos en la narrativa moraviana (rápido manejo del diálogo, prosa irradiante y amenidad de estilo) claramente depurados, conspiran al logro de un libro que, salvando las gotas de un erotismo un poco convencional, convence plenamente. La compleja Alberto Moravia relación Eduardo y su esposa, Silvia, y e! padre de ésta, fisioterapeuta, en la que Moravia hace un alarde de penetración psicológica, posee la fuerza diabólica de Agostino y la lucidez de un narrador en su máxima claridad crepuscular...
 // Cambio Nodo4-Sevilla