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Imitando a Presley E Silvio podrían hablar no solamente sus amigos, los que hemos compartido muchas experiencias y que como en mi caso hemos ido conociendo el mundo juntos. De Silvio seguro que tiene algo que contar cualquiera que lo haya conocido aunque sólo sean unos minutos, porque su personalidad era tan fuerte y particular que dejaba huella en cualquiera que se cruzara en su ramino. Nos poníamos a escuchar discos de Presley en los portales de las casas en un tocadiscos que Silvio tenía que funcionaba a pilas, y al mismo tiempo que sonaban las canciones intentábamos imitar a Presley recordando sus movimientos. Recuerdo perfectamente como imitábamos, la canción que después Silvio convirtió en una de las obras maestras de su discografía: Si buscas pelea Pasaron 40 años desde que imitába mos a Presley y Silvio seguía cantando con la misma emoción y entusiasmo aquellas canciones del disco King Creóle. Por cierto, un día que fuimos al cine a ver Al Este del Edén mientras esperábamos que pusieran la película sonó por los altavoces el disco King Creóle, ese día rozamos la perfección. A veces me encuentro con amigos de la juventud y veo que se han convertido en personas desencantadas que creen que el mundo les debe algo, que están desilusionadas y ya no creen en nada, no era este el caso de Silvio, pues me lo encontré un día no hace mucho y pensé... que envejecido está Silvio, sin embargo a los dos minutos de estar hablando con él ya lo veía como siempre, y empezamos a cantar canciones de los. Beatles y a acordarnos de muchas cosas y en fin, nada de desencanto, nada de rencor sino todo lo contrario, mucho encanto, mucho amor, mucho arte. D A B C Díaz Japón Arriba, Silvio en uno de sus primeros conciertos. Abajo a la izquierda, una imagen de pequeño junto a su madre. A la derecha, una instantánea en la barra de la Real Venta Pilín, de Sevilla Gualberto GARCÍA Fiel a su destino ESÚS Quintero había logrado crear en el plato ese climax especial de primeros planos y humos de cigarrillos, de silencios clamorosos y gestos sinceros cuando fue a preguntarle a Silvio que lo suyo era muy fuerte, que la vida que llevaba era un tobogán hacia el abismo y que aquello no le iba a traer buenas consecuencias. Silvio lo miró a los ojos desde la nebulosa de alcohol donde bailaban sus mejores duendes y le contestó con una pasmosa certidumbre: Sé que acabaré recogiendo cartones Quintero se hizo humanidad y le respondió que por qué no ponía los medios suficientes para remediarlo. Y Silvio se hizo el mejor de los Silvios posibles en su respuesta y, fiela sí mismo, dejó en el plato un sentencia para el lapidario: Porqué no quiero estropearlo. A Süvio se le podrían reprochar muchas cosas. Pero no sería justo acusarlo de que no fue legal consigo mismo y con un destino tan intenso. Tuvo la ocasión de estropearlo algunas veces. Pero noflaquéóante el dinero ni ante J el lujo. Pudo haber sido rico por vía matrimonial y por la musical. Pero tenía demasiada dase como para sucumbir a ese sueño barato que sólo ambicionan los pobres con mucho dinero. Era amigo de las esquinas y de los empedrados de las calles. De los ceniceros y de las altas madrugadas. Filosofaba con Pive Amador, su hermano de música y de sueños, y se confesaba en la barra de Los Amigos, con Don Curro de su alma. Ese era su capital El capital de un tipo que teniéndolo todo nunca tuvo nada. Si algo tuvo Silvio en la vida fue compás y fuerza para sobrellevar su destino. Antihéroe, perdedor, alcohóhco, transgresor, luminoso, irónico, humano, tremendamente humano. Quizás tan cálido y fuerte como el coñá barato que le estafó el hígado. Quizás tan eléctrico y ágil como el alambique de sus neuronas cuando el alcohol las encendía para matarlas. ¿Recuerdan aquella contestación rápida, cínica, deslumbrante a una periodista de la tele cuando la chica le dijo que si él era el número uno por qué no hacía ya algo propio de tan grandes especies? Silvio le contestó con la misma clase de hechuras con las que lucía el nudo de sus corbatas: Si soy el número uno, que lo haga el dos... Vivió como fue. Y fue lo que vivió. Una sucesión de años largos, interminables, repletos de anécdotas y sobresaltos, de días sobrios y años embotellados buscando no se qué cosa entre la fidelidad de sus amigos que siempre fueron músicos. El Pájaro, Miguel Ángel Suárez, Juanjo Pizarro. Este verano se le fue Miguel Ángel Iglesias, otro de su banda, que tampoco renunció a caminar por el lado peligroso del camino y con el quetomismohablaba que discutía, se engloriaba o se encanallaba. A Joserra Halcón le debemos el retablo más realista de su vida que, la pasada semana, daba a conocer con un artículo en este diario. Pocos días después de ese magnífico obituario estamos escribiendo el de este Silvio que nos duró más que lo que ninguno nos atrevimos a predecir y menos qué lo que nuestro corazón habría deseado. No acabó recogiendo cartones. Pero tampoco estropeó el trabajoso guión de su vida. Fiel a sí mismo y a ese espíritu dé su época que alguien acuñó como el de los hijos del agobio, hoy tendríamos que añorarlo bebiéndonos las cataratas de la Cruz del Campo y cantándole por sus calles de Los Remedios la Ragazza del elevatore. ¿Hijo del agobio, Silvio? Sociológicamente puede que sí. Yo, en cambio, las veces que lo traté nunca lo vi agobiado. Al revés. Era tan lúcido como para haber acuñado una frase como esta: antes ciego que sordo, antes negro que gitano, antes Semana; Santa- que Feria, antes cualquier cosa que protestante Y así se nos murió la vida de Silvio, tan literaria que no hay buenas letras capaces de contarla en toda su tremenda intensidad. A partir de ahora nos queda la música y su leyenda. Y tiempo, mucho tiempo, quizás todo el tiempo que él mismo se robó, para escucharle la Pura Concepción, aquel bello swing dedicado a María, con cuya gracia la vida se puede soportar... J. Félix MACHUCA
 // Cambio Nodo4-Sevilla