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IV ABC ABC fífcrarío Poesía 2 noviembre- 1991 Alegría José Hierro El vaso de Berceo. Ediciones Torremozas. Madrid, 1991. 100 páginas. 2.500 pesetas El único camino Juan José Cuadros Endymión. 60 Madrid, 1991 páginas C REO que esta relectura, a todo tambor lírico, de Alegría además de renovar la potencia y la sorpresa de la poesía de José Hierro, descubre algunos desafueros críticos y un sinfín de improvisaciones. José Hierro, que se pres e n t a como un hombre cualquiera retiñe en cada libro con un mismo son. Suena a hombre, a metal humano, en e s a suerte de campana n e u m á t i c a de s u obra, en esa rueca o huso donde teje y José Hierro desteje el hilo de alegría- y de su decepción- vital. Quien se apresuró a estampillarlo como poeta testimonial en línea con los Otero o los poetas sociales, o quien lo aherrojó al tiempo, con sus grilletes mortales, limitan sin duda su órbita. Alegría es, por eso mismo, un libro clave- q u e eso lo son todos los de Hierro- pero especialmente un libro germinante. ¿Y por qué? Sencillamente, en razón de las vías que abre en su fenomenología lírica. Todo lo que los críticos han tendido delante de Hierro para que el poeta lo reconozca- v i talismo alucinado, poeta del tiempo, realismo de la existencia, revelación cuasi fotográfica del vivir, etcétera- ya está in pectore aquí. Los libros anteriores- Tierra sin nosotros por ejemplo- acentúan esa nota norteña en confabulación con la naturaleza cántabra; y los libros que vendrán después- d e Cuanto sé de mí a Agenda -no hacen sino privilegiar lo que en el hombre existe de irracionalismo onírico, de enajenación humana traducida a alucinación estética. José Hierro, al que se ha querido cazar a lazo para prestigiar estilos o escuelas- y hasta tendencias- escapa a tales acechanzas. Bien cierto es que no es un descastado y en algún modo su obra conecta con un cierto desasosiego generacional, con una decepción de hombre situado de un poeta que respira por la herida. Mas son tales sus matizaciones, tan primigenia su tabulación lírica y con tales precisiones rítmicas y verbales que no es posible leerlo en este libro si no es como una excepción a la regla. De ahí que, con siglos de ausencia y años de estiaje, la vuelta de Hierro al menester lírico se produce según una cadencia personalísima y esencialmente propia. Viene de Rubén Darío y de sus maravillosas atmósferas orquestales, de las que el poeta retiene un fastuoso sentido del ritmo, una suntuosa verbalización de la palabra, que en absoluto compromete la sobriedad, la confesada falta de vuelto en verso de sus poemas narrativos. Si uno de sus mejores críticos ha rectificado sobre la marcha del concepto de tiempo en su obra- m e refiero a Olivio Jiménez- por el de temporalidad, este sed contra es una clara confesión de la actitud desmitificadora de Hierro en seguir pautas convencionales. Y es que en su lírica hay atisbos geniales de esas transposiciones espacio- temporales, de esas rupturas ideográfi- cas, de algunas de las desrealizaciones posteriores a su momento. Con tales premisas quedan garantizadas ia sugerencia y el misterio de una poesía que no agota del todo sus significados ni tampoco desnuda la mecánica estilística. Un aura o parhelio de lo más envolvente drena el realismo para elevarlo a una zona de tabulación enriquecedora. El que aparezca pobre de imágenes o desnuda de emociones fáciles no esteriliza su nimbo lírico. Alegría es el banco de pruebas de lo que podríamos señalar como la teoría poética de Hierro. Una teoría que entiende el fenómeno poético como una revelación del ser, como el instante eterno donde estamos y somos. La justificación de este libro es la justificación de toda la lírica de José Hierro. Alegría es vivir, alegría es sentir el tiempo, alegría es valorar el destino mortal del hombre. En el poema Razón se escribe a este tenor: Alegría es sentir el alma e n cada instante, nuestra vida O aquello otro de saber que hay algo que no ha muerto, en nuestras manos todavía. Radica en esa tesitura la fenomenología de un poeta libre de falsillas y de amparos. José Hierro cree en las cosas que existen y en otras que acaso no existan. En ambos casos, las cosas que son, son hermosas. En las breves palabras para esta