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EDITADO PRENSA POR ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 7 DE DICIEMBRE DE 1990 ABC visible, y que he previsto hace ya bastantes años- -que viene a tomar el relevo de la anterior. Se dirá que entre 1945 y 1990 ha habido bastantes guerras, y algunas muy sangrientas. Y esto es lo que en este momento me preocupa, que esas guerras han sido falsas Además del peligro inmenso que toda guerra supone, hay que añadir el de su falsedad- -y, por tanto, inutilidad y falta de justificación- Quiero decir que el alcance de las armas actuales ha hecho que los países débiles se empleen a fondo, mientras que los fuertes no lo hacen. Y una extraña superioridad favorece a los primeros, con lo cual se falsea enteramente lo que la guerra significaba. Siempre he creído que la guerra, por supuesto violenta, no consiste en violencia, sino más bien en su regulación y limitación. En tiempos antiguos, la democracia, donde existía, era directa, y la guerra, representativa; los ciudadanos ejercían directamente la democracia, por ejemplo, en el agora de las ciudades griegas; ahora es representativa, por medio de los diputados, senadores, representantes, en suma. En cambio, la guerra la hacían los ejércitos, con mínima participación de los pueblos, que a veces ni se enteraban, a menos que pasara por sus lugares; los ejércitos ventilaban lo que una vez llamé el gran ajedrez de la muerte, la audacia y la astucia Desde las guerras de la Revolución Francesa, la guerra se convirtió en directa con participación de los pueblos en su integridad; había que llevarla hasta sus últimas consecuencias, hasta el agotamiento. Desde hace dos siglos no se arrojan las cartas, sin terminar la partida, cuando se ve que está perdida. Se sigue jugando hasta el final, y se teme con fundamento que en las guerras futuras, si las hay, no sólo no haya vencidos- -ésta fue la funesta invención de la rendición sin condiciones sino acaso ni siquiera vencedores. No sé si se piensa lo bastante en todo DOMICILIO SOCIAL CARDENAL ILUNDAIN, 9 41013 SEVILLA DL: SE. -3- 58. -128 PAGS. e s t o C r e o q u e al menos se lo adivina, se lo siente, y de ahí viene e s a saludable resistencia a hacer la guerra, esa paciencia que domina en los últimos meses. Pero todos saben que esa paciencia se agota, que una situación anormal no se puede prolongar indefinidamente; en suma, que pronto habrá un desenlace. Este sería feliz, o por lo menos civilizado y aceptable, si no interviniera esa frivolidad que está en el origen del conflicto. Sin ella no se puede creer que se puede invadir un país y apoderarse de él y que no pase nada; porque entonces habría pasado lo más grave. Por primera vez ha funcionado una solidaridad del mundo entero- -con un par de excepciones bien significativas- y esto me parece de extraordinaria importancia, porque es el primer atisbo de que pueda existir eso que se ha llamado derecho internacional y que nunca ha pasado de un pío deseo, al faltarla la capacidad de coacción, de coerción, de vigencia que lo puede convertir en ley. En estos meses ha empezado a nacer, y no veo que casi nadie se haya dado cuenta de su alcance. Hay que hacer todo lo posible por evitar la guerra; pero sobre todo hay que evitar que se haga una guerra falsa que no sea última razón, sino penúltima. Esto significaría el descrédito definitivo de la guerra, sin sustituirla por algo mejor, más inteligente, capaz de resolver los problemas que con ella se resolvían. Así planteadas las cosas, parece inverosímil que pueda haber guerra. La frivolidad tiene remedio; hay una posibilidad humana, casi enteramente olvidada, que es el arrepentimiento. Pero hay que contar con otros factores. Uno de ellos es el fanatismo, que encontramos a cada paso, normalmente a menor escala. Casi siempre se une al complejo de inferioridad, al descontento de uno mismo, y más que nada a la falta de imaginación. Y hay algo todavía más grave: la locura. La hay orgánica, procedente de una lesión o anomalía cerebral; hay otra psíquica, que es la que más se duele estudiar; pero hay otra biográfica que no supone anormalidad física ni psíquica, sino que afecta a la configuración de la vida misma. Es la más insidiosa y la más difícil de descubrir. Pero ¿es posible en los pueblos? Ciertamente, y en ellos es locura histórica Los españoles lo sabemos bien: España enloqueció en 1936; y otros pueblos, algunos ilustres, han enloquecido en demasiadas ocasiones. El Irán enloqueció hace unos años y no parece haberse recobrado; la guerra entre él y el Irak es ininteligible sin ese diagnóstico, y es bien reciente. Esto es lo que más preocupa. Pero no se olvide que hacer una guerra falsa en que se cedan las ventajas al débil dispuesto a usar todos sus recursos, frente a un mundo maniatado, sería una manera particularmente grave de locura histórica. Julián MARÍAS de la Real Academia Española FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA L mundo está considerando seriamente la posibilidad de que el año 1991 empiece con una guerra. Me importa retener el adverbio que acabo de escribir: seriamente. Pocas veces habrá habido un ejemplo de mayor resistencia a empezar una guerra, de mayor conciencia de responsabilidad. Innumerables guerras han tenido un origen frivolo, por extraño que parezca; si la del Golfo Pérsico llega a estallar, no se podrá decir esto. La guerra inspira, como es natural, temor; creo que ahora se añade también la repugnancia. No sólo preocupa por uno mismo, sino también por el adversario; se piensa en sus muertos, heridos, mutilados, privados de las personas queridas, en las pérdidas y los destrozos. El que no perciba el avance moral que esto supone no muestra demasiada perspicacia. El no querer hacer la guerra, el esperar pacientemente, con una confianza decreciente en que no sea inevitable, tiene el riesgo de que el entusiasmo necesario para hacer cualquier cosa, y no digamos una guerra, pueda pasarse y desvanecerse. Si se llega a hacer la guerra va a ser sin gana sin alcoholizarse, meramente por deber. Está demasiado presente en la memoria de los que no son jóvenes, en la memoria histórica de todos, lo que costó no hacer frente a Hitler cuando todavía era tiempo de evitar lo peor. Muchos millones de vidas, incalculables destrucciones, la corrupción interior de sociedades enteras, ese fue el precio que se pagó por la indecisión, el temor o la confianza injustificada. No se quiere la guerra, ello es evidente; pero hay que pensar en las consecuencias si simplemente no se hace si se omite, en lugar de llegar a una solución más inteligente y humana; con la única condición de que sea posible. Pero me asalta un temor muy preciso, y que acaso no ha sido tenido en cuenta, al menos no ha sido, que yo sepa, mostrado y comentado. La guerra ha sido siempre la ultima ratio la última razón que decidía algunos problemas que no tenían otra. Esta ha sido siempre su justificación- -cuando realmente la tenía, cuando estaba al servicio de una razón efectiva, y era la última- Pero el crecimiento de las armas actuales, su paso a otro orden de magnitud ha hecho que la guerra se convierta en otra cosa; como si toda lluvia fuese diluvio. Y entonces se vacila ante la mera posibilidad de que se desencadene una guerra, que aparece como una posibilidad del otro no propia: no se puede hacer la guerra, pero se ¡a pueden hacer a uno. Esta ha sido la situación del mundo occidental durante los decenios que han mediado entre el final de la II Guerra Mundial y el año pasado. Y cuando esa situación anormal y angustiosa parece haberse disipado, o estar en vías de hacerlo, surge otra amenaza- -ciertamente no impre- LA ÚLTIMA RAZÓN Abrimosfossábados por la tarde PeleteA s VirgendelV ücóOTdf 4273182
 // Cambio Nodo4-Sevilla