Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
60 ABC ABC D E SEVILLA DOMINGO 12- 2- 95 BORDILLO: NO SOPORTO VIVIR ALEJ Pasear junto a Rafael Gordillo por el Polígono de San Pablo no es un recorrido por el pasado, sino la constancia de la más rabiosa actualidad. Le llaman el Vendaval del Polígono por sus cualidades futbolísticas pero lo es también por el revuelo que levanta su presencia en el barrio. Ni la fama, ni el dinero, ni los triunfos nacionales e interTestigos mudos de su infancia, de sus inicios en el mundo del fútbol, de sus aventuras, de sus triunfos y de su labor oculta en favor de aquellos que le han necesitado, los bloques del Polígono de San Pablo ocupan un lugar de privilegio en el corazón de Rafael Gordillo. A sus treinta y siete años, a punto de apurar la que previsiblemente será su penúltima temporada como jugador bético, tras haber llegado a lo más alto tanto en el fútbol nacional como internacional, el Vendaval del Polígono no es, por supuesto, ningún desconocido en su barrio. Pero no porque su proyección pública haya elevado su imagen a la inmortalidad, sino porque nunca ha podido separarse de las calles, las plazuelas, los bares y los ambientes en el que creció c o m o persona y como futbolista. T o d a la familia de Gordillo e s según cuenta el jugador, de Sevilla. Pero precisamente el deporte que le ha llevado a la fama- e l f ú t b o l- le llevó también a nacer en la localidad pacense de Almendralejo: Mi padre, futbolista, también jugaba entonces en el Extremadura y quiso que yo naciera allí, donde vivían mis padrinos, Joaquín y Avelina. Pero a los ocho días, inmediatamente después del bautizo, mi madre se vino conmigo para Sevilla. Sevilla. Antonio de la Torre nacionales han separado a Gordillo del ambiente que encontró cuando llegó al barrio procedente de un refugio de la Puerta Osario. Allí están sus familiares, sus amigos de siempre y, por supuesto, sus más fervientes admiradores. Tanto es así que el jugador bético no ha soportado nunca vivir alejado del Polígono de San Pablo. das formas, pienso que yo no hubiera sido un mal estudiante porque la realidad es que, a pesar de todas esas e s c a p a d a s siempre aprobaba. El centro de reunión de los chavales del barrio en aquellos años era el local de los futbolines, situado en la zona denominada los comerciales donde hoy s e encuentra la peluquería Lebrón en la que se arregla el propio Rafael Gordillo: Esa era nuestra diversión: jugar al billar, organizar campeonatos de futbolín y, por s u p u e s t o jugar al fútbol. L a gente mayor paraba en la Bodega León, en el bar la Lidia o en el de los Caracoles. Estos dos últimos todavía están allí. Y nosotros, en las plazuelas donde están estos establecimientos, jugábamos a la pelota mientras nuestros padres se tomaban la copita. De portería, utilizábamos los árboles o, si era necesario, dos piedras. El caso era darle patadas al balón. Los barrios Algunos bares del barrio rinden continuo homenaje a Rafael Gordillo echa de menos a la hora de trasladarse a un piso. Pero para nosotros fue un cambio a mejor muy importante. Entre las condiciones de la casa de la Puerta Osario y las de la nueva vivienda, con más habitaciones y comodidades, había una diferencia abismal. Y no digamos y a después de haber pasado por el refugio. Ten en cuenta que éramos cuatro hermanos, dos varones y dos hembras. Rafael estudió en el colegio p ú blico San Ignacio de Loyola, situado a muy pocos metros de su casa, y donde hoy día están también algunos de sus sobrinos. L a presencia del futbolista en el centro escolar, donde recordó sus viejos tiempos, provocó una una auténtica algarabía entre los alumnos que sumergieron a Gordillo en un baño de admiración y popularidad: En este colegio, donde estuve hasta que finalicé los estudios primarios, me ayudó muchísimo el profesor que tuve en los últimos cursos, don José Albarca, quien tuvo que enfrentarse, ya al final, a la enseñanza mixta, algo que le cogió un poco de sorpresa. A mí me d a b a permiso con frecuencia para que s a liera antes para poder ir a entrenar. Ya una vez que salí del colegio, me dediqué por entero