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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 8 DE NOVIEMBRE DE 1990 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA CASO porque mi atención tiende a perforar las superficies para ver qué hay debajo de ellas, rara vez caigo en el desaliento, el pesimismo o la descalificación general. Hace pocos días escribía acerca de la esperanza que se puede poner en los pequeños remedios, modestos y al alcance de cualquiera, que podrían a poca costa superar los males que nos afligen, aunque no se me oculta que son bastante abultados y que encierran considerable gravedad. Sobre todo si se deja que se enconen, que puedan provocar una infección generalizada del cuerpo nacional. He estado esperando algunos síntomas favorables, la puesta en juego de esos remedios, indicios de una recuperación de la salud social. Pero debo confesar que no los veo. Más bien al contrario, en los últimos días o semanas se han acumulado los indicios negativos, sobre todo en la forma de la atonía o falta de reacción ante lo que debería parecer inaceptable. Una gran porción, acaso una mayon a de los vascos razonables, se han quedado en casa el día de las últimas elecciones, porque llovía bastante. Si no fuera porque no me gustan los juegos de palabras, diría que no han querido mojarse. Las consecuencias- -principalmente para ellos, quiero decir para los razonables- -están a la vista. En un artículo reciente expresé la esperanza de que, ante la progresiva y peligrosísima, por no decir funesta, politización de la Justicia, los miembros independientes de ella no aceptasen nombramientos cuyo origen fuese esa politización; lo que se temía se ha consumado; que yo sepa- -daría bastante por estar mal informado y que no fuera así- -nadie ha renunciado a ninguno de esos nombramientos. ¿Empezará en algún momento una reacción saludable que nos libre de lo que nos amenaza desde hace unos años, y que puede agravar increíblemente la situación de nuestra sociedad? Confieso que mi esperanza empieza a tambalearse tras una larga serie de golpes, de distinta fuerza, pero que van en la misma dirección. La conmemoración del cincuentenario de la muerte de Azaña, en sí misma justificada, y que hubiera sido una buena ocasión para poner algunas cosas en claro y, sobre todo, para eliminar los últimos vestigios de la guerra civil, en parte considerable, está siendo un proceso de desfiguración y falsificación, servido por un intento de echar leña al fuego. Y ha puesto de relieve además la propensión de muchos, sin excluir catedráticos de Historia, a hablar de lo que no conocen. Una fotografía en un periódico muestra a Azaña con Antonia Mercé, La Argentinita cuando todo el mundo sabe- -perdón, no todo el mundo- -que La Argentinita era Encarnación ABC López, y Antonia Mercé era La Argentina Otro dice que Manuel Azaña llegó a la presidencia de la República tras la dimisión de don Niceto Alcalá Zamora, que fue ignominiosamente- -y arbitrariamente- -destituido por haber hecho caso a lo que antes le habían pedido los que lo destituyeron, con lo cual la República recibió un golpe mortal. También se puede leer una referencia a la toma del poder por el coronel Casado y Julián Besteiro como anterior a la dimisión- -ésta s í- -de Azaña como presidente, en febrero de 1939, cuando aquel hecho aconteció el 5 de marzo, y precisamente con la declaración de que la República no tenía presidente y el resto del poder legítimo estaba en su Ejército, en virtud del estado de guerra en aquel momento vigente. Por los mismos días, un escritor, en público y en una ocasión que para él era festiva, la recepción de un premio, se ha permitido una palmarla y evidente calumnia contra la Real Academia Española, para aventar así sus rencores. Pero lo que me parece más grave es que, hasta donde llegan las informaciones publicadas, tales manifestaciones no recibieron más que elogios y aplausos, sin que nadie, por lo visto, se sintiera obligado a restablecer la verdad y el imperativo de la más elemental cortesía. Se podría seguir, pero prefiero no hacerlo. He escogido unos cuantos ejemplos, que no son espectaculares ni melodramáticos, que en sí mismos y aisladamente no merecerían que se hablara de ellos, a no ser porque presentan un rasgo común: la dejación, el abandono, la pasividad en una u otra forma. La televisión nos ha ofrecido un Tenorio absolutamente grotesco, por debajo de todo nivel de decoro imaginable. Me pregunto cómo pudo hacerse, pero más aún cómo pudo llegar a la televisión, preci- DOMICILIO SOCIAL CARDENAL ILUNDAIN, 9 41013 SEVILLA DL: SE. -3- 58. -128 PAGS. A MOTIVOS DE DESCONFIANZA EDICIÓN INTERNACIONAL BC Para hacer llegar sus mensajes comerciales a todo el mundo. sámente ahora, cuando el Teatro Español se ha decidido a volver a dar, al cabo de tantos años, la admirable obra, tan arraigada en el gusto y hasta en la memoria de nuestro pueblo. Me propongo ver esta versión tan pronto como pueda, y ojalá sea digna de Zorrilla y de los espectadores. He leído también listas de personas designadas- -n u n c a sé bien por q u i é n- -como candidatos a algunos premios; entre ellos, alguno que empezó siendo ejemplar porque recayó, si no en los mejores- -esto es siempre muy difícil de decidir- sí en escritores excelentes y de gran valía, lo cual ha ¡do dejando de ser la norma. Esas listas son en parte normales y aceptables; pero acaso en su mayoría son simplemente risibles. No se comprende siquiera cómo algunos nombres han podido ser propuestos; se dirá que eso no importa; pero nunca se sabe. Lo que me preocupa, y cada vez más, es que se puede hacer o decir cualquier cosa, por absurda o falsa que sea, y no pasa nada. Es excepcional que se levante alguna voz para decir lo que es menester; y si esto sucede, se produce en torno suyo un silencio asfixiante, sólo interrumpido por alguna llamada telefónica amistosa o alguna carta privada Lo inquietante es la falta de eco público de los escasos esfuerzos para que se recupere el decoro, el rigor, la voluntad efectiva de los ciudadanos, las estimaciones reales y no impuestas por la política o la propaganda. ¿Es peligroso intentar que las cosas mejoren? Creo que no, que los riesgos son mínimos: nada que una persona decente no pueda arrostrar. Tal vez los recuerdos de otras épocas son demasiado fuertes; las ha habido en que una conducta entera y recta tenía verdaderos inconvenientes, gravísimos en unos cuantos años ya muy lejanos. Pero hay que preguntarse cómo se llegó a ello. Creo que por no haber salido a tiempo al paso de lo indebido, torpe, agresivo, destructor, cualquiera que fuese su origen. Lo verdaderamente peligroso no es procurar que las cosas vayan bien, sino no intentarlo. Porque si no se hace, se llegará a una situación en que sea verdaderamente arriesgado ejercer la libertad, expresar una opinión, hacer valer un derecho, incluso negarse a cualquier complicidad. Los ejemplos de ello, en nuestra época y en otras, en España y fuera de ella, son innumerables. De tales situaciones, en las que se entra fácilmente, por frivolidad o por pereza, es difícil y doloroso salir. Nunca he estado dispuesto, ni lo estoy ahora, a contribuir, ni siquiera por omisión, a añadir un ejemplo más a la historia de nuestro país. Julián MARÍAS de la Real Academia Española
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