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MANUEL RAMÍREZ JAIME CAMPMANY Leña al mandarrias yanqui A no quedan rojos como los de antes porque a la mayoría los sepultó en la desesperanza el muro aquel que había en Berlín y los que salieron indemnes de aquel suceso se han ido reconvirtiendo para dejar, por un lado, el mayo del sesentaiocho en puro ejercicio de nostalgia, pecado de juventud que sólo resiste la añoranza desde l a pátina que ya le echó encima el tiempo, y, por otro, dándole la razón a los que decían que quien no era comunista a los veintipocos años es que era tonto y quien lo seguía siendo después también. Pero hay algo que queda para siempre hasta en los más reconvertidos, de esos reconvertidos que, de tanto reconvertirse, no los conocen ya n i las mismas madres que los parieron; esto que queda es el furor antiyanqui, el buscar como sea, con más razón, con menos o con ninguna, ese volver a los tiempos remotos de la pancarta, el megáfono, el grito, la manifestación, la Otan no, el insulto o dejar de manifiesto, ya sea verbal o por escrito, su aversión a todo lo que suene a barras y estrellas y si, encima, el mandamás de Yanquüandia resulta que es republicano en lugar de demócrata, pues bingo, como si unos y otros, los del burrito y los del elefante, no fueran más de lo mismo o, como se decía desde siempre, en cada elecciones de los Estados Unidos de América del Norte: Gane el que gane, siempre gana la derecha, entre otras cuestiones porque aquella izquierda de los rojos de antes siempre ganaba ya que n i perdía el tiempo en celebrar elecciones, y cuando les llegó el vendaval de libertad soplando a más no poder y le tumbó el muro de los vopos y las metralletas que partían ciudades y separaban hermanos, se les chafó el invento, aunque los ingenuos decían que no estaba construido el muro para evitar que los que estaban al Este se fueran sino, según su particular visión de los hechos, para que los del Oeste no tuvieran acceso al paraíso comunista y su radiante estrella de tan triste espectáculo: L a sin par, inigualable y maravillosa dictadura del proletariado. Lo único, escribía, que les queda en pie, es endiñarle leña al yanqui Doña Justicia Doña Justicia anda por las salas de su Palacio con la venda caída, la balanza desequilibrada, la espada con mellas y con la túnica hecha jirones. Anda por ahí in púribus, o sea, como dice el pueblo, con el culo al aire Y sea el que fuere, venga cuando venga y sea por lo que sea, aunque, eso sí, vistan vaqueros, fumen (aunque sea perjudicial para la salud) el Marlboro de aquel del sombrero tejano y el caballo castaño cuatralbo que la palmó de cáncer, se pirraran por Marilyn- aunque ahí sí que nos pirrábamos todos- y hasta envidiaran al Kennedy que se la trajinaba, llevándosela al huerto, o mandan a sus hijos a estudiar a los EE. UU. o a ese otro imperio de los hijos de la Gran Bretaña, aprenden inglés compulsivamente, hacen de las hamburguesas la razón de su comer y se aficionaron al güisqui con más pasión que John Wayne en sus películas de indios (aunque, por supuesto, estuviesen a favor de los pieles rojas Cada vez que aparece uno por E estos pagos, es que le quita a estos retroprogres de guardarropía, o a los nostálgicos del paraíso proleta, treinta o cuarenta años de encima oprimidos en sus reservas adorando a Manitú antes que a la estatua de la Libertad) y teniendo en el salón de sus casas, compartiendo mobiliario con el mueble- bar, el televisor, el equipo de música, el tresillo y la camilla, el póster del Che con su boina calada y su estrella de cinco puntas. Cada vez que aparece un máximo mandamás de Yanquüandia por estos pagos es que les quita a estos retroprogres de guardarropía, o a los nostálgicos del paraíso proleta que no vivieron nunca, treinta o cuarenta años de encima, les devuelve un soplo de una juventud que les queda ya más bien retirada y sólo consigue alegrarles las pajarillas de los recuerdos para que, como abuelos Cebolletas, les quieran contar a sus nietos las batallitas de cuando luchaban contra el imperialismo. Cuando el mandamás se va, se quedan con l a satisfacción del deber cumplido y la