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14 A BC OPINIÓN SÁBADO 8- 9- 90 Tiros al aire opiA A at; e ES? IÑA LA LAGARTIJA OMÁBAMOS café en casa de doña Lupe, y a esto que se presenta la criada alarmadísima: ¡S e ñ o r a! ¡En su dormitorio hay una lagartija! Dimos un respingo. Especialmente el guardia que suscribe puesto que, rodeado por cinco damas, era allí el único varón sobre la tierra Todas las miradas se me echaron encima y no tuve otro remedio que hacerme el valiente y afrontar la comprometida situación. Así es que me fui en busca de la tal lagartija. Inesperada visita que, como en la popular comedia de Calvo Sotelo, se había colado sin llamar al timbre. Pegada al techo- -cocodrillo en miniat u r a- -estaba la repugnante salamanquesa, que este es su verdadero nombre. Después de observarla, volví al salón donde las señoras, muy entusiasmadas y haciendo gestos de asco, conversaban sobre el tema. A mi sobrina Loli- -d e c í a u n a- -se le metió por la espalda y por poco se muere del susto ¿Y lo que me entró a mí por el cuerpo- -apuntó o t r a- -cuando, al encender la luz hace varias noches, toqué a una que estaba junto a la llave? Pos dice mi papá- -intervino el nieto de doña L u p e- -que son buenas porque se comen a los mosquitos. Y que son malas, porque si te echan una saliva, te quedas calvo En lo mejor de la conversación llegó nuevamente la criada y me entregó un escobón enorme. Como la empresa resultaba complicada para mí solo y, además, nunca he sido machista, pedí voluntarias. Se me ofrecieron dos. O sea: que conseguí algo más de ese veinticinco por ciento de cuota femenina que, con tanta generosidad, ofrece el partido en el poder. Entonces, armas en alto, avanzamos hacia el teatro de operaciones. Coloqué a las damas junto a la puerta- -n o fuera el maldito reptil a meterse en otra habitación- -y comenzamos una especie de guerra fría a base de palmadas y gritos, a ver si se asustaba y cogía la calle. Ante la sordera del animal, me subí a una silla y le acerqué el escobón amenazante, lo que hizo que, tras garabatear unos pasos asquerosos en el techo, se dirigiera precipitadamente hacia el lado de las mujeres y cayera al suelo. Una de ellas, nerviosísima, comenzó a dar escobonazos alocados y se cargó un precioso juego de tocador, mientras la otra, más alterada aún, al darme con el palo en un tobillo, hizo que perdiera el equilibrio y me cayera de pie. Con tan mala suerte- -o b u e n a- -que aplasté para los restos a la puñetera sabandija. Las señoras me abrazaron entusiasmadas. Reían, lloraban, daban saltos de alegría... ¡Qué orgulloso me sentí! Más que por la proeza, porque acababa de dejar bien alto el pabellón del sexo fuerte. Esfuerzo que, desgraciadamente, muchos no sabrán valorar jamás. Porque si lo supieran, ahora mismo, nada más terminar de leer este artículo, se irían por ahí pidiendo firmas para que me dieran una medalla. No se rían, por favor. Ustedes saben, positivamente, que a muchos se las han concedido por bastante menos. Salvador DE QUINTA I AR ¿A W AViNOé CATEGORÍA PARA ue LOS e S Í V P L E S T Panorama P PEPE FERNANDEZ CASTRO, LA MEMORIA DE GRANADA Santa Cruz, que también era escritor, se vio involucrado trágicamente en los sucesos de la guerra civil en Granada, perdiendo la vida el 2 de agosto de 1936, fusilado en el cementerio de aquella ciudad. La noche de su muerte contrajo matrimonio con Antonia Heredia, gitana del Sacromonte con la que vivió maritalmente y que le diera dos hijos. Cuentan- -y lo recuerda Pepe Fernández Castro- -que esa noche cruzó Antonia la Alhambra llevando un ataúd vacío para dar supultura al cuerpo de su amante, debiendo oír por el camino los disparos que le quitaban la vida. Al cuerpo del ingeniero Santa Cruz le dieron supultura sus compañeros de profesión Pérez Pozuelo y Castany, mientras lloraba en la puerta, sin querer verlo muerto, su amigo el ingeniero Francisco Abellán, de Lapeza como Fernández Castro. Emotiva fue la carta que esa noche escribiera Santa Cruz a su hija y que no nos resistimos a transcribir: Querida hija: Me voy sin verte. Necesito de todo mi valor y al ver que te perdía no podría tenerlo. Se buena, no hagas daño; ten paciencia con tu madre y respétala. Trabaja en algo, pinta y canta en recuerdo mío. Odia todo lo que representa daño y sangre y acuérdate de quienes te dejan sin padre: no los odies, pero evítalos. Al entrar en la eternidad te besa. con todo el cariño que te tuvo, tu padre, para quien fuiste todo y que en su último momento, se acordará sólo de tí. Apela Pepe Fernández Castro al reconocimiento de Granada a la figura de Santa Cruz, para quien pide lleve su nombre el tramo que va del Salón a Cenes. Supo afrontar con serenidad y entereza Juan José Santa Cruz el momento cumbre de su vida, mientras contemplaba la sierra que el supo abrir a los granadinos y esa madrugada se cerraba trágicamente para él. José ASENJO SEDAÑO. EPE Fernández Castro, granadino de Lapeza, como los buenos vinos, mejora con años. Fidelísimo a su vocación, es uno de los escritores decanos de Granada. El otro es Francisco Ayala. Fernández Castro, que ha escrito libros tan importantes como La sonrisa de los ciegos y la biografía de Alejandro Otero, ha publicado recientemente una obra dedicada a Juan José Santa Cruz, el ingeniero artífice de la carretera que sube desde Granada al Veleta. Con este libro, como el del médico Alejandro Otero, Fernández Castro se ha convertido en la memoria viva de la Granada de preguerra, que tiene en él uno de sus mejores testigos y cronistas. Juan José Santa Cruz, madrileño, de familia de prosapia castellana, ingeniero, humanista y liberal, fue una de las figuras románticas de los años veinte treinta granadinos, como lo fueron Lorca, Gallego Burín, Falla, Torres Balbás, Miguel Angeles Ortiz o mi paisano Serna. Fue presidente del Centro Artístico durante los años 1926 27. Pero la obra cumbre de Santa Cruz fue, como hemos dicho, la carretera de la sierra, sueño e iniciativa del duque de San Pedro Galatino, granadino de pro. Utilice las páginas de Anuncios por palabras ¿QUIERE VENDER SU COCHE?
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