al fútbol. De to- Las casitas bajas El solar que hoy ocupa el Palacio Municipal de los Deportes, una de las instalaciones que más prestancia ha dado al barrio en los últimos años, acogió en los primeros años que R a fael Gordillo vivió en el Polígono de San Pablo a las casitas bajas, uno de los refugios más célebres de la Sevilla de la segunda mitad de siglo: Al principio, esas casitas estaban relativamente bien. Habían plantado árboles, las calles estaban recubiertas de albero y las casas no estaban demasiado mal, aunque carecían de servicios y lavaderos individuales. Después empezaron ya a quitar cosas y aquello se convirtió en un desastre. Muchos de los vecinos del Polígono de San Pablo que después obtuvieron pisos pasaron antes por las casitas bajas, entre ellos mi mujer y su familia y también algunos de mis amigos. Y es que el tiempo de permanencia en las casitas era bastante superior al de otros refugios de Sevilla. El ambiente era muy normal. Los vecinos eran personas honradas y trabajadoras que habían perdido sus viviendas y esperaban obtener una nueva. Posteriormente, ya la cosa se deterioró. El barrio, según Rafael Gordillo, ha pasado por rachas muy malas y difíciles: Tuvimos graves problemas cuando el Polígono de San Pablo se convirtió en centro de distribución y consumo de droga. Había mucha gente enganchada y los conflictos eran permanentes. Ahora la cosa ha mejorado mucho. No es que haya desaparecido totalmente. Sigue habiendo gente que consume estupe- Pasar por el refugio La familia Gordillo vivía entonces en una casa de vecinos de la calle Artemisa número 6, en la Puerta Osario y no se trasladó al Polígono hasta que Rafael cumplió siete años: La casa era muy antigua y llegó un momento en el que fue declarada en ruinas. Así que, como muchas fafriilias de aquella época, tuvimos que pasar por el refugio antes de acceder a una nueva vivienda. A nosotros nos tocó uno que había en la antigua cochera de los tranvías, en la misma Puerta Osario. Allí permanecimos unos cuarenta días hasta que mi padre pagó la entrada del piso del Polígono y nos vinimos a aquí, a la casa número 20 de la calle Relampaguito, donde todavía viven mis padres. El jugador bético recuerda aquellos primeros años en el Polígono de San Pablo con verdadero deleite, tanto por la situación del barrio- renden construido- como por el cambio que la nueva vivienda supuso para las condiciones de vida de su familia: El barrio- d i c e- estaba fenomenal. Todo nuevo, con unas zonas ajardinadas preciosas. Mis padres tuvieron cierta dificultad de adaptación, sobre, todo porque estaban acostumbrados a la forma de vida usual en los corrales de vecinos y eso siempre se E l campo del Tamarguiüo El fútbol, siempre el fútbol, ha sido la afición, vocación, devoción y profesión de Rafael Gordillo, que, como de casta le venía al galgo, desde que era muy p e queño corría detrás de una pelota. Los primeros campos más o menos serios en los q u e jugó están, por supuesto, en el Polígono de San Pablo o en sus alrededores: Jugábamos- recuerdaen el campo de las Moscas, que todavía existe junto al bar Portería o en el de la Estrella. Pero el fútbol espectáculo al que asistían muchos vecinos del barrio, tenía como escenario al campo del Tamarguillo, donde se organizaban campeonatos entre distintos equipos de la zona: Los organizaba Antonio Villagrán y el arbitro solía ser Sebastián con el que, por cierto, nos peleábamos en más de una ocasión. Ni que decir tiene que aquel campo no tenía siquiera vallas y q u e no había entradas. Era gratuito. Los chavales de los pisos, con equipaciones de distintos clubes españoles que les traían los reyes magos, jugaban en el Hispania, mientras que los de las casitas bajas formaban el San Vicente y la rivalidad era máxima entre ellos: Nosotros, los del Hispania, ganábamos casi siempre. Recuerdo una vez que le metimos cuatro goles. Al tercero, ya se empezó a calentar la cosa, y al cuarto dijeron que se marchaban y no pudimos terminar el partido. Le echaban la culpa a Sebastián porque decían que estaba vendido. En fin, las broncas eran enormes, aunque todos los chavales éramos amigos.