decepción de ver que siguen sin cambiar el mundo. mramirez abc. es L Palacio de Justicia parece la casa de Tócame Roque. Es triste tener que reconocerlo, y yo lo hago, no sólo con tristeza, sino con alarma. Hubo un tiempo en que la crónica de Tribunales no se cuidaba del nombre de los jueces. Los jueces eran jueces, y basta. Hoy, los jueces se han constituido en los protagonistas de los sumarios, de los pleitos, de los procesos, de las resoluciones y de las sentencias. Y de vez en cuando, ellos mismos son los que se tiran los códigos, los autos y hasta los denuestos a la cabeza. Doña Justicia anda por las salas de su Palacio con la venda caída, la balanza desequilibrada, la espada con mellas y la túnica hecha jirones. Anda por ahí in púribus, o sea, con el culo al aire. La expoliación de los fondos reservados, la corrupción generalizada (pelotazos, convolutos, trinques, manguis, coimas, mamandurrias) y los crímenes de Estado trajeron de la mano la politización de la Justicia. El poder judicial, que debe vigilar y controlar a los otros dos poderes, tenía que ser un poder sometido, dócil, domesticable. ¿Es que no hay nadie que le diga a los jueces lo que tienen que hacer? preguntaba Felipe González a Clemente Auger, es decir, el presidente del Gobierno al presidente de la Audiencia Nacional. Y hemos terminado por meter a los Tribunales en las querellas políticas. No pasan muchos días sin que el comentarista de lo que cada día pasa bajo los puentes tenga que llevar los ojos hacia la Justicia. Es decir, tenga que juzgar a los jueces. Unos jueces condenan y encarcelan a los miembros de la cúpula de Herri Batasuna, y otros jueces los ponen en libertad. E l Fiscal Anticorrupción se queja de que no le permiten investigar. E l Tribunal Supremo y el Constitucional se tiran la vajilla al colodrillo. La Audiencia Nacional es una jaula de perros y gatos. Las asociaciones de jueces y fiscales critican resoluciones y sentencias de sus compañeros, y es inevita- ble verles asomar el plumero político. Algunos miembros del Consejo General del Poder Judicial hacen declaraciones en las que no parece sino que invitaran a no acatar las sentencias. En pocas horas, sobre la mesa de trabajo del cronista han caído dos casos desconcertantes. Una Sala de la Audiencia Nacional pone de patitas en la calle a Rei que dirige una revista, biblia y prontuario de terroristas, pocas semanas después de haberlo encarcelado el juez Baltasar Garzón. Una de dos: o el juez encarceló frivolamente y sin motivo, o la Sala excarcela sabe Dios por qué, por ignorancia, como dice el propio juez, por miedo o por uso de papel de fumar en lugar de papel de oficio. Dice un humorista que él creía que el Tribunal de Conflictos estaba para resolverlos y no para crearlos. Yo también. Hace un par de días dije aquí que sentencias como la del Tribunal de Conflictos devuelve algo de confianza en la Justicia. Pues donde dije digo digo Diego. A medida que se conocen pormenores de la resolución, aparece más hermoso, oloroso y aparatoso el pastel que allí se ha cocido. Parece que se le diera la razón al Gobierno. Pues, no. Se le da la razón de una manera teórica, romántica y platónica, porque después se encarga a otro órgano l a función de fijar la forma y el tiempo de ejecutar lo que el Gobierno ordena. Se acepta que el juez Gómez de Liaño se reincorpore a la carrera judicial, pero cuando el CGP J diga, o mañana o ad calendas graecas Se intenta satisfacer engañosamente a todos, al Gobierno, a Gómez de Liaño, a la Sala Segunda del Supremo en general, a Bacigalupo en particular, a los socialistas de golpe bajo y a Jesús Polanco, E l Hombre Más Rico de España. De don Javier Delgado, presidente del CGPJ, del Supremo y del Tribunal de Conflictos habría dicho don Eugenio d Ors que padece una amorfa inclinación al pasteleo SEVILLA WAGEN CONCESIONARIO EXCLUSIVO La seducción es el arte de no enseñarlo todo. Sólo algunos pueden seducir tanto mostrando tan poco. Este es el caso del Passat. Un gran, coche se mire por donde se mire. Acerqúese a Sevilla Wagen y descúbralo en todo suidetalle. Ctra. 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