edición, el autor de Alegría confiesa que no ha querido volver a leerlo, pero que lo recuerda como si estuviera, en el momento, escribiéndolo. Era un libro en el que había atrapado su atmósfera general, en un ejercicio de redacción de encontrar el molde expresivo. Resulta que el paso del tiempo- e s e que tan intensamente nos deja el alma del p o e t a- para nada añade vana retórica o latiguillos líricos a una escritura todavía con el bulbo naciente, en brote fresco. A desaparición de Juan José Cuadros fue un triste capítulo de la poesía española, silenciada sin duda por la cómplice inopia de ciertos enteradillos culturales. Por eso mismo, la publicación de este libro, a cuerpo limpio, aunque aseadamente, debió llevar un prólogo, con algunas palabras de glosa sobre el autor y su última circunstancia postuma. No importa tampoco mucho porque su palabra, que era cada vez más pura, más fundida con su voz, es cifra de un hombre siempre con su recado de buen amor y de un poeta entero y verdadero. Todo su verbo, toda su poesía- m a n r i queño que era él por partida doble, por orillero de la Sierra del Segura y por palentino de n a c i m i e n t o- conllevaba un sesgo reflexivo. En el poema de este libro Ahora que es presente ya explicaba, sin duda con el ris- ras de la guadaña en la oreja, que habría que pensarlo así, y que no nos duela, por si un día hubiera que dejarlo En su caso tenía razón. Pues su existencia no fue sino una intrahistórica manera de esencializarse, de diluirse con arreglo a un dolorido sentir latente en los clásicos y en los modernos. Siempre admiraba- y admira en El único camino -en Cuadros su actitud de viejo caballero, de castellano ético que hacía su oración cívica en cada libro y en cada verso, sin asomo ninguno de retoricismo patriotero. Aunque, naturalmente, sorbiendo los mejores jugos de la tradición desde el Arcipreste a Quevedo, sin dejar de apuntar en su camino los pasos de Lope, de Góngora, de Bécquer y de los modernistas de nuestro siglo. Desde sus primeros libros- Navanunca o El asedio aparte- Juan José Cuadros hizo su camino y su sentir al andar las tierras de España en poemarios como Recado de buen amor Vuelta del camino etcétera. Nunca cayó en una poesía geográfica o toponímica exclusivamente. Cuadros lleva la emoción en su palabra y es ésta la que revela el alma de las cosas- paisajes, figuras, monumentos- participantes del ser del poeta. En Alegría es el banco de cierto modo, El único camino recoge y expruebas de la teoría poética prime los valores de su lírica anterior. El de Hierro. Una teoría que poeta se vuelve sobre sí mismo y, aunque entiende el fenómeno poético sólo sea por el rabillo del ojo, contempla paisajes más cercanos, íntimos, tangentes. como una revelación del ser, Sin digresiones, hay que resaltar de El único camino su condición de manda de últicomo el instante eterno mas voluntades, de testamento auténtico en donde estamos y somos el que nos deja Madrid para nosotros, con sus mil gorriones sobre los andamios de la tarde; la primavera, que él la canta con precisión lopesca; a Maruja y a Almudena, que Valga esta aproximación en su totalidad a pasan por entre la lluvia de su recuerdo ya; el Alegría como una fe de vida del poeta. otoño, que viene desatando el terciopelo de Con una advertencia necesaria en la releclas uvas nuevas, etcétera. Cuadros poseía la tura, y es que la media docena de poemas virtud del equilibrio y el arte de una euritmia más conocidos- E l rezagado Otoño cuasi escultórica. Están patentes aquí, des Respuesta El buen momento El mo- trenzados con una madurez y fluidez únicas. mento eterno Razón Si soñaras siemMás que sobre una estructura formal, canapre Desaliento Madrugada con niebla liza sus versos por una musicalidad más etcétera- se subrogan en el espléndido tono abierta, pero no menos expresiva. Poemas de todo el libro. Si somos alegres porque escomo Pasa Maruja por el puente Carlos o tamos vivos, hay que afirmar que estamos vi Unas cuantas palabras mientras estudia Alvos porque la palabra de José Hierro fulgura mudena cumplen su dulce oficio de señal de todavía como una llama. Llena de mágica un lírico enormemente humano, sinceramente vida. inolvidable. L Florencio MARTÍNEZ RUIZ F. M. R.
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